la pasion de yerma | Crítica de teatro

Gamboa versus Lorca

Lucía Espín, María León y Mari Paz Sayago en esta revisión de 'Yerma' Lucía Espín, María León y Mari Paz Sayago en esta revisión de 'Yerma'

Lucía Espín, María León y Mari Paz Sayago en esta revisión de 'Yerma' / Diario de Sevilla

Amo a Lorca. He crecido pensando que su asesinato nos privó del Shakespeare español. Pero, con toda la devoción que se le debe al maestro, aplaudo como necesarias y acertadas las nuevas propuestas que los dramaturgos, en este caso Pepa Gamboa con la versión libre de Lola Blasco, nos están ofreciendo.

La revisión que ha dirigido Pepa Gamboa es de una audacia inusitada. Recorre caminos que se enfrentan, dibuja a una mujer herida, a una loba, una perra maltratada que no asume su destino porque no lo ha elegido ella.

Pocas veces se encuentra uno con una libertad creadora como la que derrocha Pepa Gamboa. Ha 'chonizado' a Yerma, ha reducido los personajes a cinco, le ha dado una nueva dimensión a los roles masculinos, culpabilizándolos aún más de lo que ya hizo Lorca. Pero, sobre todo, con este 'pastiche creativo' consigue que uno viva atento cada escena. Por separado, no todo lo que propone la directora me convence, pero el conjunto me parece subyugante y arrollador. 'La pasión de Yerma' se volvió mi pasión porque me hizo sentir, vibrar, desear, enfadarme y disfrutar de algo nuevo y valiente.

Cuesta 'comprar' la escenografía de Antonio Marín, esa habitación imposible con papeles pintados y microondas. Pero la puerta de cristal del baño nos deja ver el cuerpo de una mujer hermosa que no es deseada y que sufre por algo que también hace sufrir a otro, el deseo o la falta del mismo.

María León se desgarra cuando María Cabeza de Vaca (coreógrafa) la animaliza y sus compañeros, Cabezas y Garrido dibujan sus personajes con acierto, más con el gesto que con la palabra. Lucía Espín destaca cantando en directo la música de Rosario La Tremendita.

La interpretación de Mari Paz Sayago, mezcla de la Vieja Pagana, hechicera y vecina, levantó aplausos en el público como si fuese una cantante a la que hubiese que vitorear al final de cada canción. Sublime, poseedora de una maestría llena de recursos trasvasaba de la comedia al drama con la naturalidad de una grande.

El público, que agotó las entradas, se puso en pie para celebrar esta visión, desde la mujer, de lo que sienten las mujeres.

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