Crítica de Música

España en un piano

Noche memorable, porque si escuchar la Iberia en su integridad es ya un placer, hacerlo de las manos de un pianista como Prats es ya un privilegio. No nos detendremos en sus impresionantes dotes técnicas, que se le presuponen cuando se sienta ante los cuatro cuadernos, sino en lo que realmente importa, en su capacidad para otorgar sentido expresivo a una de las partituras más complejas que nunca se hayan escrito para el teclado. En Evocación ya dejó ver la claridad de su fraseo, el tempo justo como para que fuesen identificables todas las voces y el leve rubato con el que emergió el melancólico tema central. Por esa senda continuaría su deambular por estas Impresiones, como las llamó Albéniz; esto es, la senda de la elegancia, de la claridad, alejada de vacías exhibiciones o de exageradas efusiones de energía. No hay que forzar los juegos rítmicos para que que nos seduzca El Puerto, en los que el pianista cubano pareció recrearse en el aire de guajira que emerge sobre el espumeante juego de ritmos cruzados.

La combinación de ritmos (¡hasta 164 cambios de métrica en sus 263 compases!) y melodía alcanzó la cumbre en una fastuosa Rondeña, a la que siguió la versión más concentrada e intimista de Almería que se pueda escuchar. El tiempo se detuvo. A la gracia y la elegancia del fraseo de El polo le siguió la pieza de mayor complejidad técnica de toda la serie, un Lavapiés en el que Prats sacó toda su artillería técnica y toda su musicalidad para darle su sitio de nuevo a los aires antillanos y para hacer perceptible toda la riqueza de cantos y contracantos. En definitiva, toda una fiesta del pianismo más sincero y verdadero que hoy se pueda escuchar y que culminó con profusión de propinas: Cervantes, Lecuona y el Liebestod de Wagner/Liszt.

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