"En la vida quiero interlocutores que se tomen las cosas a la ligera"

"En la vida quiero interlocutores que se tomen las cosas a la ligera"
Francisco Camero

25 de agosto 2013 - 01:00

-Vienen a Sevilla, a Fibes, del 25 al 29 de septiembre con Lutherapia, pero suelen trabajar con varios espectáculos a la vez. Un lío, ¿no?

-Es como esa gente que habla dos idiomas. Haces un clic y ya está. Ni mezclamos ni nos confundimos. Y así, tan frescos.

-Asumo que están ustedes bien enterados de la situación en España.

-Uy, sí. Estamos demasiado enterados...

-¿Y eso?

-Pues que estábamos mal acostumbrados. Llegábamos a España con todas las entradas vendidas, con la gente entregada, con los fans esperándonos trémulos y felices. Y ahora es muy distinto. Ahora tenemos que ir rogando para tener público. Un proceso francamente muy triste, como si estuviésemos dando marcha atrás.

-Argentina ha vivido épocas durísimas... ¿Qué le diría usted a alguien de aquí que ya esté empezando a pensar que tener esperanza es una ingenuidad que no puede permitirse?

-Mire, son crisis. Lo que pasa es que ésta es bastante nueva, por su carácter global. Lo vivimos con mucha tristeza. Argentina vive de crisis en crisis por lo menos cada 50 años y hemos tenido de todo: gobiernos militares, genocidios, corralitos, democracias corruptas, absolutamente de todo. Y sí, ahora se ve en otros países, ¿verdad? En fin, espero que se arregle. Entre otras cosas porque queremos seguir llevando nuestros espectáculos a España para hacer feliz a la gente, que es nuestro interés primordial.

-Está aquello que decía Woody Allen, que la comedia es tragedia más tiempo. Cuando la gente mire hacia atrás y todo esto sea un recuerdo remoto, ¿qué parecerá, entonces, lo más gracioso de la situación?

-Visto todo desde muy lejos, uno se queda con lo más importante, con lo más hiperbólico, y bueno, los detalles, que suelen ser muy angustiosos o tristes para la gente, todo eso... como que se pierde. Así es. La verdad es que uno se queda con muy poco de lo que le ha pasado...

-Ya. Bueno, quizá deberíamos hablar un poco de Lutherapia...

-¡Tal vez mejor! Creo que me hago un lío con la metafísica...

-Están ustedes insistiendo mucho en que es el mejor espectáculo de su carrera. ¿Qué puede decir para que no pensemos que es uno de los típicos automatismos promocionales del mundo del espectáculo?

-No, no, no, no... No es eso. Yo le podría decir que cuando terminamos de escribir la última corchea de Lutherapia y la pusimos sobre el escenario, descubrimos que habíamos creado un espectáculo, como decimos nosotros, redondito. Lo acabamos en 2008 y fue, lo digo con la mano en el corazón, el último espectáculo original que escribió Les Luthiers. Y creo que lo va a seguir siendo, porque después de 45 años de carrera, que estamos ya viejitos y cansados, esto fue un producto otoñal que nos salió hermoso, hermoso. Lo que haremos los próximos años, por lo general, serán antologías: tomaremos obras antiguas y las uniremos en espectáculos que serán pequeños popurrís.

-¿Qué hacen, tantos años después, como recuerda usted mismo, para que esos viejos números les sigan divirtiendo?

-En primer lugar, el éxito que nos ha acompañado a lo largo de nuestra carrera es un factor de cohesión muy importante. Eso nos mantiene muy unidos, somos muy felices de haber creado un producto que le gusta a la gente, y si a eso le agregas un par de ingredientes más, por ejemplo que puedes vivir con lo que produces, y vivir además más o menos bien... Nos gusta mucho nuestro trabajo, nos satisface y es muy gratificante.

-¿Se ven mucho fuera del escenario?

-No, no. Tenemos un compromiso para respetarnos el espacio de cada uno, nuestras propias vidas. Es obvio que tras tanto tiempo uno busca espacios por los cuales no pase Les Luthiers.

-¿Qué es lo más delirante que le ha pasado a usted sobre un escenario?

-Qué podría haber sido... Quien habla, Carlos Núñez Cortés, tiene una anécdota algo sangrienta. Pero que es delirante también. En 1980 estábamos con Les Luthiers hacen muchas gracias de nada. Bueno, en un número había un serrucho, pero de utilería, era madera pintada. Se rompió y alguien tuvo que ir corriendo a reemplazarlo, pero trajeron uno real, de una ferretería, quiero decir. El asunto fue que con ese serrucho yo me accidenté, me cortó la mano izquierda sobre el dorso de la mano y me hizo una muy fea lastimadura, tan es así que yo no pude seguir actuando aquella noche. Bien, pues salió Marcos [Mundstock], explicó que uno de los integrantes había sufrido un accidente serio y que debían llevarlo al hospital y que lamentablemente el espectáculo iba a interrumpirse y se iba a devolver el importe de las entradas, y la respuesta del público fue una gran carcajada.

-Nunca se sabe qué reacciones esperar...

-Exactamente. Yo creo que eso es lo más delirante que me ha pasado.

-Debió de ser desconcertante, sí. También será terrible estar sobre un escenario y sentir que la risa no fluye... Alguna vez le habrá pasado, ¿no?

-Pues sí. La risa es algo tan misterioso, es más fácil hacer llorar que hacer reír. Hay que activar resortes muy complicados, y mucho más si quieres hacer reír inteligentemente, porque la gente también se ríe del slapstick, del tortazo en la cara y el resbalón, o de la mala palabra, la escatología y demás. Pero a nosotros nunca nos ha hecho gracia eso... Y cuesta mucho, pero mucho, hacer reír a la gente con un juego de palabras.

-Aparte de para ganarse la vida muy bien, ¿para qué le sirve a usted el sentido del humor?

-Es una actitud que tiene el ser humano para enfrentarse a muchas cosas que nos va presentando la diaria existencia. La frustración, la pelea, la tristeza, la pérdida. Muchas cosas, ¿verdad? Hay gente que tiene sentido del humor, lo practica, lo entiende, lo cultiva, y hay gente que no: yo prefiero a los primeros. Yo en la vida quiero interlocutores con sentido del humor, incluso que se tomen las cosas a la ligera, o de coña, como dicen ustedes. Eso mucho mejor que una persona seria, circunspecta... A mí el sentido del humor siempre me ha ayudado mucho en la vida.

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