Cultura

Ruibal, juglar nuestro, juglar de todos

  • Un acercamiento a la figura del cantautor portuense que esta semana ha sido distinguido con el Premio Nacional de las Músicas Actuales por una larga trayectoria de calidad e independiente

"Creo que el cantautor debe ser ahora un juglar que se tome tiempo para reflexionar sobre las cosas pero no para cantar una verdad sino para tratar de darle una vuelta más a las cosas.Siempre se puede dar una vuelta más" (Javier Ruibal)

Nació en El Puerto, vivió en Sevilla, en Madrid... Soñaba Cádiz y Granada, inventaba el Magreb, amó el Caribe y se enamoró de Nueva Orleans. Retrasó la mili porque iba para médico, se hizo ATS. Pasó las fatigas del músico y las dudas. "Si en cinco o seis años no puedo vivir medianamente de esto, lo dejo". Se la jugó, y venció, como ganan los buenos, a base de resistencia, a base de pequeñas victorias que perduran contra el paso del tiempo. Por eso, cuando el pasado miércoles supimos que el portuense Javier Ruibal había sido distinguido con el Premio Nacional de las Músicas Actuales lo celebramos como se celebra la justicia, con alegría y esperanza.

Celebramos a Ruibal porque es el Ruibal de Cádiz, el de un cine desaparecido en su calle en El Puerto (Cine Macario), el de los palos en una huelga de Astilleros (Tabaco y tinto de verano), el de una playa, ¿una?, de La Caleta a Valdevaqueros, Cádiz con sus Atunes en el Paraíso y con "su club trimilenario..."). Pero Ruibal también es el Ruibal de todos, de Habana mía, de la Pensión Triana, que sólo existe como collage de todas las pensiones por las que anduvo, es el Ruibal de la Gloria de Manhattan, el del Elígeme. El que busca esa Rosa azul de Alejandría que "por mucho tiempo" fue una de las canciones que más significaría para él de toda su producción y que ahora compite con ese Baila Lucía que le dedica a su hija... Celebramos a Ruibal porque es nuestro y de todos, por "la calidad de una trayectoria desde la independencia", como adujo el jurado del galardón que otorga el Ministerio de Cultura. Por su talento y coherencia, traducimos nosotros.

Javier Ruibal, juglar nuestro, que comenzó a abrirse camino en los 80 en la ciudad donde había camino, en Madrid, apuntalaba ya entonces una propuesta estilística que iría alimentando y engrandeciendo con el tiempo hasta lograr, como ya ha dicho todo un premio Cervantes como Caballero Bonald, "la soldadura perfecta" en la que "lo popular se alía con lo culto sin ninguna fisura". No en vano, Ruibal posee desde 2007 la Medalla de Andalucía por su altura literaria y por hacer de su música un lugar de convivencia entre el rock andaluz, el flamenco, los sones árabes y sefardíes y los ritmos de latinos.

Quizás por eso es "el músico que escuchan los músicos" como cierta vez le escuché decir a uno de postín, Jorge Pardo. O quizás por eso, por la glocalidad de sus historias y su propuesta musical fronteriza, entre un mar y otro, entre una tierra y otra, conecta tanto con el amante del 3x4 como con el seguidor del tres cubano o el maestro del yembé. "Este músico tímido y poderoso, cosmopolita y arraigado, íntimo y expansivo, melancólico y festero, barroco y popular, hace música con todas las músicas, porque la patria de los músicos es el universo mismo", tomando prestadas las palabras que el escritor Felipe Benítez Reyes le dedicó allá por 2001, acabadito de salir del horno Las damas primero.

Pero antes, mucho antes, desde esa primigenia Duna (1983) ya se atisbaban todas esas claves que el narrador roteño apuntaba. Se lo decía el propio Ruibal a su amigo Juan José Téllez en una entrevista para esta casa en esos comienzos del nuevo siglo: "Yo siempre estoy volviendo al principio; uno hace pequeñas incursiones en otros sitios pero sin perder el pie en su lugar de origen, que no tiene por qué ser un lugar físico, sino ideológico, o la sonoridad de más de un lugar".

De muchos porque el suyo es un canto sin fronteras, tan solidario como poco panfletario. Como muestra, simplemente una escucha al Ay, Pelao de Cuerpo celeste (1986) o esos mismos Huérfanos de la Pensión Triana de su último disco de estudio, Quédate conmigo (2013), donde demuestra que en una canción cabe toda "una decepción", "la decepción de que ha habido gente que ha faltado a las promesas que nos hicieron en aquel tiempo lleno de esperanza", como él mismo reflexionaba para este medio durante el estreno del compacto.

Un tiempo lleno de esperanza, decía, en referencia a aquellos primeros años de los 90, cuando grabó el disco del que más copias vendería hasta entonces. Se iba diciembre del 93. Tres sesiones de ensayo, del 15 al 18, y dos de grabación, el 19 y el 20, con los guitarristas Antonio Toledo y John Parsons, el bajista Marcelo Fuentes, Chano Domínguez al piano, vientos y saxos a cargo de Jorge Pardo, con la batería y percusiones de Carlos Carli, Luis Dulzaides y Guillermo McGill, Martirio y Gemma Corredera en los coros. Nacía Pensión Triana. Un disco que es una historia, parte de ella concentrada en la reedición de enero de 2010.

Una reedición que suponía un disco, un libro, y muchas cartas de amor, las que escriben sus amistades de entonces y que, como su repertorio, le han acompañado hasta ahora (Luis Pastor, Martirio, Gabino Diego, Miguel Ríos...) o hasta que exhalaron su último aliento (Javier Krahe). Muchos de ellos, y otros como Kiko Veneno, Santiago Segura, Gran Wyoming, Jorge Drexler, Pasión Vega, Joaquín Sabina o Carmen Linares no han faltado en los momentos señeros de su carrera musical. Incluso si eso significaba tomar el camino hasta este sur del sur, que a nadie coge de paso. Más al sur de la quimera, como aquel verso suyo que le sirvió a Luis García Gil para titular la biografía del músico portuense cuya vida y obra también tiene su huella en el celuloide con el documental Ruibal por libre, de César Martínez Herrada. Aunque si hablamos de cine y Javier Ruibal siempre nos vendrá un título a la cabeza Atún y chocolate, de su amigo Pablo Carbonell, y una de esas canciones que puso el 3x4 en el mapa, Atunes en el paraíso.

Para otra película, la segunda parte de El mundo el nuestro, todavía por estrenar, también ha escrito el músico un tema, al igual que para el teatro se encargó de la música de La asamblea de las mujeres, o que ha compuesto canciones, entre otros, para Pasión Vega, Mónica Molina, Ana Belén y Martirio.

Artistas y amigos presentes en la vida de Ruibal que, por ejemplo, no dudó en embarcar a algunos de ellos en el difunto Vaporcito para la presentación de Las damas primero; que enredó a otros para que participaran, bien de forma presencial, bien de forma telemática, en el pregón de Carnaval que pronunció en 2009 en la plaza de San Antonio; y otros que no quisieron perderse las cuatro inolvidables noches de septiembre de 2015 en las Bóvedas de Santa Elena con las que Ruibal celebró su 35 aniversario en la música en lo que fue un desfile de músicos de altura, de cariño y de magia que quedó registrado en el disco que se grabó en directo con motivo del aniversario.

Un regalo, también, para el público presente. Un público variopinto. Algunos que se enamoraron en La piel de Sara (1989), otros que conquistó con la adaptación del poema de Lorca Por tu amor me duele el aire en los tiempos de Contrabando (1997), o aquellos más jóvenes que lo empezaron a conocerlo bien por el recopilatorio de Sahara (2003), por esa explosión ruibalera que supuso Lo que me dice tu boca (2005) o por el reciente Quédate conmigo, que se hizo esperar ocho años pero que llegó acompañado po un paso más hacia la libertad, el propio sello discográfico del artista, Lo Suyo.

"Canta la mía, Javier, canta la mía". La petición que se lleva repitiendo toda una vida con ese rotundo posesivo que todo músico aspira a escuchar. "Como tengo la suerte de tener una relaciónmuy familiar con el público, pues se acercan y me cuentan. Y unas personas me contaron que hace años empezaron a escucharme porque en un viaje por las islas del Egeo pararon como en un chiringuito y escucharon La rosa azul de Alejandría, se fueron y retrocedieron 14 kilómetros para pedirle al dueño del chiringuito que les grabara la cinta". Me lo contó Ruibal una vez. No me digan que no es nuestro y de todos.

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