José Luis Brea, indagador de la imagen
El especialista fallecido recientemente es un ejemplo de cómo la escritura sobre arte puede sugerir debates
Escribir sobre arte debe ser fácil puesto que muchos lo hacemos. Es fácil pero arriesgado: con frecuencia dejamos algo sin decir. Hay quien, cautivado por la forma, insiste en el análisis del espacio, el color o el ritmo, y olvida que el arte es pasión: un sentir que surge a la vez que miramos u oímos. El arte es sensación y sentimiento, de modo que ver o escuchar despiertan una emoción que afina el oído y agudiza la mirada, y entre los dos despiertan al sentir más olvidado. Pero la cosa no termina aquí, porque esa feliz alianza de la percepción apasionada es un potente impulsor del pensamiento. A la vista de El entierro de Cristo de Caravaggio, la imaginación abandona las fantasías de eternidad y enfrenta a la muerte en su crudeza, y si se siguen los pasos de Charles Foster Kane, la inteligencia aprende más sobre la memoria (aquello que fue, nos marcó y nunca volverá), que en un sesudo tratado.
Pero el arte no se queda ahí. Nos pide además distancia. Porque, antes que creación de un superhombre, es un producto cultural. Es fermento de la vida social pero también puede ser su narcótico. Símbolo de la libre invención humana, se torna fácilmente en instrumento del poder o emblema de la riqueza, medio de dominación o plusvalía.
Escribir o hablar de arte, por tanto, exige desplegar una red de pensamiento múltiple en la que la crítica no puede faltar, sin convertirse en instrumento de descalificación. Más que afirmar o exponer, hay que sugerir debates, dar que pensar.
Ésta fue la difícil capacidad de José Luis Brea que, tras una larga lucha contra el cáncer, nos dejó el pasado día 2. Sus textos son difíciles, su lenguaje con frecuencia hermético, pero en ellos se abren caminos posibles, inesperadas relaciones entre ideas, fértiles asociaciones.
Profesor titular de Estética y Teoría de las Artes en una Facultad de Bellas Artes, la de Cuenca, empeñada en atender al arte de hoy, en los últimos años pasó a la Universidad Carlos III, para impartir clases sobre estudios visuales. Era además crítico (corresponsal en España de revistas como Artforum), comisario (de la muestra titulada Los últimos días, realizada en Sevilla en 1992) y director de revistas como Estudios Visuales o salonKritik.
Se centró en el arte contemporáneo y de modo especial en el que surge de las nuevas tecnologías. El último de sus libros, publicado hace sólo unos meses, desarrolla una idea que venía trabajando al menos desde el año 2007: las diferencias materiales, simbólicas, culturales y económicas entre la imagen tradicional, la de la fotografía y el cine, y la electrónica.
Las tres eras de la imagen es una historia que no pretende serlo. Gilles Deleuze, en sus dos libros sobre el cine, señala una trayectoria que va desde la mera narración que cuenta unos hechos basándose en estructuras lógicas y psicológicas sencillas hasta ese otro cine, en el que el protagonista es el tiempo: el de la anticipación, la memoria o la ocasión perdida. Brea hace algo similar: al diferenciar las tres imágenes, propone una historia que no es la del arte, sino la de ese inquieto habitante de las culturas, la imagen.
El cuadro o la escultura son promesas de eternidad: la imagen, fija en la materia, es memoria corporalizada que protege de la duda: nadie puede cuestionar eso que, firme, tenemos ante los ojos, un objeto único hecho por un artista también único. Un mundo eterno, pues, que hace olvidar que sus elementos están sin embargo sujetos al ir y venir del mercado.
En el cine, la imagen es sólo una delgada película y es a la vez tiempo. Son imágenes melancólicas: muestran lo que se perdió sin remedio. Alimentan sin embargo la esperanza, la historia: el mundo como proyecto a realizar. Su estatuto económico es más débil: más que a la propiedad, remiten a la industria que las produce, aunque ¿por qué lo hace? ¿diversión como negocio o impulso de la crítica?
La imagen electrónica, por fin, se ha desmaterializado y más que a la memoria fija o la historia remite a la fantasía, capaz de producir imágenes y reconocerse en ellas. Remiten por eso a la diferencia: la foto digital puede reunir en una sola imagen lo diverso, como hace el sueño. Tal capacidad de producir y comunicar es una reserva, aunque no absoluta, frente a las exigencias de la propiedad y el beneficio.
No es el único libro de Brea, pero es un fértil legado para investigadores, críticos y aficionados. Los cambios en la imagen no deberían desconcertarnos sino recordarnos que somos tiempo. Era una honda convicción del profesor Brea. Poco antes de su fallecimiento recuperó un texto antiguo, el del catálogo de la muestra que comisarió en Sevilla, y lo reeditó en salon Kritik: Los últimos días son una requisitoria, amable pero decidida, contra cualquier pretendido sueño de inmortalidad y contra toda forma de melancolía que olvide nuestra condición mortal.
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