Havana Room | Crítica Nueva York, el mejor de los avernos

  • Navona refuerza su colección de 'Ineludibles' con una novela en la que brilla una ciudad todavía marcada por los atentados terroristas del 11-S

El escritor estadounidense Colin Harrison (Nueva York, 1960). El escritor estadounidense Colin Harrison (Nueva York, 1960).

El escritor estadounidense Colin Harrison (Nueva York, 1960). / Dona Ward

Hace unos días, la editorial Navona compartía en sus redes sociales una noticia sobre las tres novelas del escritor estadounidense Colin Harrison (Nueva York, 1960) que este sello ha publicado en el aciago 2020. Este cronista de sucesos metido puntualmente a reseñista que firma estas líneas preguntaba entonces a la editorial en Twitter por cuál empezar. El editor respondía que una buena opción para hacerlo podía ser la vía cronológica. Es decir, iniciarse con la primera que se publicó originalmente, que es Manhattan Nocturne, del año 1996, seguir con Havana Room, que vio la luz en 2004, y terminar con Un mapa para un crimen, la más reciente de las tres. Le dije que así lo haría y la respuesta fue: "Fliparás, ya me cuentas".

No le había dicho que al ir a la librería y ver la preciosa edición de Havana Room, enmarcada dentro de la colección Ineludibles de este sello, con sus tapas de tela y sus elegantes letras sobreimpresas, decidí cambiar el orden y empezar por la que la propia editorial consideraba como eso, ineludible. Es la misma colección, por cierto, que ahora acaba de sacar la que José María Guelbenzu definió hace unos días en El País como la edición definitiva de El maestro y Margarita, el clásico de Mijail Bulgakov, que aparece ahora con una nueva traducción de Marta Rebón.

Pero no perdamos el hilo y dejemos a los rusos en sus estanterías por el momento, que en la novela de Colin Harrison no aparece el diablo por mucho que haya un buen descenso a los infiernos. Y dónde mejor que bajar al averno que en una ciudad como Nueva York, la que nunca duerme, la Gran Manzana, la capital del mundo, la que acumula miles de topicazos para referirse a ella pero que sigue llamando tanto la atención como una mujer madura que ya vivió sus mejores años pero conserva un indudable atractivo que la hace irresistible.

Y las novelas de Colin Harrison, que nació en ella y conoce bien el paño, retratan ese submundo neoyorquino como nadie. Havana Room podía haber sido la crónica de las andanzas de un abogado exitoso, con una mujer llamativa y un hijo que irá a la mejor universidad, con la cuenta corriente llena de ceros y que se codea con los tiburones de Wall Street, con los magnates de la prensa y con tipos muy parecidos al que ahora rige los destinos de aquel gran país.

Pero el abogado comete un error fatal, un accidente tan tonto que hasta provocaría la risa si no fuera por lo trágico que resulta. Al letrado ambicioso le cambia la vida como a todos nos ha cambiado este año con el coronavirus, pero en plan bestia. Pierde a su mujer, a su hijo, su vida... y empezará a pulular por las calles de Manhattan hasta conocer un restaurante especializado en bistecs, el Havana Room, un sitio que sólo ha cerrado sus puertas tres días en el último siglo y medio: el Martes Negro del Crack del 29, el día que asesinaron a Kennedy y el 11 de septiembre de 2001.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Un sitio que condensa la historia de Nueva York entre sus paredes, por mucho que el actual propietario se marque un farol sobre los antiguos dueños. Un lugar que conserva estancias secretas donde se celebrarán unos misteriosos rituales que ya quisiera haber rodado Stanley Kubrick cuando hizo Eyes Wide Shut.

Nuestro abogado, que se llama Bill Wyeth, es un personaje tan bien trabajado que es imposible no empatizar con él. Se verá inmerso en una historia rocambolesca en la que habrá de todo. Sexo (ojo, no se engañen, Harrison no es Houllebecq, el sexo no es el centro de todo), extorsión, secuestros y drogas (bueno, si se acepta un pescado psicodélico como tal). Y, cómo no, algún cadáver. Que Havana Room no deja de ser una novela negra, por mucho que trascienda los límites del genero con creces. Ésta no es la típica historia de un detective que investiga un crimen y reúne las pruebas necesarias, con más o menos vueltas de la trama, hasta conseguir acabar con el culpable. O, si pudiera serlo en definitiva, está tan excelentemente camuflado todo dentro de un perfecto artefacto narrativo que al lector le dará bastante igual.

Es precisamente Nueva York, esa señora tan atractiva que nunca volverá a cumplir 40, la que brilla en esta novela. El amor del escritor hacia su ciudad está más que patente, por mucho que describa sus descarnadas aceras, sus tipos violentos, sus tugurios, antros y cuchitriles. En la literatura y, sobre todo en el cine, el lector o espectador está acostumbrado a conocer de Nueva York su jet set, la gente que tiene su apartamento con vistas al Central Park, veranea en los Hamptons y se desliza, más que se mueve, por la Quinta Avenida. Y también la cara opuesta, la de los barrios bajos, la de los negros de Harlem, la de los mafiosos de Little Italy y del Bronx, la de los pandilleros del Lower East Side. Pero no es tan habitual asistir a historias de gente corriente, que no son ricos ni marginales, que tienen sus trabajos y pagan sus facturas, que se ganan la vida con cualquier empleo y que, a pesar de que no protagonizan esta novela, están fielmente retratados en muchos de sus pasajes.

Es por eso que Havana Room, pese a tener una trama en algunos momentos disparatada, y también muy divertida, es una novela cargada de realismo, que describe perfectamente una ciudad todavía tocada por los atentados del 11-S, sucedidos tres años antes de que se publicara originalmente este libro. Tocada pero nunca hundida. Dice Rodrigo Fresán, que firma la introducción (otra más), que "hay algo en las novelas de Colin Harrison que las vuelve únicas, reconocibles y muy difíciles de confundir con las de otro autor, sobre todo en lo que hace a esa categoría tan amplia como difícil de cartografiar que es el thriller". Añade que hay en ellas "una fragancia, una textura, una tonalidad que las convierte en casi un género en sí mismo".

Apenas queda sitio para hablar de los diálogos maravillosos que pueblan esta novela. Tan brillantes como las descripciones de la ciudad, tan disparatados a veces como la trama, con ese punto de surrealismo que le viene como la sal al huevo frito. Una delicia.

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