La caja negra

Colón siempre paga los horrores

El nuevo modelo de banco en el Paseo de Colón El nuevo modelo de banco en el Paseo de Colón

El nuevo modelo de banco en el Paseo de Colón

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ESTA ciudad que machaconamente tildan de dual ofrece enormes contrastes en pocos metros cuadrados. No hay necesidad de recorrer grandes distancias para encontrar ejemplos de lo que está bien hecho y de lo que está mal hecho, dicho sea en el lenguaje sencillo de la EGB, cuando los carteles en los pasillos de algunos colegios ilustraban con dibujos los comportamientos del niño bien educado y del niño mal educado. Uno cedía el paso a los mayores y el otro embestía a los compañeros a la salida del patio. Uno se lavaba los dientes antes de acostarse y el otro se acostaba con los piños cargados de sarro. Así de simple. El bien y el mal, sin opción a los enfoques grises. Lo perfecto y lo zarrapastroso. Lo idílico y lo indeseable. La letra… con sencillez entra.

En el Paseo de Colón apareció esta semana el nuevo mobiliario urbano tras la enésima reforma del acerado. Nos sorprendió bien temprano envuelto en plástico, como un regalo a la ciudad, pero sin lazos. Sevilla no sólo tiene el récord de salidas extraordinarias de vírgenes y santos (amén), sino de las veces que en  muy poco tiempo se levanta una misma calle. De esto han pecado todos los alcaldes, absolutamente todos. Urge un centro de coordinación operativa de las obras en la vía pública, como el otro que existe desde 2000 y vigila por los monitores las carreras que nos pegamos en los días sacros.

Pues en el Paseo de Colón han colocado unos bancos terribles, del imperante modelo Ikea, de los que tienen ese color de madera que rápidamente aparecerá desgastada por una ciudad que el sol baña o castiga, según los casos, tantísimos meses al año. Nuestros urbanistas siempre tratan a Sevilla como si fuera una capital nórdica cuando toca diseñar las plazas y calles. Los nuevos bancos solo miran al río, no a la plaza de toros de la Real Maestranza, como sí miraban los anteriores, que ofrecían el doble asiento: hacia el monumento y hacia el Guadalquivir. Los bancos de Espadas dan la espalda a la fiesta. Que no quiero verla, que no quiero verla, la plaza de toros de Sevilla que no quiero verla desde los asientos del Hábitat Urbano de Antonio Muñoz.

Juan Espadas comenzó el mandato instalando en el precioso Salón Colón unos horripilantes muebles nuevos para las bancadas de concejales. Suprimió no sólo su sillón de alcalde, sino todos los muebles de caoba por unos propios de instalaciones para el co-working que tanto le gusta a este alcalde visitar en el Pabellón de Francia de la Cartuja. Falta que pongan junto a los suntuosos cuadros del Salón Colón algunos armaritos para las tazas de corcho para las infusiones o el té rojo.  Miren ustedes que el Salón Colón es un ejemplo de armónico eclecticismo de estilos, con sus motivos barrocos, románticos, neoclásicos y hasta contemporáneos. Pues nada, allí marcó Espadas su primer hito birrioso como el que clava la sombrilla justo a la entrada del chiringuito.

Para completar la secuencia del alfa y omega, el alcalde despedirá esta corporación con la instalación de bancos más propios del instituto público donde estudiamos, unos bancos que dan la espalda a la plaza de toros que –no se olvide– es Bien de Interés Cultural. O BIC, como diría la vicepresidenta Carmen Calvo, la que da saltitos en las manifestaciones junto a la señora de Sánchez, la que todos nos enteramos del libro que va leyendo en el AVE de Córdoba a Sevilla. De la irrupción de Ikea en el Salón Colón a los bancos de Ikea en el Paseo de Colón, sin dejar nunca al célebre marinero. Uno asiste a un Pleno en el Salón Colón (magnífica oportunidad para solventar sus problemas de sueño) y parece que en cualquier momento Antonio Muñoz se va a levantar con el papel y el lápiz apuntando la lista de la compra en la multinacional sueca.

Y a muy escasos metros de los nuevos bancos está la plaza, monumento de titularidad privada, modelo de conservación durante todo el año. ¿Por qué nuestros políticos no cuidan de la ciudad como los caballeros maestrantes hacen con la plaza? ¿Santi León no va en ninguna lista electoral, no forma parte de ningún consejo asesor? Están tardando los gurús de los partidos. Si ha promovido la igualdad en la institución nobiliaria, si es conocido por toda esa Sevilla por la que ahora se pelean el PP, Ciudadanos y los chicos bisoños de Vox, si preside actos masivos de entregas de premios a los que ellos se pirran por asistir para que las señoronas tengan una última oportunidad de lucir los astracanes este invierno, porque la siguiente y última puesta de la temporada será en la Madrugada para combatir el frío en los palcos y ya… hasta noviembre.

El teniente León ha pavimentado ahora nada menos que el callejón, una reforma que hubiera sido muy polémica en otros tiempos, cuando la plaza era sencillamente intocable, cuando la ciudad era muy distinta a la actual. Pero desde que fue teniente Alfonso Guajardo-Fajardo, la plaza se tocó varias veces, ora para reabrir nada menos que la puerta del despeje, ora para cambiar de lugar la enfermería, ora para remodelar el espléndido museo. Y no pasó nada. Absolutamente nada, lo que desmonta el discurso de que en Sevilla sale mas rentable quedarse quieto, no promover cambios y no someterse al juicio de las fuerzas supuestamente conservadoras. Un monumento altamente catalogado tiene más expedientes de obra aprobados en la Gerencia de Urbanismo y en la Comisión de Patrimonio en los últimos quince años que la Plaza de la Encarnación, de la que sólo queda la fuente histórica y el chino de la esquina que se forra con los móviles estropeados y los cargadores que se recalientan. Y no ha pasado nada en la Real Maestranza, oiga.

La piqueta demolió parte del tendido de la plaza para reabrir la puerta, los muros se tiraron para agrandar el museo y ahora han colocado ladrillos donde había un albero que era un peligro en las tardes de lluvia. La clave es que todo se ha hecho con gusto y criterio. ¿La titularidad de la plaza de toros? Privada al cien por cien. ¿Quién ha dicho que en Sevilla no se pueden tocar ciertos edificios?  

¿Y qué me dicen de la Catedral? La podríamos colocar como el segundo edificio de titularidad privada mejor cuidado de la ciudad, si no fuera por la de cables que todavía exhibe y las máquinas expendedoras de bebidas para nuestros señores turistas, que ahora van recatados por el leve frío que sopla a la caída de la tarde, pero verán como salen prontísimo de los cajones los pantalones de pirata con sus tiritas colgantes en cuanto aparezcan las primeras calores. Ya estoy viendo a los turistas con la pelambre al aire, sentados en los bancos de Ikea del portaaviones Colón, los que solo miran a Triana, en ese tramo de paseo que nos han diseñado los técnicos de las caracolas de Urbanismo donde en cualquier momento aterriza un harrier. ¿La sombra? En los chiringuitos de la Junta que fiscaliza el poderoso Bendodo.

Alguien se puso las botas con la venta de losas de pizarra en la Sevilla de finales de los noventa. Con el paso de los años, el negocio de los horrores se centró en los materiales de hierro chorreado: restaurantes de la calle Betis, fuentes del Muelle de Nueva York, salones para bodas de griterío y autobuses alquilados en el Aljarafe se cargaron de ese material. Fue una plaga. Y ahora está al alza el minimalismo sueco, más apropiado para las ciudades frías. En el Paseo de Colón está el compendio de la ciudad que cambia con criterio y la que cambia con el criterio equivocado. La privada y la pública. Menos mal que Espadas nos deja árboles plantados en algunas plazas, nos tiene bien vigilada la Madrugada y nos trae a Obama. ¿Lo de la sombra en la Avenida? De eso no decía nada el catálogo del niño maleducado. O no lo recuerdo.

 

 

 

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