Ecuménico y didáctico

Uno de los ocho monjes, oscilando entre el miedo y la serenidad, de 'De dioses y hombres' de Beauvois.
Uno de los ocho monjes, oscilando entre el miedo y la serenidad, de 'De dioses y hombres' de Beauvois.
Alfonso Crespo

08 de noviembre 2010 - 05:00

De dioses y hombres. Director: Xavier Beauvois. País: Francia. Año: 2010. Duración: 120 min. Con: VLambert Wilson, Michael Lonsdale, O. Rabourdin.

Uno de los pocos títulos del festival que llamaban la atención sobre el papel -Gran Premio del Jurado en el pasado Cannes-, De dioses y hombres confirma, sin embargo, la paulatina pérdida de interés de un director, Xavier Beauvois, que con cada película nueva acumula vicios y pierde virtudes. A Beauvois, actor y cineasta, siempre le perdió la grandilocuencia, la incierta pero constante búsqueda de una impronta de sublimidad para su cine, impulso que, es verdad, le dio para una llamativa ópera prima, Nord (1991), y para la notable y suicida No olvides que vas a morir (1995), donde el exceso se apoderaba de la estructura y daba a luz una película sin centro y a la huida. Después, ya en pos de transmutar el ardor en el sello de un autor, llegarían Según Matthieu (2000), descalabro impostado -y que De Dioses y hombres nos hizo recordar en su conjunción de helicóptero y clásicos populares de la música culta- y Le petit lieutenant (2005), un filme sólido pero que hacía añorar demasiado a Pialat.

De dioses y hombres toma hechos reales (el secuestro y asesinato, por parte del fundamentalismo islámico, de la práctica totalidad de un grupo de monjes cistercienses que habitaba en armonía con la población musulmana un monasterio en el Magreb de los años 90) para discurrir contra el odio y la simplificación y alentar a la convivencia pacífica entre hombres y religiones. Y es esa vocación ecuménica y didáctica -los otros premios cosechados en Cannes- la que rige un filme con demasiado corazón (añoranza ahora de Rossellini) y donde Beauvois se agazapa y contrae para luego expandirse ya sin frenos. Es en la contracción, en la sístole cardiaca, donde la película brilla más, cuando el metraje cae en la rutina y el monasterio se asemeja a aquel fuerte en espera de los tártaros; en la expansión, en cambio, en la diástole del gran corazón, cuando las "cosas del cine" deben pasar, Beauvois cede al sermón, se muestra demasiado autocomplaciente con los actores -que son su verdadera familia- e incurre en el error de decirle al espectador lo que debe pensar y sentir.

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