VERÓNICA CANGEMI Y CARLOS MENA | CRÍTICA Ayer y hoy del canto barroco

Verónica Cangemi y Carlos Mena Verónica Cangemi y Carlos Mena

Verónica Cangemi y Carlos Mena / DS

La presencia de la Orquesta Barroca de Sevilla en el Teatro de la Maestranza por tres veces en la presente temporada junto con la llegada de un nuevo director del mismo nos permite albergar la esperanza de que, de una vez por todas, se consolide y se convierta en habitual el ver al mejor conjunto barroco de España en el principal escenario de la ciudad cuyo nombre pasea internacionalmente. Porque hasta ahora ha sido un activo totalmente desaprovechado en las programaciones líricas del Maestranza, volcadas durante tres lustros sobre repertorios más afines a los intereses profesionales del anterior director artístico.

Y para convencer al nuevo gestor del teatro basta con escuchar a la OBS en un concierto como el de anoche en el que brilló con luz propia mucho más allá de su labor como acompañante de las arias y duetos. El conjunto, bajo la dirección de un espléndido Andoni Mercero que nos encandiló en sus pasajes solistas (excepcional su mano a mano con Carlos Mena en Sovvente il sole), mostró ese sonido denso y rico en matices, plenamente empastado, que lo define. Su sabiduría a la hora de controlar y regular el sonido alcanzó un momento mágico en el acompañamiento (violines con sordina) de Mentre dormi, cerrando el pasaje más ensoñador de todo el concierto. En los conciertos vivaldianos salió a relucir el virtuosismo de Mercero y de Pedro Gandía, junto al sonido poderoso y la agilidad articulatoria de Mercedes Ruiz.

Mucho ha tardado en venir a Sevilla Verónica Cangemi, una de las más conocidas sopranos especializadas en el Barroco. Tanto que ha llegado ya con las capacidades canoras mermadas. Continuos roces, graves abiertos, agudos tirantes y calantes, cortedad de fiato y sonido romo hacen poco comprensible que abriese su parte con un aria tan endiablada como Agitata da due venti, en cuyas procelosas coloraturas naufragó estrepitosamente. Al menos se despidió con un Lascia ch’io pianga a media voz muy seductor.

Carlos Mena estuvo soberbio, tanto por su sentido del legato y de la matización de la emisión como en su expresividad en las piezas más dramáticas, usando el cambio de color (¡ese Perfido!) con sentido expresivo, acentuando la carga teatral de la música.

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