Monkey Week SON Estrella Galicia | crítica Cantizano y Los Voluble, rebuscándose

  • La singular edición del Monkey Week, desarrollada totalmente en streaming, tuvo uno de sus momentos cumbres con el concierto que Raúl Cantizano y Los Voluble ofrecieron en directo la noche del jueves.

Los Voluble y Raúl Cantizano fundiendo estilos Los Voluble y Raúl Cantizano fundiendo estilos

Los Voluble y Raúl Cantizano fundiendo estilos / Mar Rascón

Este año todos echamos de menos los paseos entre escenarios del entorno de la Alameda buscando la música del mañana que descubríamos entre los grupos participantes en el Monkey Week SON Estrella Galicia. En la actual edición los tenemos a todos juntitos en las pantallas que pasamos tantas horas mirando siempre. Desde el martes hasta el domingo, entre las cinco de la tarde y las primeras horas de la madrugada tenemos libre acceso al canal de televisión del festival en el que se van sucediendo los showcases que antes veíamos allá donde tenían lugar y que ahora presenciamos en streaming. Pero durante una o dos horas en la Sala X, preparada para la ocasión, tienen lugar unos conciertos en directo, que aunque faltos de público que los arrope, conforman el plato fuerte de la programación diaria. Y en la noche del jueves se unieron ahí Raúl Cantizano y Los Voluble para presentarnos su espectáculo Zona Acordonada, realizado como una especie de laboratorio de sonidos en el que mezclaron la guitarra flamenca, con todos sus registros y posibilidades, con la música creada desde dispositivos electrónicos y las creaciones audiovisuales en un nuevo lenguaje escénico que nos llevó más allá del flamenco y de cualquier otro estilo híbrido, traspasando las líneas que acordonan y marcan los límites del arte.

Todo dio comienzo con Cantizano experimentando La suerte del resorte sobre su guitarra. Como si de un John Cage contemporáneo se tratase, a través de la pantalla veíamos como trabajaba sobre unos muelles adosados al palo de su instrumento que liberaban energía con su fuerza elástica para convertirla en una especie de flamenco electromecánico que tuvo una continuidad más profunda en el Toque por solenoide que consiguió adosando uno de estos dispositivos a la parte superior del mástil de la guitarra, accionado por una bobina colocada debajo, que obligaba a un émbolo a entrar y salir, chocando con el bordón y marcando un ritmo secuenciado de percusión para acompañar los finos acordes que sus dedos sacaban de las cuerdas de manera más convencional. Hasta aquí el protagonismo de la guitarra era absoluto y solamente destacaba de Los Voluble el convulso movimiento de Pedro Jiménez sobre su consola para dar vida en la pantalla a las canónicas notas de la Zambra que interpretaba ahora Cantizano, sonando después dobladas porque desde esa pantalla, durante la Carta a Sabicas, se hizo acompañar por este maestro, pionero de la fusión del flamenco con otras corrientes, una de ellas la electrónica con la que esta noche se fundía con gran esplendor.

La electrónica tomó el primer plano en la pieza con la que Cantizano homenajeó a Zappa, una Bbob Tango a la que no puede dejarle el nombre exacto de la original cuando la edite en febrero como single, ni meterle sus samples, aunque aquí lucieron los de palmas y jaleos gitanos que sí se integraron para acompañar los múltiples bailes que veíamos en la pantalla. En ella vimos también a Manuel Lisardo diciendo que el flamenco tiene raíz tartésica y es Puro y auténtico, como el cante de Antonio Mairena y la música de la guitarra de Hendrix que nos evocaba esa otra que estábamos viendo arder. La pureza, corrupta en su fusión con la electrónica, que alcanzaba aquí su cenit.

Los Voluble movían máquinas de potencia desatada mientras Cantizano convirtió el escenario en la Zona acordonada que da título a la obra, incluso liándose él mismo entre las cintas de señalización que desplegaba mientras las voces de la pantalla le escupían: ni cante ni baile, guitarra, guitarra; rebúscate, Raúl. El covid se adueñó de la pantalla y se aceleró el ritmo electrónico; samples de pandereta y bombo ahogaron a la guitarra, que respiró libre al callar los sintetizadores en un corto intervalo que permitió a Cantizano cogerles el paso, ahora sí, cuando reanudaron el ataque. En la pantalla de nuestros dispositivos veíamos ondear los brazos de los pocos afortunados que podían estar allí, asistiendo en directo a la rave controlada en que se había convertido el concierto antes de que llegase a su fin con un fragmento del Raverdial que montaron Los Voluble años atrás, en tiempos en que las fronteras estaban mejor definidas que ahora y todos sabíamos si estábamos dentro o fuera de los límites de las zonas en las que después nos han acordonado.

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