De dioses a animales | Crítica A la sombra del arte pop

  • Con libertad, en forma tanto de sensualidad como de ironía, la jerezana Ana Barriga muestra dos ambiciosas obras en enclaves destacados del CAAC

El gran friso de doce metros de longitud que se puede ver en el refectorio del Monasterio de la Cartuja. El gran friso de doce metros de longitud que se puede ver en el refectorio del Monasterio de la Cartuja.

El gran friso de doce metros de longitud que se puede ver en el refectorio del Monasterio de la Cartuja. / D. S.

Comentarios 0

Intervenir en un recinto con historia no es fácil y se complica más si se trata de dos destacados enclaves de la Cartuja: la capilla de la Magdalena, primer templo del monasterio, según los expertos, y el refectorio con su ambiciosa escala. Ana Barriga (Jerez de la Frontera, 1984) propone en esta exposición dos piezas en consonancia con cada uno de los entornos.

En la capilla, un lienzo ajustado a las dimensiones del antiguo altar, con dos figuras, iguales y simétricas, en relación especular. No son, sin embargo, idénticas: las distinguen rasgos quizás alusivos al sexo. En el refectorio, un gran friso a lo largo de más de doce metros por casi cuatro de altura. Podría ser un retablo aunque prefiero verlo como un enorme desplegable, parecido a los cilindros de la pintura china, porque si fuera posible recogerlo, enrollándolo desde cada uno de los extremos, al final las dos mitades compondrían una calavera.

Antes de analizar estas obras conviene situarlas. Para ello hay que remontarse a los años 50 del pasado siglo. En esas fechas, a ambos lados del Atlántico se recuperaba el valor de lo trágico, la fuerza de lo sublime, con un arte que buscaba quedarse en los umbrales de la forma. Si los pintores neoyorquinos preferían en los griegos el desgarro de la tragedia a la serenidad clásica de sus esculturas, en París se evitaba la forma: lo in-forme expresaba sin tapujos la desesperanza. Mientras así se asimilaba, sobre todo en Europa, tras el desastre de la guerra, crecía poco a poco una nueva cultura: la de la imagen vinculada al cine-espectáculo, al cómic, a la televisión y a una eclosión publicitaria dirigida al consumo de las clases medias.

Era una situación esquizoide: en la sombra de la palabra y el gesto trágicos chispeaba el brillo de la moda, del star-system, los superhéroes y el hogar bien diseñado. Este desajuste llevó a muchos artistas (no sólo pintores) a indagar la fuerza de la naciente imagen popular. Primero en Gran Bretaña y en Estados Unidos después, nació el arte pop. No se asimilaba al consumo ni lo entusiasmaba el kitsch, sino que los estudiaba, señalando una nueva atmósfera cultural. Así surgió un nuevo lenguaje artístico.

'Adán y Eva', otra de las obras de la jerezana Ana Barriga. 'Adán y Eva', otra de las obras de la jerezana Ana Barriga.

'Adán y Eva', otra de las obras de la jerezana Ana Barriga. / D. S.

Un lenguaje que abrió surcos. Aún persisten. En parte porque la imagen popular no cesa sino que crece y se multiplica, yendo y viniendo por las innúmeras sendas de internet. En parte, tambien, porque el pop fijó nuevas referencias en la cultura. Si Warhol insistió sobre todo en la idea, Lichtenstein y Rosenquist en América, Hamilton y Hockney, en Gran Bretaña, y Arroyo y Gordillo en España cultivaron además con rigor la pintura. En esta larga estela inscribe Ana Barriga su quehacer.

Hay en él un recurso típicamente pop: el tratamiento desenfadado, irrespetuoso de los géneros tradicionales de la pintura. Warhol alteró el retrato; Lichtenstein, el interior; Hockney, el paisaje; Rosenquist, el mural. Ana Barriga, que agitó el bodegón sustituyendo los objetos, domésticos o lujosos, por triviales muñecos esmaltados, ahora, en el refectorio de la Cartuja, contamina el retablo con rasgos de la matrioska rusa para desplegar una sucesión de figuras heterogéneas: Mark Zuckerberg tocado por don't likes, Donald Trump levemente animalizado, un fraile de grandes ojos, Jesús coronado de espinas (¿o de concertinas?), un Adán africano y en el centro, una Eva con impasibles rasgos de esfinge. Arriba, como remate, un emblema del amor (hydra de dos cabezas, putti, ángeles invertidos, un corazón en extraño recipiente). Abajo, grafitis, antídoto de cualquier solemnidad.

Otro recurso del arte pop que la cultura posmoderna y las redes sociales abonan día a día es el uso versátil e irreverente de las imágenes, frente a cualquier fetichismo. Enrico Scrovegni ocultó con las devotas imágenes de la Capilla de la Arena, en Padua, el pecado de usura de su padre. El pop no disimula ni tapa: mezcla las imágenes y deja que el espectador las piense. De ahí la heteróclita asamblea que Ana Barriga deja en el refectorio cartujo.

Tal uso de la imagen conecta con el afán de recoger viejos mitos y desencantarlos. Si la cultura secular destruye las narrativas y cierra cualquier paraguas que pudiera protegernos (indiferente a la queja de nostálgicos y fundamentalistas), el arte pop lleva el mito al borde del kitsch. Así ocurre en el trabajo de Ana Barriga en la capilla de la Magdalena. Varón y mujer unidos (pese a sus perfiles cerámicos hacen pensar en El Beso de Brancusi) dejan entre ellos, a la vista una cruz, una mirada impávida y breves figuras conocidas y triviales.

He subrayado antes el brillante lenguaje pictórico de ciertos autores pop. Así ocurre también en el hacer de Ana Barriga. Une materiales muy diversos: óleo, esmalte industrial, rotulador, spray en un trabajo pictórico irreprochable. Une así dos valores a veces olvidados: la sensualidad y la ironía. Dos escuelas de libertad.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios