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Clásico, pero vivo

  • El sello de Miguel Poveda, Carta Blanca, publica el primer disco de Kiko Peña, niño prodigio del cante que se estrena a los 15 años con una obra tradicional.

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Mis primeros cantes. Kiko Peña. Producido por José Quevedo. Con Moraíto, Diego del Morao, Jesús Guerrero y A. García. Carta Blanca/Universal

Es una apuesta de Miguel Poveda, a través de su sello Carta Blanca. De ahí que Mis primeros cantes haya contado con una producción de lujo, siempre desde la austeridad jonda tradicional. Como esas bulerías de la Paquera que abren la obra que suponen los últimos registros del jerezano Manuel Moreno Junquera, Moraíto, tan llorado, al que tanto echamos de menos. Una última muestra de su genialidad con el ritmo, de la calidez que era capaz de imponer al frenesí rítmico de su lar nativo.

Una voz juvenil, obviamente pues se trata de un niño de quince años, con un sentido del ritmo brutal. Lo mejor es que se ha optado, con buen criterio, por una obra que, con un sonido contemporáneo, como no podía ser menos teniendo en cuenta a sus protagonistas, niños todos ellos al cabo, tiene un diseño tradicional. Las bulerías primeras suenan por tanto a la Plazuela, a Santiago y a la Plaza del Arenal. Con una variedad melódica, dentro de la tradición jerezana y gaditana, deliciosa, tanto en la escala andaluza como en los tonos mayores, incluyendo los difíciles trabalenguas de Manolito María. Resuelve Peña la apuesta con brillantez.

El taranto, valiente en lo melódico, sigue en música, letra y brevedad al gran Fosforito de Puente Genil, y en el que ya se apunta por donde va a ir el futuro cantaor de Peña, por los caminos de la entrega emocional sin redes.

Las cantiñas contienen junto a versos tradicionales, las únicas letras expresamente compuestas para esta obra por José Quevedo, productor del disco y guitarrista de tres de los números del mismo. En este caso se trata de la joven sonanta de Jesús Guerrero la que acompaña con sensibilidad el cante tradicional, fresco, de este intérprete que va de Cádiz a la campiña utrerana del Pinini con una facilidad pasmosa.

El jerezano Manuel Parrilla, de nuevo con un gran criterio por parte de Quevedo, es el acompañante ideal de Peña para la seguiriya ya que el joven cantaor de Écija se inspira principalmente en el Agujetas de Jerez para componer su cante. Ya sabemos lo que el apellido Parrilla significa en el cante de Jerez y en el de la Plazuela en particular. El romance se inicia con una seguidilla, la de la liviana de Pepe de la Matrona, para arrojarse luego en las formas y la melodía impuesta por Antonio Mairena por estos cantes en los años 60, con algunos acentos por alboreá que se ven subrayados por el coro masculino. La guitarra, tan sentimental y sutil como efectiva en lo rítmico, la pone el gran Diego del Morao.

Antonio García secunda a Peña en los fandangos naturales en los que el cantaor pone de manifiesto su devoción por Jerez. Lo mismo podemos decir del martinete que se abre con una guitarra en la lejanía, en tonos mayores y a rimo de cabales, deliciosa, que reaparece en un par de ocasiones a lo largo del número. La soleá se mueve, igualmente, entre Jerez y Utrera con una soltura y entrega asombrosas.

Será el arrojo de la juventud, pero hay que ser muy valiente para hacer un disco tan tradicional y tan fresco, sin asomo alguno de presunción, ni de vanguardia, por supuesto, pero tampoco museística. En este sentido debo subrayar la labor impagable de José Quevedo para, como productor, limitar al guitarrista, compositor creativo y letrista que hay dentro de él, y limitarse a hacer una obra de flamenco clásico al cien por cien. Clásico, pero vivo. El secreto de esta obra consiste en penetrar en el secreto de este artista: no sabemos lo que será de Kiko Peña en el futuro, como cantaor, pero hoy por hoy su juventud deslumbrante sólo puede verse equilibrada con un repertorio tradicional como el que aquí expone.

Se trata de la nueva entrega del sello Carta Blanca, fundado por Miguel Poveda, y que, hasta ahora, ha optado siempre por el flamenco clásico, sea en la voz jerezana de El Londro o, como ahora, en la de este joven cantaor. Una apuesta por el flamenco clásico que es muy de agradecer.

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