MAGA | Crítica

Excelencia y precisión

  • Maga despide de forma triunfal la gira 'Salto horizontal' en un abarrotado Teatro Central, revistiendo sus canciones con unos desconocidos e imaginativos arreglos musicales.

María Hesse traslada al lienzo los versos de Maga María Hesse traslada al lienzo los versos de Maga

María Hesse traslada al lienzo los versos de Maga / Ángel Bernabéu

Solo se ve el negro telón mientras se oye el dulce sonido de una viola. Cuando escuchamos los familiares versos de Azul cabeza abajo comienza a subir. Aparece el escenario, casi desnudo de personas, pleno de instrumentos. Un suave pizzicato de violín y un ronco gemir de violoncello dan el contrapunto a la voz de Miguel Rivera, mientras va apareciendo Javi Vega para poner el clarinete al servicio de la magia. Tras abrir así, Miguel extiende sus alas con Esmeralda y continúa abriéndose paso a través de La balsa. Para entonces César Díaz y Pepe Benítez se han unido al grupo y dan a las canciones una atmósfera más terrenal. En un rincón del escenario María Hesse transforma con trazos negros y verdes los versos que le llegan en un retrato naif de nuestros sentimientos. Verlos tocar da escalofríos: la batería fuera de lo común, las bromas del metalófono, la voz emotiva y los rasgueos de la guitarra y el trío de cuerdas se amalgamaron en un clímax que capturó nuestras almas. Así fue el inicio de una noche emocionante, reflexiva, divertida y memorable.

Las canciones de Maga tenían un aura diferente por los arreglos sutiles y abiertos con que las han revestido, y aún se aprecian más los arrebatos de virtuosismo que se han convertido en su marca registrada. Música entre la melodía y el rumor detrás de ella, que amenaza con romperse en cualquier momento como las olas del mar que puebla estas canciones. Esta noche prima la interferencia, rotos sus cánones habituales por el riesgo asumido por Miguel en una interpretación de Cuando nadie me escriba de espartana instrumentación o un Silencio, con bombo y caja, metal y madera, cuerdas casi imperceptibles.

Y no faltaron los ruidosos crescendos de la banda, que nunca dejan de impresionar, en el entusiasmo con que acompañaron a Javier Ojeda en Sin aliento, o la entrega en el Agosto esquimal exprimido hasta la última gota, con que se despidieron.

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