Estreno

Alcarràs: una elegía del agro

  • Se estrena el segundo largo de Carla Simón, Oso de Oro en la pasada Berlinale y el primero de la historia para una directora española, un retrato sobre las raíces y el ocaso de un modo de vida. 

El pasado 16 de febrero, el cine español escribía una nueva página dorada en sus libros de historia cuando el Oso de Oro fue a parar a manos de Carla Simón por su segunda película, Alcarràs, casi cuarenta años después de que Mario Camus se hiciera con el mismo premio por La colmena. Simón se convertía además en la primera cineasta española en ganar uno de los cuatro grandes festivales internacionales.   

Se marcan así dos tiempos de nuestro cine que revelan sendos contextos históricos y estéticos. Si en 1983 se sancionaba en cierta forma la salida del país de la Transición hacia la democracia consolidada y la estabilización de su cine industrial hacia las formas de consenso de un elegante academicismo de origen literario, en 2022 se trata tal vez de conectar nuestro cine con ciertas sensibilidades sociales y ciertas estéticas neorrealistas y sensoriales del cine contemporáneo que no han sido precisamente los fuertes de nuestra tradición.

Sumémosle a todo ello la condición femenina de Simón, que abandera tal vez involuntariamente, ahí están los reconocimientos a Verano 1993 en la propia Berlinale o los Goya de 2017, a toda una nueva generación de directoras (Celia Rico, Pilar Palomero, Meritxell Colell, Belén Funes, Neus Ballús, Liliana Torres, Andrea Jaurrieta, Clara Roquet, Anxos Fazans, Jaione Camborda, Carolina Astudillo, Diana Toucedo, Aihnoa Rodríguez o Elena López Riera, que acude en unas semanas a la Quinzaine de Cannes con su primer largo, El agua) que intentan abrirse paso y tomar la palabra y las formas propias en una industria nacional que las ha orillado tradicionalmente y donde aún ocupan un pequeño porcentaje de presencia en las distintas tareas y oficios de la profesión.

Sea como fuere, el jurado berlinés presidido por M. Night Shyamalan veía en la cinta de Simón los suficientes atractivos y el adecuado mensaje político sobre los efectos devastadores de la globalización y el capitalismo corporativo en el ámbito local a través de una historia familiar ambientada en un pequeño pueblo leridano donde la agricultura tradicional vive su particular ocaso con la devaluación de los terrenos de cultivo, el acecho de nuevas explotaciones, aquí en la forma de paneles solares, y la depreciación de su trabajo como consecuencia de las malas prácticas de las grandes cadenas de distribución, que obligan a los agricultores a vender sus frutas y hortalizas a cantidades por debajo del precio de coste.

Simón articula aquí todos estos asuntos de innegable actualidad partiendo de la propia experiencia y la memoria autobiográficas. Hija y nieta de agricultores de la zona, la directora observa el entorno con atención al detalle antropológico y una distancia justa, sin músicas ni psicologismo en el trazado de sus personajes, que le permite aunar en el retrato íntimo y familiar unos mensajes de calado universal sobre la relación con el ámbito rural, la tierra de los orígenes y la agricultura como modo esencial de vida.

El filme aborda la crisis de la agricultura tradicional desde el ámbito íntimo y familiar

En su retrato, no faltan tampoco apuntes a los inevitables conflictos intergeneracionales entre padres, hijos y hermanos, la mirada a las nuevas dinámicas de un tiempo de ocio donde poder escapar de la faena cotidiana, también la nostalgia de la tradición y los viejos modos verbales de hacer negocios o llegar a acuerdos, e incluso el recuerdo inevitable de la lejana Guerra Civil y la pervivencia de algunas de sus huellas en el territorio.

Más interesante de puertas para adentro, entre los pliegues del juego y el disfrute infantil, las rutinas del trabajo y las tensiones familiares, que en su abordaje de los grandes temas sobre el ocaso (forzado) de un modo de vida cada vez más precario, Alcarràs nos trae también un poco frecuentado naturalismo que parte de una triple dimensión: por un lado, en el abrazo formal y lumínico de un espacio y un terreno con identidad propia a través de la puesta en escena; en segundo término, en el respeto al habla y el dialecto de la zona y sus gentes; por último, en la impagable colaboración de un elenco local de actores naturales no profesionales que, desde distintos puntos de la comarca, han sido capaces de invisibilizar los esfuerzos para crear con credibilidad y armonía las dinámicas y vínculos de una verdadera familia que espera y continúa en su quehacer entre la resignación y la rabia, cada día más sitiada, la invasión que destruya, transforme y arranque definitivamente el paisaje y las raíces que les han acompañado y sustentado durante décadas.