Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Una nueva generación, un mundo nuevo
Un pequeño cambio se produjo ayer en la bailaora Mercedes Ruiz. No obstante, este cambio significa toda una metamorfosis de calidad. Es un principio de ecología: cualquier alteración en uno de los elementos del medio afecta a todo el sistema. El cambio es que Mercedes bailó pastueño. No quiere ello decir que deje de ser barroca: ningún artista, ninguna persona, puede renunciar a su esencia. Pero anoche el barroquismo convivió con toda la naturalidad con la austeridad. Los martinetes nos dieron silencios, la soleá nos ofreció trasparencia: tanto que los recursos no se nos atragantaron. Algunos elementos innecesarios han caído. Mercedes descubrió, tal vez por los huesos, que el dejarse reposar, el no pretender nada más, ni menos, que lo que es, es perfectamente compatible con su enorme calidad técnica. Que el virtuosismo no es incompatible con el mensaje. Fue un movimiento que parte del público no apreció. Y, sin embargo, permítanme decirlo, desde anoche Mercedes Ruiz es otra bailaora. Está en proceso de madurez, desde luego. Y no le quedan pocas tareas que llevar a cabo: buscar un concepto personal (en lo que se refiere a ejecución, nada más podemos pedirle) y limar un poco la extensión de los bailes (el momento en que el toro pide la muerte es solo un instante) son dos cosas que se me ocurren a vuela pluma. Lo cual no obsta el reafirmarme en que el recital de anoche marca un nuevo camino para la intérprete.
Un programa doble con dos partes sin conexión, sino el origen geográfico de los intérpretes, la tierra del vino más enjundioso. La desconexión fue tal que los dos intérpretes reiteraron varios de los estilos interpretados. El Zambo ofreció su recital de siempre, con su timbre superdotado de colores. Bien en seguiriyas y bulerías y con dificultades por cantiñas y levante. Me gusta que estos intérpretes de voz densa y poco ágil se enfrenten a los difíciles melismas taranteros: la épica se multiplica.
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