Sueños esféricos
Juan Antonio Solís
Sí a todas las proposiciones indecentes
Tiró varios caños, gritó su gol como pocas veces en la vida, con inusitada rabia, pateó un micrófono y voló sobre sus compañeros para celebrar el 3-1 del Barcelona ante el Manchester United. Leo Messi jugó 90 minutos en estado de felicidad permanente, rió como nunca en Wembley. Quizás porque lo hizo último, y por eso, mejor.
Con su gol, clave para que el Barcelona conquistara su cuarta Liga de Campeones, el argentino cerró una temporada de fábula y le puso el broche a nueve meses que lo agigantaron como jugador. Un periodo en el que se confirmó como el líder de un equipo de leyenda, un equipo que sigue haciendo historia a base de títulos entre elogios del mundo entero a su exquisito juego.
Las cifras de Messi marean. Sus 53 goles en 55 partidos de la temporada 2010/2011 le permitieron alcanzar y situarse a la par de Cristiano Ronaldo, aunque los de la Pulga fueron mucho más valiosos, porque sirvieron nada menos que para ganar una Champions League: basta con recordar los dos de la semifinal en el Santiago Bernabéu y el de ayer para destrabar la final y abrir el camino del triunfo en Wembley, 19 años después del misil de tiro libre de Koeman para la primera Champions azulgrana en el viejo Wembley.
Messi sigue haciendo un uso magistral de la gran clave del fútbol: el engaño. Ayer jugó suelto, sin posición definida. Ni abierto a la derecha como en sus inicios, ni de falso nueve. Bajó a armar jugadas, entró por el medio y enloqueció con diagonales desde la derecha. Fue omnipresente y persistente. Junto a su entrenador-protector, Josep Guardiola, ganaba la partida táctica otra vez.
Y eso que hasta tres hombres lo seguían; y eso que el surcoreano Park buscaba frenarlo antes de que se acercara al área; y eso que Vidic y Ferdinand lo tenían apuntado, tanto como el ecuatoriano Valencia, autor de alguna falta violenta sobre la ingobernable Pulga.
Y eso, también, que el primer tiempo se había cerrado con cierta inquietud para los españoles, que cuando dominaban el partido se encontraron con el golazo de Rooney y se fueron al vestuario con un 1-1 inesperado.
No importaba, porque el hombre diferente, el messías del fútbol, tenía el gol entre ceja y ceja. No estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Tras los primeros diez minutos de presión y juego asfixiante del Manchester, el Barcelona comenzó a encontrarse a sí mismo, lo que en buena parte significa que Messi entra en acción.
Algún pase que no interpretó Pedro a tiempo, una pelota que despeja en el último suspiro Vidic, otra internada... Messi generaba peligro, también en la gran y nueva faceta que mostró esta temporada, la de notable asistidor.
Jugó toda la temporada con botas naranjas, pero ayer estrenó unas amarillas. La magia fue la misma. Un caño a Valencia, que se lo devolvió al minuto con una patada. Otro caño a Vidic, el capitán, un rato después.
Su reingreso al campo de juego tras el descanso fue a lo Messi. Iba con la camiseta entre los dientes y atándose el pantalón. Último, incluso después de los árbitros, lento y ausente, como si no hubiera nada en juego.
¿Ausente? Nada de eso. A los 54 minutos los 87.695 espectadores que atestaron el estadio londinense vieron cómo Messi definía con comodidad a la izquierda de Van der Sar, un hombre que se retiró ayer del fútbol con el argentino como Némesis. De aquel cabezazo de Roma al tiro colocado de ayer: de Messi preferirá no acordarse. Si incluso fue una endiablada jugada del argentino enloqueciendo a Nani la que dio inicio al definitivo 3-1, soberbiamente convertido de rosca por Villa.
Messi, en cambio, se acordará de todo. De que marcó su primer gol en Inglaterra; de que con 12 tantos igualó el récord en una temporada en la Champions que tenía Van Nistelrooy desde la edición de 2002/2003; de que sólo él fue capaz, desde que en 1992 se creó la Liga de Campeones, de ser el máximo anotador en tres temporadas consecutivas. Fue declarado el mejor del partido, vaya una obviedad.
"¡Dale Leo, dale Leo!", gritó Guardiola cuando lo vio marcar. El templo de Wembley se rendía al Barça, y el Barça, desde ya, bien puede comenzar a pensar en un templo para Messi.
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