Notas sobre los pactos de la Moncloa de 1977

El histórico sindicalista de Comisiones Obreras analiza cómo se alcanzaron los acuerdos que ahora se quieren retomar. Advierte que siente molesto por el uso que se hace de aquella denominación para la coyuntura actual.

Los pactos de la Moncloa de 1977
Los pactos de la Moncloa de 1977 / M. G.
Francisco Acosta Orge

Sevilla, 14 de abril 2020 - 07:33

Resulta curioso que en estos días en que se invoca con una cierta mítica, que a mi entender es exagerada, la posibilidad de realizar una nueva edición del Pacto de la Moncloa, se cumpla un aniversario más de aquella legalización del Partido Comunista de España, en medio del derrumbamiento de la Dictadura Franquista. Este hecho me permite hablar un poco del papel del PCE para que aquellos acuerdos, fundamentales para la consolidación del nuevo sistema democrático, que se estaba alumbrando en medio de enormes dificultades, se consiguieran.

Todo partía de la idea que veníamos defendiendo los comunistas de que la única salida para consolidar el futuro democrático para España era la necesidad de que se constituyera un Gobierno de concentración nacional, que abordara la construcción del nuevo Estado y la solución de los graves problemas políticos, económicos y sociales que habíamos heredado del Régimen, Gobierno que además debería convocar las

primeras elecciones democráticas.

Esta opción no fue posible entre otras cosas, por el miedo a la supuesta fuerza movilizadora del PCE, que en la UCD era producto de sus orígenes postfranquistas, y en el PSOE a su debilidad de militancia y a razones de la geopolítica de entonces encabezada por la socialdemocracia europea, encabezado por el potente partido social demócrata alemán, además de los poderes fácticos representados por las fuerzas armadas y policiales, el empresariado o la banca.

Pero desde el PCE no nos dimos por vencidos. Seguíamos creyendo con pasión que no había otra salida para iniciar con una cierta garantía el camino de la Democracia que el iniciar ese camino con un gran acuerdo nacional interclasista que obligara a todos los sectores sociales y políticos a realizar sacrificios para consolidar la Democracia, lograr una España mejor a medio plazo y superar las diversas herencias del franquismo.

Eduardo Saborido, Fernando Soto y Francisco Acosta (autor del artículo) el día que conmemoraron el proceso 1001
Eduardo Saborido, Fernando Soto y Francisco Acosta (autor del artículo) el día que conmemoraron el proceso 1001 / M. G.

A pesar de que, incomprensiblemente, las elecciones del 15 de Junio de 1977 los ciudadanos nos situaron en una posición parlamentaria débil, con tan sólo 20 diputados, seguimos insistiendo en el logro de este objetivo, porque estábamos convencidos de tener la razón histórica y racional para nuestro país y porque teníamos una gran influencia en amplios sectores de la sociedad española, en primer lugar entre los trabajadores, pero también en la Universidad y en colectivos vecinales intelectuales y culturales.

Ya en el año 1976 las importantes luchas obreras y ciudadanas por sus derechos políticos económicos y sociales, habían impedido una salida reformista a más de 40 años de dictadura. La sociedad civil había asumido que sin Democracia este país no tenía mejora para el futuro.

Otro instante de la firma de los Pactos de la Moncloa en 1977.
Otro instante de la firma de los Pactos de la Moncloa en 1977. / M. G.

Y recordamos estos hechos históricos porque fueron decisivos para nuestra legalización en Abril de 1977, a pesar de presiones interiores y exteriores: Sin la presencia del Partido Comunista no podría haber auténtica legalidad democrática. Una vez constituidas las primeras Cortes de la democracia que debían elaborar la futura Constitución de 1978 apareció con todo su crudeza, el hecho de que desde posiciones partidistas, en función del número de representantes en el hemiciclo, sería muy difícil lograr una mayoría suficiente para lograr una Constitución con la que los ciudadanos estuvieran medianamente satisfechos.

Entonces nuestras ideas, nuestra persistencia, empezaron a dar sus frutos. El PCE siguió insistiendo en que todos los partidos democráticos deberíamos ceder en nuestros proyectos ideológicos para conseguir lo mejor en aquellas condiciones para el presente y el futuro de España. Unos meses antes de ese año 1977, al socaire de nuestra legalización, fuimos el primer partido democrático que cambiamos algunos artículos de nuestros estatutos, entre ellos la aceptación de la Monarquía Parlamentaria y la Bandera Nacional sin el escudo franquista, no sin desgarros internos, para hacer posible ese espíritu de reconciliación, que ya esbozábamos en el año 1959 en un documento histórico del Comité Central.

Nuestras ideas de consenso, acuerdos puntuales en lo político y en lo económico, o en la configuración territorial fueron forjando los cimientos del acuerdo de los partidos parlamentarios para ir montando el andamiaje constitucional de 1978 por el que saludablemente nos regimos en España. Ya no era posible hablar de Gobierno de Concentración, pero sí del Consenso, con mayúsculas, de buscar lo mejor para la ciudadanía.

Aquel Pacto de la Moncloa fue defendido por nuestro partido con toda la energía de la que éramos capaces, especialmente los militantes que pertenecíamos a Comisiones Obreras dando asambleas y mítines en los centros de trabajo y en las plazas de muchas ciudades y pueblos. Había mucho en juego para las aspiraciones de la clase trabajadora.

Claro está que aquel pacto tuvo defectos, y ausencias graves, como el que teniendo sus acuerdos un claro contenido económico y social, no se contase con la presencia de las organizaciones empresariales o sindicales. Lo más importante que se logró, además del acuerdo para una Constitución defendida por todos los partidos, fue el iniciar el camino de la recuperación económica para superar la crisis en la que nos había dejado la dictadura, así como conseguir la Amnistía General para superar el pasado y la Amnistía Laboral para los centenares de trabajadores despedidos en la Dictadura por luchar por sus derechos. A lo que habría que añadir la introducción de derechos sindicales y laborales en el texto constitucional, y el Estatuto de los Trabajadores, como ley fundamental de vital importancia para la acción de las Centrales Sindicales.

Pero ese Pacto tuvo sus detractores desde dentro, algunos partidos firmantes no lo defendieron apenas ante la ciudadanía, aparte del Partido Comunista y de manera casi solitaria el presidente Adolfo Suárez y algunos de sus ministros, entre ellos el economista Fuentes Quintana. Las organizaciones empresariales lo combatieron y el presidente de la CEOE, Ferrer Salat los denunció en una visita que realizó a Estados

Unidos, como un intento de llevar a España al sistema comunista... sic.

Pero lo más lamentable fue la ausencia o el mutis por el foro que hizo el PSOE y la UGT de la defensa de ese Pacto. La fuerte presencia parlamentaria de este Partido hubiera facilitado un mejor desarrollo del mismo. Aprovecho la ocasión para expresar la emoción que sentí el pasado 12 de Febrero en la presentación de la Fundación Felipe González en Sevilla, en la Casa de la Provincia, cuando Felipe expresó literalmente, ante los allí reunidos su reconocimiento a la insistencia de los comunistas en la consecución y desarrollo de los Pactos de la Moncloa y la importancia que esa persistencia tuvo para lograr el acuerdo constitucional de 1978... Mejor tarde que nunca.

Quienes vivimos aquellos momentos históricos en primera línea, creo que nos sentiremos molestos, por lo menos yo lo estoy, por esa agitación mediática y partidista de aquel acontecimiento que no debería homologarse bajo ningún concepto con los Pactos de la Moncloa, con el significado histórico que tuvieron. Empiecen todas las organizaciones políticas parlamentarias, empresariales y sindicales a llegar a acuerdos realizables para superar los terribles efectos de la crisis que atravesamos y pongan el título más adecuado al necesario acuerdo. Y si no lo hubiere, que sea el Parlamento y el Gobierno de la Nación el que lo haga y lo ejecute para bien de los ciudadanos.

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