Iris Azquinezer | Violonchelista "Me encanta la clásica, pero necesito crear, cambiar"

  • La violonchelista madrileña Iris Azquinezer publica el segundo volumen de su trilogía de colores en la que a las suites de Bach para su instrumento une obras de composición propia

Iris Azquinezer (Madrid, 1984) Iris Azquinezer (Madrid, 1984)

Iris Azquinezer (Madrid, 1984) / Carmen Hache

Nació en Madrid, pero se siente de Ávila, pues sus padres residían por entonces en Arenas de San Pedro, y allí vivió Iris Azquinezer hasta los 14 años. Empezó a estudiar en la Escuela de Música de Arenas y luego siguió en Madrid, aunque a la que reconoce como su profesora la conoció después, cuando a los 20 pudo marcharse a Alemania: "Se llama Xenia Jankovic y fue alumna de Rostropovich, Navarra y Fournier. En principio pensé en quedarme dos años con ella y luego buscar otro sitio, porque normalmente al tercer año ya sabes lo que el profesor te va a decir, pero me enamoré completamente de su forma de trabajar; ella está en continuo cambio, cada clase era un descubrimiento. Seguimos teniendo una excelente relación personal y artísticamente es de las personas más conmovedoras que he conocido".

–Este que se publica ahora es el segundo álbum de una trilogía que inició hace unos años y que conjuga las suites de Bach con su propia obra.

–Eso es. Azul y Jade fue el primero de la trilogía. Luego publiqué un disco con Zaruk, el grupo que tengo junto al guitarrista Rainer Seiferth, un CD que se titula Hagadá, y ahora Blanco y Oro. El proyecto consiste en unir el lenguaje que creó Bach, que ha sido con el que he crecido, porque mi primera suite la toqué con 9 años, y el mío propio de ahora mismo. Por eso mezclo obras mías con las suites de Bach.

–¿Y los colores de los títulos?

–Tienen que ver con las tonalidades de las suites de Bach. Do mayor para mí es el blanco. Mi bemol mayor es amarillo, piedra, también es el oro. 

–¿Y el tercero qué color será?

–Negro por la 5ª suite, que está en do menor.

–¿Es sinestésica?

–No visualmente, pero lo siento. Desde pequeña para mí los sonidos tienen colores. Aquí me muevo con tonalidades que al final están compuestas de varios sonidos y por tanto de varios colores. No los veo en realidad pero siento los colores cada vez que los toco.

Blanco y Oro - Iris Azquinezer Blanco y Oro - Iris Azquinezer

Blanco y Oro - Iris Azquinezer

–Ha decidido grabar Bach con un instrumento moderno.

–Sí. Hubo un momento en que me planteé pasarme a uno barroco, pero el cello moderno me daba más posibilidades de repertorio. Lo que sí he estudiado mucho es el estilo, así que si quiere me puede encuadrar en la tercera vía interpretativa: toco con cello moderno y cuerdas metálicas pero sonido, articulación, tempo, vibrato ajustados a la época.

–¿Y con qué instrumento tiene pensado grabar la 6ª suite?

–El mismo. Cuatro cuerdas. Estuve dándole vueltas. Pero hay una tradición violonchelística detrás de hacerlo así. Y para mí tiene también un punto de instrumentista enfrentado al instrumento; es más difícil, pero tiene algo bello. Así que tengo claro que lo voy a grabar con las cuatro cuerdas.

–¿Cuáles son sus referentes como violonchelistas en el repertorio bachiano?

–Me gusta mucho Anner Bylsma y también Boris Pergamenschikov. Las suyas son grabaciones a las que siempre vuelvo. No para hacer lo que hacían ellos. Porque la interpretación para mí tiene que ser una búsqueda con la partitura y las notas solo. Pero son grabaciones a las que vuelvo para estudiar o disfrutar.

–¿Cuál de las de Bylsma prefiere, porque son muy distintas las dos que dejó?

–La segunda. Bylsma a lo mejor las toca muy rápidas, yo las bourrées por ejemplo no las hago tan rápidas, pero investigar por ahí sí que me gusta. La de Pergamenschikov es muy diferente, pero incorpora cosas muy interesantes. Hace más adornos. No lo haría yo así nunca, pero me encanta volver a ellas y estudiarlas.

–El CD se abre con una composición suya, Bereshit, ¿puede hablarme de ella?

Bereshit es la primera palabra de la Torá. Significa por eso el principio. Es el blanco y es do mayor. Hay un do modal todo el rato con un pizzicato, y los doce semitonos se relacionan. Hay también llamadas a Bach con el si bemol - la - do - si natural [letras BACH en la notación germánica]. Además el primer compás está en 7/8, por los siete días de la creación. Es el Génesis. Hay Big Bang, pero hay también creación, dos visiones muy distintas de un comienzo, pero que en mí se unen. La obra termina con una tercera mayor (Mi – Do) y entonces arranca ya la 3ª suite de Bach con el do mayor.

–¿Esta relación con la Torá le viene de su apellido judío?

–En mí están las tres grandes religiones. En Bereshit está la familia de mi padre y lo judío, por supuesto. Pero en el final, en la última obra del CD, está Santa Teresa. Yo soy de Ávila, y ese, el Nada te turbe es un poema que adoro.

–¿Qué hay de ese poema en la música?

–Hay una búsqueda, está la tranquilidad. A veces escribes para algo o para alguien, pero esta obra está escrita para mí. Buscaba una sensación de calma, por eso los armónicos, el mantener la calma aunque haya movimiento. También hay una parte escrita con quintas y cuartas, que me llevan mucho a Santa Teresa. 

–Como bisagra entre las dos suites de Bach están las Tres danzas a la luna...

–La primera, Invocación, está inspirada en una danza sufí. Por eso están las tres grandes religiones. Para mí son inspiraciones, caminos para llegar a entender el mundo.

–Durante un tiempo tocó en un cuarteto de cuerda, ¿por qué lo dejó?

–Dediqué cuatro años de vida al cuarteto de cuerdas, estudiamos con Günter Pichler [violinista del Cuarteto Alban Berg] viviendo entre Alemania y España. Nos dieron una beca para la Escuela Reina Sofía. Después de ocho años en Alemania empecé a pasar más tiempo en España y decidí que quería venirme a vivir aquí. La música de cámara, y el cuarteto de cuerda en particular, me parece lo más grande que hay en la música clásica. Es muy exigente, pero es precioso, maravilloso. Y para organizar tu vida es complicado. Éramos cuatro mujeres, cada una de un país diferente, y se hacía cada vez más difícil. Sé que en algún momento de mi vida voy a volver a la música de cámara, no sé si a full time, pero volveré. Pero ahora necesito unos años de cierta libertad, de tocar como solista y de un proyecto como Zaruk, en el que se improvisa mucho. Me encanta la clásica, el estudio, pero también necesito crear, cambiar.

–¿Cuáles son sus proyectos más cercanos?

–El 14 de marzo estreno nuevo proyecto con Zaruk en el Museo del Prado dentro del Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. Se llama Agua, el agua como conductora, como unión de todas las culturas. Vamos a coger canciones clásicas, populares, modernas, junto a composiciones propias y vamos a llevarlas a nuestro mundo, con arreglos para cello y guitarra.

–¿Por qué seguir haciendo discos? ¿Son necesarios para dar conciertos?

–Siempre son una carta de presentación. Pero además me sigue gustando la idea de crear un hijo, plasmar una idea. Se venden poco, y especialmente se venden en los conciertos. Yo escucho discos en Spotify, pero luego voy a un concierto y a la salida me compro el disco porque quiero apoyar.

–Deme una razón para comprar sus discos y no sólo escucharlos en Spotify.

–Pues porque yo me curro mucho los libretos. Hay discos que te vienen con una biografía corta y ya está. En este disco tienes un texto de José Ramón Ripoll, otro de Stefano Russomanno, otro mío, y luego una definición de lo que yo pienso acerca de cada una de las obras. A mí esto me parece más interesante que escuchar simplemente la música.

EL CD EN SPOTIFY

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