Himno | Crítica Contra la masa

  • En 'Himno', de la escritora ruso-norteamericana Ayn Rand, nos encontramos con una temprana manifestación de la literatura distópica que llegaría a su ápice terminada la II Guerra Mundial

Imagen de la pensadora ruso-norteamericana Ayn Rand Imagen de la pensadora ruso-norteamericana Ayn Rand

Imagen de la pensadora ruso-norteamericana Ayn Rand

Ayn Rand, más conocida acaso por su defensa de un capitalismo estricto, abordaba en 1938 una distopía colectivista donde el individuo agonizaba bajo los eslóganes del poder y el minucioso hurto de la información, tendente a solemnizar una república de esclavos. Este mismo estrago informativo es el que hallaremos, de un modo u otro, en todas las distopías de aquella hora (Zamiátin, Huxley, Orwell, pero sobre todo, Bradbury) que volvían del revés el ideal de de Campanella y Moro, y que encontraban en la educación el quicio mismo sobre el que la sociedad -una sociedad heredera de Las Luces- orbita.

Rand cree que el hombre difiere del autómata sustancialmente, y que la cultura haría libres y juiciosos a los individuos

Es curioso que Rand vea también ahí el modo más eficaz de doblegar la sociedad, cuando su pensamiento, fuertemente individualista, opera contra las convenciones más duraderas del siglo ilustrado. Pero hay otro modo en el que Rand (rusa trasterrada, y por ende víctima de la ominosa tiranía soviética) se convierte una heredera inadvertida de Las Luces, como todos los contra-utopistas que previeron o retrataron el horror y el tedio colectivos. Me refiero a que Rand cree que el hombre difiere del autómata sustancialmente, y que la cultura haría libres y juiciosos a los individuos, cosa que hoy sabemos falsa de toda falsedad. A lo cual se añade otra ingenuidad más, derivada del modelo capitalista que Rand promueve: también el capital (en plena Guerra Fría) propició una forma de estupefacción masiva, otro modo de uniformidad, bajo el rubro de la distinción, conocido como consumismo. O si lo prefieren decir con Galbraith, La sociedad opulenta.

Lo muy interesante, en cualquier caso, de esta obra de Rand, fuertemente alegórica, es la abrasada actualidad, el miedo cierto a una amenaza que hoy, de momento, permanece lejana: hablamos del totalitarismo que azotó Europa durante unos años, y que en el caso de la Unión soviética llegó hasta finales del XX. Este sueño de lo colectivo y su reverso, el ideal del individuo libre y señero, son los que se exponen aquí, en todo su belicoso y extremo dramatismo.

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