Crítica de cine

Allen vuela en alas del huracán Penélope

Vicky Cristina Barcelona ***

EEUU, España, 2008. Comedia. Dirección: Woody Allen. Guión: Woody Allen. Intérpretes: Scarlett Johansson, Javier Bardem, Penélope Cruz, Rebeca Hall. Música: Varios. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Montaje:  Alisa Lepselter. Cines:Al-Ándalus Bormujos, Ábaco, Alameda, Al-Ándalus Utrera, Arcos, Avenida, Cinesa Plaza de Armas, Cineápolis, Cineápolis Montequinto, Metromar, Nervión.

Pocos días antes del estreno comercial de esta película en Europa a través de las pantallas españolas, Woody Allen debutaba en Los Ángeles como director de ópera –invitado por Plácido Domingo, asesor artístico de LA Opera– poniendo en escena con enorme éxito Gianni Schicchi de Puccini, una amarga farsa sobre el tema tan querido por el realizador (y tan zeligiano: de Zelig) de la suplantación de personalidades. Puccini se inspiró en la vida de un personaje real de la Florencia medieval inmortalizado por Dante al incluirlo en el infierno de su Divina Comedia. La cosa va de la sórdida disputa por una herencia y de la astucia con la que Schicchi, utilizando su habilidad para la suplantación, acaba engañando a los ávidos familiares.

Hay una perceptible línea de coherencia entre este estreno operístico de Allen (estupenda su definición de la dirección de ópera: “evitar que 15 personajes choquen entre sí moviéndose en un espacio tan reducido”) y el estreno de su última película, en fidelidad absoluta a las líneas maestras de su filmografía desde el giro que supuso Annie Hall; una línea que se ennegrece, sin perder la sonrisa, conforme el tiempo lo va alcanzando. Su tetralogía europea –formada por Match point, Scoop, Cassandra’s dream y esta Vicky Cristina Barcelona– muestra bien este ennegrecimiento que tuvo en Delitos y faltas (1989) su primera vuelta de tuerca criminal, y en el que la ambición y la avaricia (antes desconocidas en su cine) juegan un papel tan relevante como sus habituales motivos amoroso-depresivo-narcisistas, también ahora vistos bajo una luz más pesimista. No hay que temer que esta negrura borre la sonrisa, porque Allen se inscribe en la milenaria tradición del humor judío que afiló los ingenios del trío de oro de la comedia ácida –Lubitsch, Wilder y él mismo– como un arma de supervivencia enseñada por la inteligencia a reírse de uno mismo y por la historia a reír para no llorar.

Una buena comedia, como Billy Wilder sabía bien, es una tragedia derivada a lo cómico a través de un sentido del humor afilado por la inteligencia. Esto explica que la primera parte de Vicky Cristina Barcelona, comedia sin sombra de tragedia, sea más insulsa que la segunda, tragedia derivada a comedia gracias a la irrupción de una Penélope Cruz de la que Allen ha sacado mejor provecho que Almodóvar, utilizando el mismo registro pasional y mediterráneo. Penélope se come con patatas a una Scarlett Johansson más desvaída que otras veces y tan mediocre intérprete como siempre (ni Allen parece capaz ya de hacernos creer que es una actriz), para entablar un duelo racial con un Bardem que se crece al recibir la embestida de una ex mujer que, al igual que él, no parece tener muy claro lo de ex. Rebecca Hall, que va por libre en sus elecciones amorosas ignorando la trifulca del trío Cruz-Bardem-Johansson, sale mejor parada, atravesando su medida interpretación esta película de desmesuras como Jack Lemmon cruzaba la batalla de tartas de La carrera del siglo: sin que ningún proyectil la roce.

Tal vez Allen –que, como la no muy afortunada banda sonora delata, se ha movido por la superficie más tópica de lo español– haya querido caricaturizar a un Don Juan no muy listo y a una Carmen aún más fiera que la de Merimée (frente a la que Bardem podría acabar convertido en una mezcla entre Don Juan y Don José con unas seductoras gotas canallas de Escamillo), poniendo entre ambos, como capote al que los dos embisten, a la flácida Johansson mientras la Hall se queda en el burladero. Es evidente que Allen ha filmado una obra de compromiso y que en sus incursiones europeas está más cómodo en Londres (más próximo al Nueva York anglófilo de clase alta en el que suele ambientar sus historias) y en París (que rueda tal y como lo soñó Hollywood: recuérdense los homenajes al París de Minnelli y Donen en Todos dicen I Love You) que en Barcelona y en Cantabria; pero, aún menos comprometido y menos cómodo, sigue siendo grande. Le pasa como a esta película de piel dulce y pulpa amarga, situada entre las obras menores de un director cuya talla hace grande lo pequeño. Aviso: procuren verla en versión original subtitulada para no perderse las voces originales, y sobre todo los juegos entre el español y el inglés.

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