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AMANDINE BEYER | CRÍTICA

El evangelio del violín según Bach

Amandine Beyer y Bach.

Amandine Beyer y Bach. / Luis Ollero

Cada regreso de Amandine Beyer se salda con los más altos niveles de excelencia musical y con el mayor grado de satisfacción entre el público. Y, si como en esta ocasión, lo hace con obras para violín solo de Bach, entonces el concierto adquiere la dimensión de acontecimiento para la memoria colectiva.

Beyer posee una elegancia en el gesto y una naturalidad en el fraseo que a veces puede ocultar el enorme trabajo técnico que hay detrás de todo ello. Con una enorme soltura en la muñeza derecha, sin braceos agitados y con una soberbia agilidad en la izquierda, el sonido sale de sus manos con brillo y calidez, sin asperezas y con nitidez tonal, incluso en aquellos pasajes en que gusta de arriesgar al límite la afinación en busca de un efecto expresivo, como en la Double de la Bourrée de la BWV 1002.

Bach siembra la partitura de auténticas trampas armónicas y contrapuntísticas que el violinista no sólo tiene que salvar, sino que integrar en un discurso único. Así ocurre con las frecuentes notas pedales con las que Beyer logró el milagro de la polifonía, engañando a nuestro cerebro para que, en las fugas, crea que hay varias voces sonando a la vez. Claro que ello sólo es posible cuando se tiene la cabeza clara y las manos liberadas.

Beyer fue comedida en materia de ornamentación, pero a cambio se recreó en los acentos, en los juegos dinámicos y en los efectos de eco. Y lo de su agilidad y virtuosismo es de otro mundo. En el Allegro assai que cierra la BWV 1005 fue tal el vértido de su digitación que convirtió las cascadas de semicorcheas en una tormenta de fusas perfectamente articuladas. 

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