Cultura

Geografías inventadas

  • 'Guía de lugares imaginarios'. Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Alianza. Madrid, 2014. 696 páginas. 15,80 euros.

Es fácil sospechar en este libro una vocación borgiana. Más exacto sería, sin embargo, decir que tanto Borges como Verne no hicieron sino acoger, con la suspicacia y el escalofrío romántico, un mandato ilustrado; aquél que impelió a Linneo, y antes a Celestino Mutis, a urdir una exhaustiva clasificación de lo existente. Así, esta voluminosa Guía de los lugares imaginarios es heredera tanto del Libro del millón de Marco Polo como de la Encyclopédie francesa. Su origen, en cualquier caso, hay que datarlo en la Edad del Hierro. Es ahí cuando el hombre, que ha roturado valles y conoce el estrépito de las ciudades, comienza su aventura mitológica. De una ciudad soñada nacerá el mito de la Atlántida; de un huerto rumoroso y fértil, la idea del Jardín de las Delicias.

Se conjugan aquí, pues, dos necesidades, dos vocaciones humanas. La necesidad de imaginar y la vocación de dominio. De la primera han emergido el Avalon de Arturo, El Dorado de Aguirre y el castillo de Hogwarts; de la segunda, las fantásticas enciclopedias que, desde Plinio el Viejo y San Isidoro, se han ocupado de catalogar unos saberes donde lo imaginado vivió paredaño de lo cierto. Cuando alboree el XVIII, el ámbito de lo fantástico se habrá reducido eficazmente, gracias a las grandes navegaciones y las campañas bélicas en el confín del globo. Pero antes -no mucho antes- los hombres han buscado hacia levante el reino del Preste Juan, de incalculable riqueza, así como el lugar exacto donde el Edén dio su fruto. Así, podríamos pensar que la ciencia actuó como disolvente, como antídoto de lo imaginario. Pero no sólo; esta guía de Manguel y Gaudalupi es un ejemplo paradójico de lo contrario. A la ciencia-ficción debemos criaturas y lugares cuya existencia duerme en las bibliotecas. A la ciencia de Diderot, más ruidimentaria y humana, se debe remotamente esta guía enciclopédica. Es en sus páginas donde lo inexistente adquiere una prelación y un orden y una corpulencia, y donde el orden se prestigia con una vaguedad inefable.

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