Josep Ramon Bosch | Ex presidente de Societat Civil Catalana “España necesita un relato que entusiasme a los catalanoparlantes”

Josep Ramon Bosch, ex presidente de Societat Civil Catalana. Josep Ramon Bosch, ex presidente de Societat Civil Catalana.

Josep Ramon Bosch, ex presidente de Societat Civil Catalana. / M. G.

Josep Ramon Bosch (Santpedor, 1963) es licenciado en Geografía e Historia por la Universitat de Barcelona y diplomado en Marketing por EMI. Ha ejercido como ejecutivo en la industria farmacéutica y actualmente es el consejero delegado en una empresa del mundo de la comunicación. Asimismo, fue presidente de la asociación Societat Civil Catalana, organización de la que fue cofundador. Acaba de publicar Cataluña, la ruta falsa (Deusto, 2020), donde lanza propuestas para encauzar el encaje de Cataluña en España.

–¿Dónde va Cataluña?

–Cataluña va hacia la decadencia absoluta, la diáspora de muchos catalanes y una negra noche como sucedió en su momento en Quebec, cuando después de dos referendums, hubo una fuga masiva de empresas y de bancos, abandonando una zona rica, con empuje y con una cultura propia. Quebec vivió una larguísima etapa de depresión y ahora por suerte, los canadienses tienen un nuevo estado y el sentimiento independentista en Quebec es francamente minoritario.

–¿La conllevanza de Ortega es la única receta posible?

–La conllevanza es un precepto que Ortega instauró en 1932 en un famoso discurso en Madrid. Él entendía que había una parte muy importante de catalanes que habían abandonado la idea de España y que el problema catalán no se podía solucionar, sino conllevar. Yo me opongo a este precepto de Ortega, pero estoy a favor de otra idea suya, que es ir a las cosas, y eso es lo que tenemos que hacer los españoles y los catalanes. Ir al meollo de la cuestión y no conllevar el problema, sino solucionarlo.

–¿La crispación de la política catalana se vive también en la calle?

–No. Por suerte, la sociedad catalana es pacífica y moderna. Evidentemente, el problema del coronavirus lo vivimos todo el mundo y no es la mejor situación. Pero ahora mismo no hay una crispación que sí la hubo en torno al 1-O y los meses siguientes, o hace un año cuando se conoció la sentencia del Supremo.La crispación está muy lejos de la sociedad, pero en la política, es notable y notoria.

–Tres años después de los sucesos de 2017, ¿ha cambiado el escenario político?

–El coronavirus lo ha tapado todo pero el nacionalismo resurgirá con mucha fuerza. También se cumplen tres años de la victoria del constitucionalismo en las elecciones catalanas. Esto no se ha sabido aprovechar por parte de las fuerzas políticas. Y nos encontramos ante una situación tremenda. Incluso el CIS catalán dice que hay una mayoría social de catalanes que rechaza la independencia. Sin embargo, si ahora hubiera elecciones autonómicas, se va a dar la paradoja de que los nacionalistas no sólo ganen en diputados, sino también en votos. Es una terrible noticia porque si lo logran, el procés tendrá un nuevo impulso que pondrá nuevamente encima de la mesa el conflicto territorial.

–Cs no se presentó a la investidura ni ha llevado la iniciativa. ¿Fue un error?

– Los políticos que ganaron las elecciones de 2017 abandonaron Cataluña y los esfuerzos de acabar con el régimen pujolista-hegeliano se fueron por el sumidero de la historia. Yo vivo en un pueblo del interior de Cataluña 100% nacionalista. No es fácil convivir en un marco mental que te condena a una muerte civil. Entiendo que uno viva y trabaje mejor en Madrid que en Barcelona. Esto es muy duro para un político. Pero una gran cantidad de catalanes nos sentimos abandonados. Y nos vemos ante una victoria contundente de los separatistas en las urnas. Eso debería poner rojos a todos los políticos constitucionalistas.

–Cataluña fue la comunidad donde el sí a la Constitución de 1978 fue más mayoritario. ¿Cómo se ha llegado a esta desafección?

–En Cataluña existe una triple división. Las clases ricas catalanas son separatistas y las populares son lo que aquí se llaman unionistas. También hay una división geográfica entre el interior y la costa, de la que sale la broma de Tabarnia. Y la más terrible es la étnico-lingüística. Un 50% de los catalanes tiene el catalán como lengua materna y el otro 50% el castellano. El 90% de los que tienen el catalán como lengua materna son independentistas. Y el 70% de los que tienen el castellano son unionistas. Eso se debe a que los catalanoparlantes no hemos recibido un relato atractivo de España. No es una cuestión económica, sino sentimental. Mi propuesta, entre otras muchas, es hacer un relato que entusiasme a los catalanoparlantes.

–¿Cómo se construye ese relato?

–En 30 kilómetros a la redonda del pueblo donde vivo no hay ni un símbolo de España. La gente que vive allí poco puede querer algo que no existe. Es más, los catalanoparlantes nos informamos a través de medios catalanes, con lo que la desconexión es absoluta. No hay que inventar la rueda. Necesitamos una ley de lenguas que reconozca el catalán como lengua española. Y que se pueda hablar en catalán en el Congreso y el Senado. También hay que creerse que Barcelona es la auténtica bicapital de España. España no puede ser sólo Madrid. La descentralización administrativa tiene que ser real ¿Por qué no puede venir el Senado a Barcelona? ¿Por qué el Tribunal Constitucional no puede ir a Cádiz? España necesita un nuevo relato. No tiene razón con un estado casi confederal en el que lo máximo que sé de España es que nos roba o que los borbones son unos ladrones que hay que echar a los tiburones, que es lo único que se habla de España en la zona donde vivo.

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