Habilidades profesionales

El buen interrogatorio: no “salir de pesca” y tener una estrategia

  • “La brevedad es el manjar predilecto de los jueces”

  • “Se puede preparar al testigo pero siempre honestamente”

Óscar Fernández León, en su despacho Óscar Fernández León, en su despacho

Óscar Fernández León, en su despacho

El abogado sevillano Óscar Fernández León ha publicado su undécimo libro, “Máximas del interrogatorio”, donde resume en 50 reglas prácticas su experiencia de más de 30 años de ejercicio profesional. Algunos principios básicos: aproximarse al testigo amigablemente, impugnar solo lo impugnable y no “salir de pesca”, esto es, “lanzar el anzuelo por si hay suerte y algo pica”.

El libro está prologado por Óscar Cisneros, decano electo del Colegio de Abogados de Sevilla. Cisneros destaca que, hasta ahora, “poco o nada se escribía sobre la práctica forense” y “esa praxis ética era transmitida por los maestros y titulares de los despachos de forma oral”.

Fernández León explica a este periódico que el principal error de un interrogatorio es la falta de preparación. “Un interrogatorio requiere técnica, estrategia y organización. Por falta de tiempo se hacen interrogatorios muy elementales. Lo más importantes es la preparación estratégica de las preguntas”.

Una de las reglas de oro, para el autor, es una figura “completamente desconocida en España” que es la llamada “teoría del caso”, esto es, tener un relato que “explique de forma creíble la teoría legal aplicable y los hechos de la causa”. “La teoría del caso ha de ser coherente con la prueba no controvertida”.

Aconseja tener un “objetivo alcanzable”, no repetir preguntas ya hechas y, respecto al testigo propio, adelantar uno mismo sus posibles debilidades tales como haber sido alcohólico o tener antecedentes penales.

“Anticipar la debilidad tiene un efecto psicológico muy importante ya que evita que el juez piense que se está realizando un ocultamiento de información”. A la vez, atenúa la influencia negativa de esa circunstancia del testigo y dará al abogado “un halo de honestidad ya que, de alguna forma, parece que estamos perjudicando nuestros intereses”, mantiene Fernández León.

Los testigos son los protagonistas del libro, y no podría ser de otra manera puesto que la finalidad de todo interrogatorio es favorecer la credibilidad de nuestro propio testigo y de su relato y desacreditar la fiabilidad y el testimonio del que presenta la parte contraria. Fernández León afirma que se puede preparar al testigo, pero haciéndolo “honestamente, no adoctrinándolo ni invitándole a declarar algo ajeno a su relato”.

En función de la estrategia programada, hay que organizar el tipo de preguntas, ritmo y control. “Eso no se suele hacer bien por desconocimiento de la técnica”, explica.

Son los jueces quienes emitirán su sentencia y es fundamental conocerlos. Una de las máximas: “la brevedad es el manjar predilecto de los jueces”. Pero Fernández León aborda otros aspectos psicológicos: los magistrados disponen de una capacidad de atención limitada, acumulan cansancio a lo largo de la jornada y pierden fácilmente la atención durante el juicio. El abogado debe adaptar su actitud a la del juez y debe ser capaz de apreciar si hoy está de buen humor o contrariado.

“Cuando en el interrogatorio te has anotado un tanto, ¡por Dios, no sigas!”, aconseja el autor a sus colegas, y remacha: el fundamento de un interrogatorio es el logro de un objetivo. Una habilidad clave es “saber discernir cuándo se ha conseguido” y en ese momento dejar de preguntar.

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