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La voz humana | Crítica

Prefiere la música ante todo

Pérez Floristán, Beller-Carbone y Tausía en el Espacio Turina.

Pérez Floristán, Beller-Carbone y Tausía en el Espacio Turina. / P.J.V.

Aunque en su estreno en la Sala Favart de París en febrero de 1959, La voz humana se ofreció con acompañamiento orquestal, en los meses siguientes Francis Poulenc gustaba de acompañar él mismo al piano a su musa Denise Duval, la soprano que la cantó por primera vez. El instrumento solista como acompañante favorece (por coste y necesidades de escena) la difusión de una obra que requiere ante todo dos músicos sólidos, ya que la cantante debe poseer un registro amplio, dominar el canto declamado y poseer dotes de actriz, y el pianista debe tener la flexibilidad suficiente para desarrollar el juego de retórica que una situación del dramatismo de esta parábola de Cocteau requiere.

El Rafael R. Villalobos más desnudo y minimalista (una plataforma inclinada convertida en gran tapiz es todo el elemento escénico que utiliza, junto al piano obviamente) convierte al pianista (Él) en la pareja de la mujer abandonada (Ella) y crea un personaje alegórico (El insoportable miedo a morir solos, sic) que le permite un mayor juego teatral, sin que aporte nada especialmente relevante, pero sin que afecte tampoco al sentido global de la obra. Como el miedo no tiene sexo, para la alegoría ha escogido a un actor de cierto perfil andrógino (Luis Tausía) al que viste con ropas femeninas. Más allá de algún trazo de brocha gorda (ese momento en que, sin venir demasiado a cuento, Ella se hace sumisa perra para perseguir algo que le arroja Él), su dirección del movimiento escénico es correcta y la iluminación, sugerente.

Las pocas interacciones que, en buena lógica, el regista sevillano dispuso que el actor y la cantante tuvieran con el pianista no parecieron afectar en nada a un Juan Pérez Floristán al que tocar a ratos con el torso desnudo, de pie o en amigables carantoñas con sus compañeros de escena no le restó poder de concentración ni maestría técnica. Su actuación fue sencillamente colosal, con una capacidad para el matiz infinita, un control del tempo siempre ajustado a la expresión que requiere el rico y abigarrado texto y un sonido espectacular, a lo que sin duda ayudó el magnífico instrumento empleado para la ocasión (hacía tiempo que no escuchaba algo así en esa sala).

No desmereció en absoluto la actuación de la soprano alemana Nicola Beller-Carbone, voz recia, de graves contundentes, con cuerpo, pero flexible tanto en el color como en su capacidad para combinar sonidos bellos y ásperos, todos destinados a la mejor expresión de la irritación, la angustia, la desesperación, el dolor y el miedo, pero también la calidez, la ternura y la capacidad de amar de alguien que siente haber perdido la guía de su vida. Sus excelentes prestaciones actorales completaron un trabajo de primerísimo nivel que es producción del Espacio Turina y no debería tener problemas para encontrar otras escenas que conquistar, otros espectadores a los que emocionar. 

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