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'Mamma mia: una y otra vez' | Crítica

Y todas las veces que hagan falta

Dos generaciones, mismas canciones: Walter, Seyfried y Baranski en 'Mamma mia: una y otra vez' Dos generaciones, mismas canciones: Walter, Seyfried y Baranski en 'Mamma mia: una y otra vez'

Dos generaciones, mismas canciones: Walter, Seyfried y Baranski en 'Mamma mia: una y otra vez'

Mucho habían tardado los productores de Mamma Mia en acometer la segunda parte del taquillazomusical del verano 2008, astuta y festiva fórmula de marketing emocional capaz de convertir un puñado de inolvidables canciones de éxito del grupo Abba en un guion-frankenstein a mayor gloria del amor romántico en su vertiente más cursi y edulcorada, canto a la libertad femenina en modo club de señoras ociosas y vehículo de promoción de las islas griegas como destino turístico de cartón piedra en tonos añil.

Si aquella primera película funcionaba por la arrolladora pegada de las canciones y la generosa entrega de Meryl Streep y sus acompañantes (Walters y Baranski) al servicio rebajado de la diversión pop desinhibida, esta segunda estira ya lo inestirable y repite lo irrepetible, viajando al pasado del personaje ahora desaparecido y alternando tiempos en busca de rimas generacionales y materno-filiales para celebrar unos mismos lugares comunes del amor romántico y la picaresca geriátrica con un reparto que reúne a viejos conocidos achacosos (Brosnan al frente) con jovenzuelos de almanaque y que intenta suplir en vano el inigualable carisma de la protagonista de Memorias de África con la aparición estelar (y algo ridícula) de una Cher inmaculada a la que se le reserva el número de salida de la función cantando a dúo la insufrible Fernando junto a un no menos autoparódico Andy García.

Por el camino, el guion supervisado por Richard Curtis (Cuadro bodas y un funeral, Notting Hill) ensarta y empalma como puede cada tramo dramático y temporal con las letras de conocidas (y no tanto) canciones del grupo sueco, mientras que la puesta en escena de Ol Parker desengrasa algo más que su predecesora el necesario vuelo ligero que necesita una propuesta tan insustancial, frívola y autocomplaciente como esta.  

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