Obituario

Fallece Francisco Calvo Serraller, un español cultivado

Francisco Calvo Serraller, en una imagen de archivo, en un curso en Sevilla. Francisco Calvo Serraller, en una imagen de archivo, en un curso en Sevilla.

Francisco Calvo Serraller, en una imagen de archivo, en un curso en Sevilla. / Juan Carlos Muñoz

Noviembre, su melancólica cosecha de muertos, ha recogido para sí a Francisco Calvo Serraller, espléndido ensayista, crítico notable, antiguo director de la más alta institución de España, el Museo del Prado, que murió este viernes a los 70 años. El azar ha querido que Calvo Serraller no asista, en lugar preeminente, como le correspondía, a la conmemoración del segundo centenario del museo, que cumplirá sus años el 19 de noviembre de 2019. Aún así, a Serraller le cupo el alto honor de contribuir, no sólo a la mejora y la prosperidad del mejor museo del mundo, sino a la divulgación del arte español, de aquella "civilización" española que Clark, con pintoresca aflicción, nos negaba. 

Cualquier aficionado al arte conoce los misteriosos caminos por los que el arte español, su consideración ante el mundo, ha transitado del XVIII a nuestros días. Bastaría la cita de Murillo, de quien se acaban de cumplir cuatro siglos, para poner ante el lector los vertiginosos cambios en el gusto del público, y el súbito desprestigio en que se sumió su obra, después de haber sido el pintor más admirado del siglo XIX. Añadamos el caso de Velázquez, la revelación de Goya, el laborioso trabajo de vindicación de El Greco, mérito de unos cuantos conjurados: Zuloaga, Marañón, Manuel Bartolomé Cossío, Maurice Barrès... Bastaría, digo, esta brevísima colectánea, para poner de relieve una obviedad no tan obvia; aquélla que nos recuerda la extraordinaria tarea intelectual, urgida por la pasión más noble, que ha vuelto a poner en su lugar, un lugar eminentísimo, al gran arte español que se resume y se sustancia en El Prado.

Creo que no me engaño, por tanto, -y tampoco los lectores que acaso sólo lo conocieran por su labor crítica en El País-, si digo que una de las tareas principales de Calvo Serraller fue ésta de ponderar y valorar, en sus justos términos, la gran herencia artística española. Pero no por un prurito de españolidad, que sería disculpable; sino por una necesidad de justipreciar, pasado ya el pintoresquismo decimonono y las consideraciones ideológicas de otra hora, una vastísima y heterogénea tradición, que va, como parece lógico, de Velázquez a Picasso; pero también del maestro Mateo, inmerso en "el sueño de la materia" de Focillon, a la materialidad abrumada y colorista de Miquel Barceló.

Una de sus tareas fue la de valorar la gran herencia artística española

Esta categorización de lo español -de lo que se ha tomado por español, de lo que quizá ha distinguido nuestro arte en siglos pasados-, es uno de los campos en los que Calvo Serraller puso a trabajar su fina inteligencia. En ningún caso, como digo, para españolizar una categoría estética, sino para determinar, de la anécdota a la categoría, como quería el maestro D’Ors, cuánto hubo de peculiar, cuánto de volandero, cuánto de genio autóctono, en las grandes conmociones artísticas que sacudieron el mundo.

A esta formidable labor -una entre muchas-, dedicó sus horas el hombre que ahora se despide. Y uno quisiera mostrar su gratitud por la herencia que nos deja. Sin duda, una imagen mejor, una imagen más alta, de nosotros mismos. Ya sea en su obra ensayística, de rigurosa y lírica escritura, ya en esa obra mayor, felizmente inacabable, del Museo del Prado.

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