Antonio Smash | Músico "Siempre te das cuenta tarde de que todos tenemos prejuicios"

  • Historia viva del rock sevillano en su condición de integrante de Smash y colaborador de Pata Negra o Kiko Veneno, el músico acaba de publicar su cuarto disco en solitario, 'No soltaré el timón'

Antonio Smash, retratado en la barriada del Tardón, de donde no se ha movido siempre que ha estado viviendo en Sevilla. Antonio Smash, retratado en la barriada del Tardón, de donde no se ha movido siempre que ha estado viviendo en Sevilla.

Antonio Smash, retratado en la barriada del Tardón, de donde no se ha movido siempre que ha estado viviendo en Sevilla. / Juan Carlos Muñoz

Hace más de 50 años, un grupo de amigos con la cabeza llena de psicodelia venía con sus guitarras y sus pelos desgreñados a compartir sus últimas epifanías a este mismo lugar por el que paseamos un mediodía soleado y de viento frío. Aquel "campo salvaje", recuerda Antonio Samuel Rodríguez, es hoy el Parque de los Príncipes, y mira alrededor como si de repente no diera crédito. Tras su paso por el grupo de rock más legendario de Sevilla, donde tocaba la batería, para todo el mundo se apellida Smash; para los amigos y la gente del mundillo, Antoñito Smash.

Camina reflexionando sobre la pérdida de significado generacional del rock, que un día reinó imperial sobre casi todo, cuando pasamos por el tobogán y los columpios, donde dos jóvenes chandalosos escuchan el reglamentario trap con sonido a lata de móvil. Sólo un poco más adelante, encontramos un banco que alguien, con típex, rotuló en algún momento como "hippy's bar". "Hay que ver", se ríe Antonio Smash, con el que nos sentamos a hablar de su cuarto disco en solitario, No soltaré el timón, que acaba de publicar, y del ambiente de aquella irrepetible efervescencia de la Sevilla underground de los años 60 y 70.

–¿Qué momento personal captura este disco?

–El título ya lo dice todo, ¿no? Se puede considerar una declaración de intenciones. Trato de no perder el norte ni la actitud ante tanta confusión.

–Y su norte sigue siendo el que fue: la edad de oro del rock. Aunque en particular este disco le ha salido con un aire a Traffic...

–Es curioso, no es la primera vez que me lo dicen. No tengo prejuicios, me gusta contar con libertad absoluta para que el corazón y la imaginación jueguen, y sólo cuando pasa cierto tiempo me paro a analizar qué me ha salido. Yo estoy muy marcado por el final de los 60, cuando la música adquirió mucha relevancia y había artistas con una enorme personalidad, Jimi Hendrix, Simon & Garfunkel, la Incredible String Band, los Beatles, los Kinks... ¡buf! Tela, ¿eh? Y cada uno tenía un sello, pero todos desprendían la misma libertad, por eso, siendo tan distintos, podían sonar unos detrás de otros y no desentonaban. A mí me gusta pensar que conservo ese espíritu.

–Esos años gloriosos del rock forman parte ya de un canon, digamos, pureta. ¿Será capaz el rock como expresión viva de sobrevivir a ese bucle nostálgico?

–Es que el rock sigue estando vivo, vivísimo. Al menos fuera. Pero en España... Este país es muy folclórico y muy dado a rechazar lo que no sea de aquí.

–Y sin embargo Pata Negra, con los que usted tocó, no se podría entender sin el blues y el rock'n'roll. Y pocas bandas hay más de absolutamente sevillanas que ellos.

–Y siendo además gitanos, con ese sentimiento purísimo del flamenco. Pero ellos [Rafael y Raimundo Amador] sí captaron ese otro espíritu. ¡Músicos...! Lo llevaban dentro, sin pretender imitar, de manera natural. Yo con Rafael cerraba los ojos y escuchaba a un negro tocando blues. El rock implica un no muy grande a las fronteras.

"El rock implica un 'no' muy grande a las fronteras: yo con Rafael Amador cerraba los ojos y escuchaba a un negro tocando blues"

–Vivimos en un época no precisamente enemiga de las fronteras, en todos los sentidos...

–En cada sitio está ocurriendo con sus peculiaridades pero el mundo entero está colapsando. A mí me gusta sentirme libre, no tengo un espíritu muy arraigado a la política, tengo amigos de todo tipo de ideologías y creencias religiosas y me gusta que sea así. Yo respeto. Tengo mi propio pensamiento y me gusta que me lo respeten, pero no doy por hecho que lo que yo diga tiene que ir a misa. Soy sincero con lo que digo y con lo que hago, pero me gusta dar un margen, escuchar a quien tengo enfrente.

–Pues enhorabuena, porque forma parte usted de una muy selecta y sanísima minoría...

–Hay un trasfondo miedoso en esa actitud, en ese no querer pararse a escuchar al otro. Y eso inevitablemente genera desconfianza. El ser humano es jodido. Este mundo ha sido igual siempre, lo que pasa es que hoy, con internet y todo eso, llega todo antes, se amplifica y se distorsiona. Y luego está la vida interior, que algunos se ríen cuando se dice algo así, pero me da igual. Esas prisas, tío. Prisas para conseguir qué. Y esas ambiciones... Hay una sana, de querer superarte, y hay una ambición peligrosísima, con la que muchos pierden el norte y ya no saben ni quiénes son o qué coño quieren de la vida.

–¿Para un rockero, hacerse mayor es un honor o un marrón?

–[Se ríe] A mí la música me ayuda a vivir. No me detengo demasiado a pensar en la edad que voy teniendo. Lo asumo de manera natural, pero si tuviera que dejar de hacer música sería terrible, como morirme un poquito... Me cuido más que antes, eso desde luego.

–Eso me comentaba al llegar al parque, que eso es lo que toca ahora. ¿Deducimos por tanto que ha ido bien servido de sexo, drogas y rock'n'roll?

–Eso tuvo su momento. En la época aquella potente que nos tocó vivir, pues sí, viví de todo, claro. Por eso hoy día toco madera, demasiado tengo con estar aquí hablando contigo [sonríe]. Hace tiempo que pasé de beber y de tomar otras cosas. He ido haciendo mi camino cada vez con más dedicación, porque lo que más me gusta sigue gustando es la música. Es lo que siempre me ha gustado más que todo lo demás, desde muy joven, desde niño.

"Madrid era muy de pose y Barcelona más esnob; Sevilla era más salvaje y sus músicos, difíciles de catalogar"

–Y que lo diga: con 16 años ya estaba en Smash...

–Eso quiere decir que desde siempre lo que yo quería era hacer música, y el resto era accesorio. Pertenecí a una juventud rebelde a la que la música le ayudó a abrirle la mente. De hecho, Smash abrió la puerta a la fusión del rock con el flamenco, pero yo tenía muchos prejuicios porque bastaba que mi padre fuera forofo del flamenco para que yo no quisiera escuchar un quejío ni a dos kilómetros. Aunque ya cuando entró Manuel [Molina] en Smash yo andaba con cierta curiosidad. Y él me terminó de abrir los ojos. A partir de conocerlo empecé a escuchar a la Bernarda, a la Fernanda [de Utrera], igual que Manuel se entusiasmó con el rock. Lo recuerdo en la época en que salió el disco blanco de los Beatles, cogió un enganche con él que se pasaba el día entero poniéndolo. Fue otro gitano atípico, era purísimo y sin embargo de mente abierta. Todo eso influye en que las cosas sean de una determinada manera. En Smash lo que primaba era eso, el espíritu de riesgo, dejar volar la imaginación, no tener prejuicios. Fíjate si se me fueron, que me quedé con ganas de que la parte de Smash de fusión con el flamenco hubiera tenido mayor desarrollo, porque esa vía era muy emotiva, tenía mucho sentimiento, pero duró poco... Hicimos El garrotín pero nosotros buscábamos otras cosas, no tirar por lo puramente comercial, y cuidado, eh, que en El garrotín estuvimos sembrados. Pero ya te digo que teníamos en mente una cosa más profunda dentro del flamenco.

–¿Cómo era aquella Sevilla suya de los 60 y 70? Asumo que fue complicado, para empezar porque se vivía bajo una dictadura, pero lo cierto es que uno escucha y lee testimonios de esa época y, al menos en ese aspecto, querría vivir en esa Sevilla...

–Cogió un poquito de sorpresa. Porque los que teníamos ese tipo de sentimiento no éramos precisamente una mayoría, pero éramos una minoría muy vistosa. Había programas de radio como Nata y fresa, que lo llevaba Joaquín Salvador, donde se escuchaba una música inédita. Estaba Dom Gonzalo, el club de García-Pelayo, que fue mánager nuestro, por aquí cerca, en Los Remedios, y como él tenía cierta relación con americanos de la base, en el club tenía el tío discos inéditos. Yo recuerdo haber escuchado por primera vez allí a Frank Zappa, a Pink Floyd con Syd Barrett, los primeros de los Doors, todo eso a los músicos jóvenes de Sevilla nos marcó radicalmente. Fue potente. Durante un tiempo, el sitio de mayor ambiente fue Sevilla, mucho más que Madrid y más incluso que Barcelona.

"¿Nos hemos vendido peor? Aquí somos más individualistas, vamos más a nuestro aire y somos poco dados a asociarnos"

–¿Y fuera de esos círculos donde había complicidad, cómo era la convivencia con la otra Sevilla?

–Si te soy sincero, en aquella época nos estimulaba que se nos mirase con reparos. Es que llevábamos unas pintas que tela, eh. Pero tampoco vivía yo muy pendiente de esas cosas. Lo que más recuerdo es la complicidad entre los músicos y la gente que venía a escucharnos, había un sentimiento de pertenecer a algo, y ese sentimiento que venía del público tú lo percibías tocando, en el estómago, y a la vez tú mismo lo desprendías. Era una manera de mirar y de ver. Al no ser una cosa política, porque nuestra música se salía de eso, fue más fácil, supongo. En aquellos círculos había jóvenes de todo los estatus sociales, y lo bonito era que fuimos capaces de vernos y encontrarnos sin analizar esas cosas. Era otro asunto el que nos unía.

–Un matiz: tal vez no fueran políticos en el sentido de los cantautores de los 70, no era una cuestión programática o dogmática, pero qué gesto existe más profundamente político que el de decidir cómo quiere uno vivir su vida y su relación con los demás...

–Bueno, está claro que éramos rebeldes. Sí, en ese sentido por supuesto. Éramos provocadores. Ya sólo por cómo íbamos andando por la calle se veía que nos mostrábamos contrarios a la sociedad instituida. Pero no teníamos nada que ver con los cantautores. Madrid era más de cantautores en esa época, y más tarde, con la Movida y todo eso, se convirtió en un mundo de más pose y apariencia, y Barcelona era más de fusión de jazz y música latina y algo de rock, era un poco más esnob todo; pero estaba Máquina!, por ejemplo, un grupo extraordinario con el que tuvimos mucha relación. Sevilla era más salvaje. Éramos personas más difíciles de catalogar. Yo hoy no siento ese choque generacional tan fuerte con mi hija, pero en aquel momento sí lo hubo, y bien grande. Mi padre era buena gente, un tío normal, pero claro, venía de otras costumbres. De otro mundo. Y pese todo, me di cuenta más tarde, hay que ver lo que aguantó ese hombre. Porque por mi casa pasaron todos, todos y de maneras variopintas, y ahí estaba el hombre, y sin cortar el rollo. Joder, eso dice mucho.

–¿Metía a los Smash en casa?

–Digo. A todos. Y no sólo a los de Smash. Silvio, el Rafalillo [Amador], ¡todos, todos!

Antonio Smash, en otro rincón del Tardón. Antonio Smash, en otro rincón del Tardón.

Antonio Smash, en otro rincón del Tardón. / Juan Carlos Muñoz

–¿Y cómo vivían eso sus padres? Porque en aquel momento no eran aún músicos famosos y admiradísimos, sino los colegas con malos pelos de su hijo...

–Gualberto se ganó pronto a mi padre, pese a que en aquella época tenía los pelos por la cintura. Como conocía bien el flamenco, llegó una vez, cogió la guitarra y le tocó algo de flamenco, una bulería, creo, y le cayó bien a mi padre, ya empezó él a ver más a la persona, al artista, la verdad que llevaba dentro, que el volumen de su pelo. Pero conmigo estaba siempre, el pobre: hijo, ¿no te puedes dejar los pelos como los Beatles, por lo menos? Y Julio [Matito] y Henrik [Liebgott, ambos miembros de Smash], igual que yo. Los tres estuvimos viviendo en la casa del Tardón con mis padres. ¡Los tres!

–Sí que tuvieron paciencia sus padres...

–¡Hombre! Toda la del mundo. Henrik, danés, era y sigue siendo un tío muy educado, de muy buenas formas, pero él estaba acostumbrado a una forma de vida que no era la de aquí. En mi casa estuvimos a punto de liarla varias veces porque salía él de la habitación en calzoncillos, o en bolas, con su cepillo de dientes y la toalla, y mi madre y mi hermana alucinaban. Mi padre me decía: dile a ese tío que se ponga ya unos pantalones que tiene ya muchos pelos en los huevos. Y Henrik no lo entendía. Pero a nosotros tampoco nos entendían. Éramos esa gente con pelos, todo el día cantando, en el parque, y encima en inglés. Aunque con el tiempo empezaron a ver que no era un juego. Nos veníamos aquí, cuando esto era un campo salvaje y no estaba tan bonito como ahora, con un tocadiscos de pilas y sacábamos los temas durante todo el día. Recuerdo que en el tocadiscos ese era muy difícil escuchar el bajo y el bombo, pero yo me di cuenta de que si metía el altavoz debajo de la almohada y me echaba encima sí escuchaba los graves, y cuando entraba mi padre en la habitación se ponía malo: ¿otra vez está acostado el niño lacio éste?; y yo: que no, papá, que estoy trabajando. Y ya eso lo mataba, se iba maldiciendo. Uno se da cuenta de estas cosas siempre después. Mi padre aguantó tela, era un tío fantástico. Siempre te das cuenta tarde de que tú, como hijo, también eres injusto con tus prejuicios.

"No comparto el sentir exagerado de los sevillanos tradicionales; son además los mismos que luego van señalando a los que no son como ellos"

–Aquella Sevilla efervescente no es que sea desconocida, pero no ha tenido nunca la proyección y la trascendencia mediática de Madrid o Barcelona, con su laureada contracultura...

–Es que eso ya depende de cómo se reivindique el tema, cómo se sepa vender. Y aquí somos más individualistas. Vamos más a nuestro aire, somos poco dados a asociarnos. Puede ser también que tenga que ver nuestro carácter folclórico, que lo hay en todo el país pero aquí de manera muy especial, y todo lo que no sea flamenco...

–Ha salido ya el término "folclórico" dos veces, y sin mucho cariño. ¿Cómo es su relación con las tradiciones de Sevilla?

–Poca. Nunca he tenido mucho sentir semanasantero ni futbolero, a diferencia de Silvio, al que por esa rebeldía enquistada que tenía le gustaba jugar a mezclarse con todas las cosas pero sin dejar nunca de ser él, y eso la gente lo acababa entendiendo, que estaban ante un tío que nunca iba a cambiar. La cuestión es que ya no voy pero hace tiempo sí que iba a la Semana Santa, es verdad que de manera a lo mejor un poco peculiar. Me acuerdo mucho de un Jueves Santo con él, con Silvio. Quedamos tempranito para ir al centro pero nos tomamos una cervecita antes y, bueno, la cosa se lió un poquillo... En fin, que a las tantas, casi amaneciendo ya, me veo con el Silvio por el centro, con unas pintas regulares, aquello lleno de familias con niños, y vemos venir el Silencio, que es una cofrafía que no tiene música. Y el Silvio de buenas a primeras se arranca y le canta una saeta: Arrivederci, mi Cristo; malditos romanos. Pero a pleno pulmón, eh. Imagínate la procesión en completo silencio y de pronto eso. Ahora ya no voy. Y a la Feria tampoco, antes sí, iba mucho, pero yo ya paso.

–De modo que es usted uno de esos sevillanos...

–Mira, yo lo que pienso es que en otros sitios existen tradiciones también, tradiciones hay en todas partes, ¿no? ¿Entonces por qué hay que ir pregonando que la tuya vale más? Ahí es donde empieza a haber... Mira, yo abogo por la paz. Es que esto es muy bonito. Pues muy bien, pero no tan bonito como para acabar conmigo, ¿no? ¿Es bonito? Pues perfecto, es bonito y ya está. La música de Semana Santa sí me gusta, hay marchas totales, eso sí me ha llamado mucho, he sentido eso con mucha fuerza. Pero no me he identificado con el sentir exagerado, con el rollo de ir de esta manera que digo yo que es la buena, y ahora una copita, y luego toca hacer esto otro... Yo eso no me lo creo, ni quiero, y además esos son los mismos que luego van señalando a los demás por no hacer lo que hacen ellos. No comparto esa manera de vivir las cosas, me gusta sentirme más libre.

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