Las cosas que sé que son verdad | Crítica de Teatro Andrew Bovell y sus complejos dramas familiares

Verónica Forqué y la onubense Pilar Gómez son madre e hija en la pieza. Verónica Forqué y la onubense Pilar Gómez son madre e hija en la pieza.

Verónica Forqué y la onubense Pilar Gómez son madre e hija en la pieza. / Javier Naval

El polifacético escritor australiano Andrew Bovell (1962) escribió esta pieza después de Cuando deje de llover, uno de sus grandes éxitos teatrales internacionales. En España, dicha pieza fue asumida por el tándem formado por Jorge Muriel (traductor de la obra y actor) y Julián Fuentes Reta (director de escena), estrenada en 2014 con producción del Teatro Español y merecedora de tres Premios MAX en 2015, entre ellos el de Mejor Espectáculo.

A Sevilla, a este mismo teatro, llegó en febrero de 2016 y para cuantos la vimos, Las cosas que sé que son verdad nos resuenan como algo ya visto, entre otras cosas, además, porque este tipo de dramas familiares, aunque sean ‘a la australiana’, poseen amplios antecedentes en la literatura dramática –con Tennessee Williamns, O’Neill, etc.- y en el cine americano.

Para esta pieza, estrenada con gran éxito en Australia en 2016, la propuesta de Fuentes Reta es prácticamente idéntica: un escenario central rodeado a cuatro bandas por el público. Solo que, frente a la fascinación que ejercía la dispersión centrífuga de las escenas en la pieza anterior –con los actores corriendo continuamente de una a otra- aquí se concentra toda la acción en un cuadrilátero-jardín de rosas, que forma parte de la casa de un matrimonio mayor, formado por una enfermera, típico ejemplar de madre que lo sabe todo –magníficamene interpretada por Verónica Forqué- y un mecánico prejubilado con pocas ambiciones.

De nuevo la familia, simbolizada en ese jardín de rosas, como núcleo inamovible de la sociedad, mostrando sus relaciones siempre complejas, sus heridas, sus amores y sus rencores no superados… Una estructura que lucha por mantenerse ella misma y por mantener a sus cuatro hijos bajo control en una batalla perdida de antemano puesto que cada uno de sus miembros, al enfrentar sus propias luchas –el intento de huida para no repetir patrones, la búsqueda de la propia identidad de género, el saber qué se puede y se quiere hacer con la propia vida-, sufre un proceso de transformación que nadie puede detener.

Bovell, con su gran oficio, va así repasando muchos de los temas con los que los espectadores, en mayor o menor medida, no pueden dejar de sentirse identificados, si no afectados emocionalmente.

En cuanto a su armazón, el escritor repite fórmulas y se une a la moda actual –tal vez por influjo de la novela y del cine- de contar historias llenas de elipsis, con largos monólogos o partes narrativas y poca acción realmente teatral. Algo que necesita de grandes actores para que funcione y que acaba fatigando un poco si, como sucede en este caso, la pieza alcanza las dos horas de duración.

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