Sonoma | Crítica de Danza La belleza como alternativa

Las nueve bailarinas dibujando una especie de friso con sus manos.

Las nueve bailarinas dibujando una especie de friso con sus manos. / Alex Font

Hace unos años, con motivo de la presentación de Voronía en el Teatro Central, Marcos Morau nos decía que “ya no hace falta irse a ningún lugar para encontrar el infierno, porque el peor lugar del mundo es el que estamos construyendo ahora entre todos”.

En ese momento, al igual que en 2019, cuando regresó con su  fantástica Pasionaria, al director y coreógrafo de La Veronal le gustaba descender a los lugares más profundos, que a veces no están bajo tierra sino en el espacio –el abismo más bien- que estamos creando entre unos seres y otros dentro de este mismo planeta.

Ese pesimismo visionario lo ha llevado a crear otros mundos en las grietas que se abren entre lo real y lo imaginario. Y esos mundos, dada su formación artística y su enorme talento, son de una belleza absolutamente desarmante.

Sonoma es, antes que nada, el resultado del confinamiento de Morau. Sin posibilidad de reunirse con su equipo, el creador valenciano decidió ahondar en una pieza corta que en 2017 creo para el Ballet de Lorreine sobre la figura del cineasta Luis Buñuel: El surrealismo al servicio de la revolución.

El resultado es una oscura y reivindicativa y hermosísima pieza, protagonizada por nueve de sus bailarinas de distintas épocas, en la que en una especie de frío set de rodaje, rodeado de pantallas y focos, y bajo el aspecto de una danza ritual y coral, fluye una violenta corriente hecha de gritos telúricos y viscerales, símbolos religiosos, guiños al absurdo y unas fantásticas escenas de danza donde el folklore –el aragonés, con la jota, pero también el de África o Italia- tiene una poderosa presencia.

Hay muchos textos en Sonoma y todos (dichos en francés) suenan actuales: tanto las Bienaventuranzas de san Mateo como las de de Carmina S. Belda y Celso Giménez o ese “Nosotras…” de Violeta Gil que reivindica el papel de la mujer en el mundo.

La danza, por su parte, se presenta en dos vertientes. Por un lado, como generadora de comunidad, con sugestivas coreografías corales en las que las nueve mujeres, como un todo compacto surgido de la tierra o del mar, se mueven como ciempiés, bancos de peces o campos de hierba mecidos por la brisa.

Por otro, nos ofrece escenas maravillosas –como la última, con trajes, luces y coronas de flores blancas- en las que el movimiento fragmentado y disociado, entre lo abstracto y lo real, creado por Morau, logra insuflar un tono bucólico casi irreal a la escena, completado con un paraíso terrenal de Brueghel que aparece al fondo y unos ecos de Debussy.

Imágenes cuya inquietante belleza despierta cientos de asociaciones en nuestro cerebro de espectadores. A ello contribuye un fantástico vestuario, una riquísima banda sonora, dos sorprendentes máscaras y unas luces que nos llevan de la penumbra al deslumbramiento final, con unas mujeres guerreras tocando esos tambores de Calanda que hacen temblar la tierra y –decía Buñuel- pueden llevar a la revolución.

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