El Rocío 2018 | Presentación de hermandades La rotundidad del seis

  • Sombreros y matas de romero al aire, Triana ya está en el Rocío

  • La corporación del antiguo arrabal vuelve a poner la emoción al ritual con el que se recibe a las hermandades

Sábado de presentaciones en El Rocío

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"Lo más grande después de tener un hijo". La rotundidad de la frase sale de los labios repletos de carmín de Eva Toro, una almonteña de pura cepa que ostenta esta romería el honor de ser hermana mayor de la Matriz de su pueblo, la corporación anfitriona de la peregrinación. Para el cargo se ha estado preparando un año. Sus vecinos la eligieron el pasado Domingo de Resurrección. Eva "no tiene palabras" para expresar lo que lleva vivido desde entonces. Ni palabra ni voz. Está literalmente afónica. Hay que acercar mucho el oído para escucharla en mitad del ruido ensordecedor de cohetes, campanas, tamboriles y el altavoz que suena en toda la aldea apremiando a las hermandades a cumplir con el horario de la presentación.

Es el sábado del Rocío. Varas, banderas y estandartes. La oficialidad de la romería. Tan distinta y distante de lo que se vive en las casas de hermandad y las particulares. Algunos peregrinos descansan ya del camino y otros recorren aún sus últimos pasos. Vallas, policías y guardias civiles. Vigilancia absoluta en esta fiesta. El perímetro del santuario está prácticamente tomado por agentes de seguridad. En los accesos a la aldea se producen retenciones. Coches, autobuses y vehículos privados conforman un carrusel donde se pierde la paciencia. Aparcar cuatro horas cuesta más de seis euros.

Colas también en la Capilla Votiva. Promesas y ruegos que arden al compás de la cera. Llamas de devoción, Fe y cierta superstición que tienen de testigo la inmensa marisma. Espejo donde se mira el cielo de mayo. La naturaleza tranquila y serena frente al alboroto que se vive sobre las arenas.

Acaba la misa en el santuario y la larga representación de la Matriz se dispone a recibir a las primeras 80 hermandades. Las más nuevas se presentaron el viernes. Ahora lo hacen las que jalonaron de siglos el Rocío. Las que conocieron aquella romería de la que dejaron constancia grabados y libros de montería. La que estaba huérfana de carretas de plata, volantes y bailes por sevillanas. La que no había pasado aún por la pátina de la gracia que Triana le imprimió hace más de dos siglos.

El viejo arrabal es punto y aparte. En historia y sentimiento. Por donde pasa, nada es igual

El viejo arrabal es punto y aparte. En historia y en sentimiento. Allá por donde pasa, nada sigue igual. Su huella es indeleble. Altera cualquier línea recta para curvarla y meterse en los adentros del espíritu. Todo es ortoxodia hasta que se ve venir a los peregrinos de cordón verde y mata de romero. A partir de ahí se puede hablar de fiesta. De alegría.

Hasta tres veces se escucha a la speaker almonteña alentando a los trianeros a dejarse ver. "¡La Hermandad de Triana, haga acto de presencia en el recorrido!", se oye por los megáfonos mientras que por delante de la ermita van pasando corporaciones centenarias. Villamanrique con su título de primera y más antigua, Pilas con su verde simpecado, La Palma del Condado con sus bueyes arrodillados, Moguer con sus tiros de mulas y Sanlúcar con el amarillo oro de sus cordones, trasunto de los atardeceres en Bajo de Guía.

Las imágenes de las presentaciones en El Rocío Las imágenes de las presentaciones en El Rocío

Las imágenes de las presentaciones en El Rocío / Juan Carlos Vázquez

Hasta ahí prima la corrección de este desfile romero. Rezos y cantes milimetrados. Peregrinos acicalados tras descansar la primera noche en la aldea. El guión perfecto e hilvanado que abre paréntesis al llegar al seis. El número mágico según la cultura judía y el número de la gracia en estos arenales. Con el seis se acabaron las formas, pues es tanto lo que encierra que no hay costura suficiente para ataviarlo. El seis rompe los pespuntes de la corrección. Y de la creación, pues fue con esta hermandad con la que el Rocío se reinventó hace más de dos centurias.

Vigilancia absoluta. El santuario está totalmente rodeado de agentes de seguridad

Llegan los de la vieja cava con la caballería al frente. Desfile ceremonioso, pausado. Medio giro para hacer la reverencia. Suenan la gaita y el tamboril. El público se arremolina para ver llegar la comitiva. No importa que el sol empiece a apretar. Que la sombra se vuelva escuálida. Se presiente que esto es distinto. Que merece la pena la espera. Ahí viene la carreta de Armenta. Con sus brillos apagados. Tamizados por el polvo de la Raya. Sello del camino. De tres días de senda que acaban aquí, a las puertas de la blanca ermita, de la concha bautismal, donde cada Pentecostés se rocía el espíritu .

La tranquilidad se rompe. Empiezan los vítores elevados al cubo. "¡Ya está aquí Triana, Triana y Triana!". Matas de romero al cielo. Cuesta trabajo que la carreta gire. Todos quieren llegar a la puerta. A la meta codiciada. Al pódium de un nuevo logro. De un nuevo camino que conduce siempre al origen. A la Madre.

Se paran los bueyes. Los almonteños reclaman su espacio. Sus metros sobre la explanada. Los trianeros, también. Se va la carreta. Llega la tribu de cintas verdes. Nómadas de la alegría. Hijos predilectos de la primavera. Vienen sin acicalamiento alguno. Con la huella del sol en sus caras. Con el blanco barniz de la arenas. Y con el alma impoluta. Sin mancha de pena. "¡Vamos a cantar!". "¡Aquí estamos otra vez!". Y otra vez Triana ante las puertas de la ermita. No una. Ni dos. Sino tres veces llegan los peregrinos al punto final del camino. A la cima más alta de unos corazones de arrabal y guarda. Los que rompen la línea recta. Los que deshacen las formas para dejarnos sólo con lo de dentro. Es la rotundidad del seis. De seis letras que gritan Triana.

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