Falaise | Crítica de danza / circo Resquicios luminosos en la negrura del mundo

Guillermo Weickert con las palomas protagonistas también de 'Falaise'.

Guillermo Weickert con las palomas protagonistas también de 'Falaise'. / François Passerini

En febrero del pasado año, cuando ni siquiera sospechábamos que estaban a punto de tapiarnos el mundo, llegaba a Sevilla Baro d’Evel, fruto de la unión, en 2006, entre el payaso catalán -en su más amplia y contemporánea concepción- Blaï Mateu Trías y la francesa Camille Decourtye, una artista criada en la rulotte familiar rodeada de caballos y animales, lo que explica la presencia de estos en el escenario junto con una búsqueda en la que la danza, el clown, la acrobacia, la pintura o el canto se superponen para construir un mundo bicolor y caótico pero de una riqueza inconmensurable.

Y si el año pasado presentaron , un auténtico poema visual negro sobre blanco en el que una pareja de extraños seres humanos aprendía a convivir, en ocasiones a encontronazos, en compañía de un cuervo, ahora nos traen la segunda parte del díptico, Falaise (en español escollera o despeñadero).

En este trabajo, la pareja primigenia se ha convertido en un grupo, un rebaño que vive en un mundo tapiado de negro, o quién sabe si en el vientre de un arca de Noé -de vez en cuando se oyen sirenas de barcos- o de una montaña. Un mundo cerrado y opresor que se resquebraja, que se cae a pedazos ayudado por los ocho personajes que, en lugar de angustiarse, aprovechan la más mínima grieta para entrar y salir, para encaramarse hasta lo alto o para tirarse en plancha sin miedo porque debajo de esa capa de escayola, dura en apariencia, junto a los cascotes que acaban blanqueándolo todo y a todos, está la vida.

Una luz va iluminando paulatinamente ese caos que todos parecen querer acelerar. Al final, con pintura blanca, van transformando el espacio hasta que ya no existe una posibilidad de volver atrás, a su estado original.

Tal vez, aunque sea su único mundo, todos quieren que se derrumbe para poder construir uno completamente nuevo.

En sus mil idas y venidas a ninguna parte -siempre con la colaboración de Mal Pelo- a veces se cruzan con un caballo blanquísimo que irradia una paz infinita o con un grupo de palomas que se posan en las manos de los protagonistas, como de ese estupendo padre vagabundo que interpreta Guillermo Weickert.

Tanto Trias y Decourtye como el resto de los intérpretes están realmente magníficos. Así como la iluminación, la escenografía y la banda sonora, enriquecida por el sonido en directo de una guitarra eléctrica y por los cantos a capella, entre otros del Stabat Mater de Vivaldi y Pergolesi, sobre todo en la preciosa voz de Camille Decourtye.

Un hermoso trabajo lleno de fantasía y, sobre todo, de humor y de optimismo que acabó con un alegre pasacalle en los alrededores del Teatro Central, en un agradable anochecer ya casi veraniego.

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