Bailarina madura ante el espejo

Isabel Vázquez, en un pasaje de 'Hora de cierre', su último montaje.
Isabel Vázquez, en un pasaje de 'Hora de cierre', su último montaje.
Rosalía Gómez

22 de marzo 2014 - 05:00

Excéntrica Producciones/Isabel Vázquez. Co-dirección: Paloma Díaz, Isabel Vázquez. Iluminación: Carmen Mori. Textos: Isabel Vázquez y Antonio Álamo. Vestuario: Salud Claro, La están vistiendo. Lugar: Teatro Central, Sala B. Fecha. Viernes, 21 de marzo. Aforo: , Casi lleno.

El mundo debe andar mucho peor de lo que pensábamos porque, entre otras cosas, nuestros bailarines y bailarinas -y no sólo los de danza contemporánea- han dejado de mirar al exterior para centrarse en sus propias entrañas.

Pero si hay egocentrismos justificables, uno de ellos es sin duda el de Isabel Vázquez, una de las mejores bailarinas que ha dado esta ciudad, y de las más dispuestas siempre a colaborar en proyectos ajenos.

Nacida en 1964 (lo pone en su cinturón), la inminencia de los 50, cifra simbólica y fatídica para alguien que trabaja con su cuerpo, le ha provocado tantas contradicciones que, en pleno uso de su madurez, decide compartirlas con su público.

Generosa y sincera, Vázquez ha reunido un montón de materiales y los deja a la vista de todos. De hecho los va mostrando mientras, una y otra vez, se mira en el espejo. Tan pronto le baila al silencio, con su baile dinámico y lleno de aristas, como se pelea con los convencionalismos, librándose de ellos sólo a través del humor, sacando la payasa que hay en ella -de hecho comienza el espectáculo riéndose y haciéndonos reír sin motivo alguno- y permitiéndose -por su madurez- darle vueltas a la frivolidad al igual que a una bola de discoteca e incluso echarse, porque sí, un baile tan vintage como el sillón que la cobija entre escena y escena.

Únicamente echamos en falta, siempre lo hemos echado en realidad, un trabajo de dirección que potencie sus cualidades y pula ese aire de andar por casa que presenta a menudo la danza andaluza haciendo que, en ocasiones, los discursos privados no alcancen un valor universal.

En cualquier caso, nos quedamos con ese maravilloso otoño de la sevillana, inundado de hojas.

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