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Alejandro Godino | Sociólogo

“En España se confunde productividad con presencia laboral”

Alejandro Godino.

Alejandro Godino. / M. G.

Alejandro Godino lleva diez años en Cataluña, pero asegura que prefiere “indudablemente” la playa del Rinconcillo de su Algeciras natal. Tras estudiar sociología en Granada, se trasladó a Barcelona para investigar en la Autónoma sobre el mercado de trabajo. Allí se doctoró. Leyó su tesis el día que se declaró la efímera república catalana –y el presidente del tribunal bromeó con que aquel acto era el más importante que hubo aquel 27 de octubre de 2017. “Soy el primer y último doctor de la república independiente de Cataluña”, suele bromear.

–¿Qué hace un sociólogo en una pandemia?

–Teniendo en cuenta las circunstancias excepcionales y sus consecuencias sociales, sobre todo leer mucho, escuchar mucho y opinar bastante poco. En el ámbito laboral, desde la corresponsalía española de la agencia Eurofund, de la Comisión Europea. La agencia ha estado muy activa con varias colaboraciones relacionadas con las políticas que han puesto en marcha los estados miembros para hacer frente a las consecuencias laborales, sociales y económicas de la pandemia. Hemos hecho una radiografía de todas las reestructuraciones empresariales de los últimos meses. En el Centro de Estudios Sociológicos QUIT de la Autónoma de Barcelona hemos analizado la forma en la que se ha implementado de forma repentina, y en cierta manera forzosa, el teletrabajo en España, sobre todo en lo que se refiere a los mecanismos de control del teletrabajo. Más allá del trabajo a nivel de investigación, uno se da cuenta de la importancia del análisis de las relaciones sociales en una situación como la actual, en la que el control del contagio depende de la interacciones entre individuos y grupo sociales.

–El Gobierno prepara una ley de teletrabajo y hay debate sobre si la empresa debe sufragar los gastos que el trabajador hace en casa.

–Es ciertamente poco comprensible que ciertas posiciones de la patronal resulten tan contrarias a hacerse cargo de, al menos, una parte del gasto energético del que se hacen cargo ahora los trabajadores. Una parte importante del gasto fijo que tiene una empresa se está reduciendo donde la actividad se desarrolla a través del teletrabajo. Es un ámbito que debería regularse a a partir de los acuerdos a los que lleguen los agentes sociales en la negociación colectiva. La forma en que las empresas pueden compensar a los teletrabajadores dependen mucho de la naturaleza de la actividad y de la propia empresa:su tamaño, el tipo de jornada y contrato de los trabajadores y el nivel de presencialismo.

–Ya era complicado el control horario antes de la generalización del teletrabajo, ¿cómo se hace en casa?

–Hay que tener en cuenta el bajo nivel de implantación del teletrabajo que había antes de la pandemia. Uno de los principales limitantes era técnico. Pero a la vista está que han sido capaces, ya sea a través de un software específico de control de horario y de consecución de objetivos o resultados. El otro limitante era el de los propios mecanismos de control imperantes en España vinculados a la cultura presencialista del trabajo. Vivimos en un país en el que se confunde productividad laboral con presencia laboral. Es un obstáculo fundamental.

–¿Hay alguna vacuna contra el presencialismo?

–Una de las soluciones sería hacer pedagogía en las empresas, sobre todo a los jefes, para que se formen y sean capaces de organizar el teletrabajo. Eso implica que no confundan el presencialismo con la consecución de resultados. Que no invadan el espacio y el tiempo personal de los trabajadores, que sepan cuándo es adecuada una llamada de control. La idea es que puedan formar a sus trabajadores para fomentar la confianza mutua. Si esos métodos no funcionan, existen programas específicos que los responsables de las empresas pueden aprender para poder implementar la organización. Sobre todo para no invadir el derecho a la desconexión, que es uno de los problemas fundamentales detectados en el confinamiento.

–En EEUU se están produciendo auténticos éxodos en las zonas de oficinas. ¿Puede ocurrir en España?

–Si consideramos que aquellas ocupaciones cualificadas y que pueden ser potencialmente desarrolladas por teletrabajo se concentran principalmente en aquellas ciudades con particulares problemas de precio de la vivienda no es descabellado pensar que esto vaya a pasar en España. Hay teóricos impulsores del teletrabajo que están viendo en la actual situación una ventana de oportunidad para el repoblamiento de la España vaciada. No se si esos movimientos están sucediendo ya de forma masiva, pero si se ponen sobre la mesa.

–Es sociólogo especializado en el mercado de trabajo y ha estudiado la evolución de las externalizaciones. ¿Se puede ser optimista?

–Uno de los riesgos del impulso del teletrabajo es justo que se puedan poner en mayor riesgo, si cabe, las relaciones de empleo. Antes de la pandemia hubo un crecimiento del desarrollo de actividades a través de la provisión externa de servicios, a través de profesionales independientes que no lo eran tanto, como los falsos autónomos, o empresas paralelas a las propias empresas clientes. Una situación como la actual, en la que los trabajadores de la propia empresa no tienen que acudir a la oficina, puede ser utilizada por las empresas para deshacerse de costes fijos no sólo en oficinas, sino en gastos de personal y desarrollar parte de la actividad a través de trabajadores externos. Pero lo que nos debería preocupar más sobre el mercado de trabajo es la polarización de las cualificaciones. La destrucción paulatina de puestos de media cualificación porque son automatizados, al tiempo que crecen puestos de baja cualificación por un lado y alta por otro. Así se recrudece la disparidad de salarios. Son los puestos de baja cualificación los más afectados por la pandemia.

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