Ímpetu y memoria de Mario Escudero

El soplo creativo de este tocaor alicantino, que desarrolló su carrera en EEUU, está más presente en la actualidad que el recuerdo de su nombre o su obra grabada

Mario Escudero (derecha), en su famoso dúo con Sabicas.
Mario Escudero (derecha), en su famoso dúo con Sabicas.
Juan Vergillos

14 de enero 2009 - 05:00

Se fue casi de puntillas. Tanto es así, que la mayor parte de la profesión flamenca no se enteró de su falta sino mucho tiempo después de producirse esta. Siempre estuvo en la sombra. Se conoce, ante todo, por los discos que grabó en los Estados Unidos a dúo con Sabicas, en los 50 y 60. Existe una anécdota, apócrifa tal vez, que pone en boca del guitarrista pamplonica la afirmación de que "yo le robaba las falsetas y él, que parecía un galán de Hollywood, me robaba a mí las mujeres". Su álbum más conocido entre nosotros fue Ritmos flamencos (EEUU, 1968). Aunque su obra más difundida, gracias a una grabación de Paco de Lucía de los 60, y a otra de Gerardo Núñez en 2003, es la bulería Ímpetu. Más allá de eso, nada o casi nada.

Conocido también por el sobrenombre de Niño de Alicante (pese a los flamantes estatutos de autonomía), Mario Escudero nació el 11 de octubre de 1928 y murió, como digo sin apenas reflejo en los medios de comunicación nacionales, el 19 noviembre de 2004, en Miami, la ciudad en la que residió al final de su vida. Fue considerado por Vicente Escudero, en cuya compañía militó varios años, antes de irse a EEUU, "el guitarrista más elegante que he encontrado". Se trata de un periodo, el anterior a 1955, en el que Mario Escudero es conocido ante todo como excelente guitarrista de acompañamiento al cante y al baile (Carmen Amaya, Antonio y Rosario, Niña de los Peines, Antonio Mairena, Canalejas de Puerto Real, José Greco, etcétera). Su decisión de instalarse en EEUU no es política, al menos de forma directa, sino artística: Mario es consciente, a raíz de su debut en el Carnegie Hall, de que en este país hay un público potencial para la guitarra flamenca solista que no existe en España.

No es ésta la primera vez que se transcriben al pentagrama obras de Mario Escudero. Al contrario, fue un pionero en este campo puesto que, según noticias de Norberto Torres, el músico norteamericano Joseph Trotter ya transcribió ocho obras suyas en 1957 en un libro de considerable difusión. Otro músico, el sinfonista Moreno Torroba, también usó música suya en sus obras, transcribiendo para gran orquesta lo que Escudero compuso para su guitarra. Volvió a España en diversas ocasiones, destacando su actuación en la III Bienal de Sevilla, la dedicada al toque, en la que sorprendió a muchos aficionados que desconocían la existencia de este enorme guitarrista. A finales de los 80 intentó establecerse de nuevo en España, sin éxito, volviendo a EEUU en 1994.

Este libro incluye una biografía del guitarrista, la transcripción de una entrevista realizada en 1988 para el programa Madrid Flamenco de la emisora radiofónica Onda Madrid, y una nueva transcripción de sus toques, en concreto del disco Mario Escudero plays classical flamenco music (1969), una obra que, en contra de lo que afirma su portada, incluye exclusivamente composiciones del propio Escudero. El CD que acompaña al libro incluye el disco completo y algunos cortes de la mencionada entrevista a Escudero del programa Madrid Flamenco en el que podemos escuchar también las voces de José Manuel Gamboa y Juan Verdú.

A diferencia de Ritmos flamencos, grabada con el grupo de baile que solía incluir Escudero en sus actuaciones, esta obra está grabada a la forma clásica, con la única presencia de la guitarra. Lo primero que salta al oído en la música de Escudero es su enorme limpieza, de marchamo clásico, y el dinamismo de su toque, tanto en ejecución como en concepción. Ello le permite brillar en los estilos festeros, alegrías y bulerías, en los que somete al ritmo a su inspiración del momento, con picados vertiginosos y rasgueados frenéticos. En esta misma línea encontramos una rumba titulada Tonadilla, lo que da fe de la modernidad del maestro alicantino. Los estilos graves quedan contaminados por este estilo dinámico y cantarín, restando solemnidad a soleá y taranta, y haciendo de la granaína un toque barroco, preciosista, muy rítmico y amable. De hecho, como en el caso de Camarón años más tarde, el drama y la tragedia de Escudero se muestran mejor en la aparente frivolidad de sus temas festeros: así la bulería Ímpetu que cierra el disco (el único encontrable hoy en España), una obra maestra.

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