La ciudad del circo

El Circo Mundial que se alza cada mes de abril donde el infierno tiene su calle

La ciudad del circo
Diego J. Geniz

23 de abril 2010 - 01:00

Múltiples nacionalidades, multitud de lenguas. La más cosmopolitas de las ciudades en la urbe efímera de siete días. Así es el Circo Mundial que se alza cada mes de abril donde el infierno tiene su calle. Una de las atracciones más antiguas de la Feria que sigue contando con la asistencia de su público fiel. Niños y mayores que dejan por un momento el albero y los farolillos para adentrarse en este universo de acróbatas, payasos, magos y domadores. Distracciones añejas que vencen, al menos aquí en Sevilla, a la crisis de los nuevos tiempos.

A las once de la mañana el circo despierta cuando ya las taquillas están abiertas. Falta una hora para la primera función. Dani Chen es el locutor del espectáculo. Está preparado con su uniforme de trabajo: pantalón gris, chaqué de brillos plateados y una capa de maquillaje que tapa las ojeras que levantó el cansancio. Su vinculación con el mundo circense, como la del centenar de personas que trabajan en este recinto, les viene de familia. Tienen una nacionalidad y múltiples idiomas aprendidos. Chen habla casi cinco: español, italiano, inglés, portugués y un poco de francés.

Ser políglota en el circo es cualidad común. "La convivencia te obliga", argumenta Chen. El roce continuo con los compañeros de trabajo, que proceden de diferentes países, les ayuda a aprender distintos idiomas. Y eso que esta compañía, Cultespa, no actúa fuera de las fronteras españolas. Permanecen cuatro meses en Madrid, durante el invierno, y luego salen a Sevilla, donde estarán hasta el 2 de mayo, aunque es probable que el tiempo de estancia se prorrogue por unos días. De aquí partirán a Canarias, aunque el siguiente destino nunca se sabe, como señala Lalo, uno de los payasos que intervienen en el espectáculo. "El director de la compañía nos avisa de la nueva ciudad con cuatro o cincos días de adelanto, el tiempo suficiente para preparar los bártulos. Vivir así es una aventura, porque sabemos dónde estamos hoy, pero no dentro de 15 días", añade Carloto, el otro payaso que forma el dúo humorístico con Lalo.

La gente del circo son, en palabras del locutor Chen, la tribu nómada de mayor vigencia. Y con beneficios. Acostumbrados a vivir en caravanas, estas familias no cuentan entre sus preocupaciones con la hipoteca ni con los gastos de comunidad de un piso, entre otras ventajas. Sus hijos van al colegio que les ofrece la compañía, el cual se rige por el calendario lectivo de Madrid. Sus vecinos más fieles son la treintena de animales que intervienen en las actuaciones: caballos de alta escuela, tigres y leones blancos, elefantes hindúes, cocodrilos, caimanes, aves exóticas y el amaestradísimo Oso Humano, el primer debutante en despertar las sonrisas de los más pequeños. Como un Arca de Noé en una Torre de Babel. El circo tiene mucho de referencia bíblica. De Antiguo Testamento. Un pueblo en permanente éxodo, en continua búsqueda de la verdadera patria del hombre: la infancia(incluidos padres y abuelos).

Cuando faltan 20 minutos para que la función comience el backstage del circo es un hervidero de nervios y preparativos. Todos llegan ya maquillados de sus caravanas. Aquí no hay profesionales de la estética. Son autodidactas del diseño. Algo no extraño, ya que lo más normal es que cada trabajador circense desarrolle tres o cuatro funciones, como Chen, que es locutor del espectáculo, conductor de camiones y montador de la estructura del circo. Incluso los propios domadores son los veterinarios de los animales, a no ser que la enfermedad sea grave y requiera de una atención más especializada.

Marisa abre el espectáculo. De origen italiana, sus padres también trabajaron en el circo, donde se casó con su actual marido, un acróbata que le enseñó la profesión con la que ahora debuta. También canta. Su aparición en la pista tiene tintes de revista musical sesentera. Sombrero de copa y chaqué de lentejuelas. Su sonrisa es tan perfecta como la de un anuncio de higiene bucodental. Su playback no lo es tanto. Pequeño defecto en una coreografía de múltiples efectos visuales que despierta el ánimo de niños en cuyos rostros aún se adivina el último sueño. Los integrantes del espectáculo desfilan ante el público. Prometen diversión. Mucha diversión. Tanta como palomitas hay en los cartuchos que preparan en la puerta. Un inmenso olor a maíz tostado invade las gradas del circo. Aquello parece más una película de efectos especiales al más puro estilo estadounidense.

El primero es Jankarlos, el Poeta del Aire, que se desliza desde las alturas por sábanas de seda que dejan entrever un busto perfectamente anatomizado para alegre distracción del público femenino. Mientras niños contemplan sus acrobacias, madres y alguna que otra abuela se deleitan por una musculatura que despierta más de una aburrida primavera.

Las acrobacias requieren de una preparación de dos horas diarias. Nada puede quedar en aras de la improvisación. Todo tiene que estar atada. Y bien atado. Hasta el humor. "Hacer sonreír a un niño es lo más difícil", dice el payaso Lalo, quien explica que "a un adulto le cuentas un chiste y por muy malo que sea siempre se ríe, pero con un niño te lo tienes que currar mucho y sorprenderlo es cada vez más complicado en una época como ésta donde es extraño que se asombren con algo que no hayan visto ya en televisión".

El nerviosismo está siempre a flor de piel por muchas actuaciones que integren el curriculum. Ser payaso no es fácil. El ridículo acecha a la vuelta de la pista. Lalo es sevillano, nació en el Cerro del Águila. Le encanta volver a Sevilla en Feria. Desde pequeño ha estado en el mundo del Circo y aún tiene que fumarse un cigarro cuando escucha a Chen por la megafonía. Es la única forma de atemperar los nervios. Ya los anuncia. Salen a la pista. A darlo todo por una sonrisa.

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