Los pilares de la tierra
Marc Paquin & Orfilia Saiz Vega | Crítica
La ficha
MARC PAQUIN & ORFILIA SAIZ VEGA
*** XXIV Noches en los Jardines del Real Alcázar. Marc Paquin, violín; Orfilia Saiz Vega, violonchelo.
Programa: 'Magia en ocho cuerdas: Del impulso nacionalista a la vanguardia'
Iannis Xenakis (1922-2001): Dhipli Zyia [1951]
Peteris Vasks (1946): Castillo interior [2012]
Erwin Schulhoff (1894-1942): Zingaresca del Dúo para violín y cello [1925]
Maurice Ravel (1875-1937): Sonata para violín y violonchelo [1922]
Béla Bartók (1881-1945): Danzas populares rumanas [1915] (arreglo de Paquin y Saiz)
Lugar: Jardines del Alcázar. Fecha: Sábado 24 de junio. Aforo: Tres cuartos de entrada.
Sobre el ritmo y el peso del folclore construyeron Marc Paquin y Orfilia Saiz Vega este recital del Alcázar que es traslación casi exacta de un CD publicado hace ya tres años en IBS Classical. Él es lutier en Granada y violinista en la OCG; ella, compañera de vida y de música, profesora de conservatorio. Ambos, a veces con algunos otros solistas, llevan una apreciable trayectoria en la siempre exigente música de cámara, aquí reducida al mínimo posible, dos instrumentos.
A todo el mundo le gusta actuar en un espacio de tanta belleza, pero no es el escenario del Alcázar fácil para los intérpretes, por la exigencia de la amplificación (magnífica esta vez, por cierto) y los recurrentes problemas causados por la difícil relación entre las rachas de viento (tan agradecidas en noches tórridas como la del sábado) y el papel de las partituras (hay que generalizar las tabletas electrónicas, en especial en estos ámbitos), que ocasionó algún inconveniente a la violonchelista cántabra, sobre todo en Ravel (parada incluida).
Un doble conocimiento estuvo en la base del estupendo recital ofrecido: el mutuo entre los dos como intérpretes; y el del repertorio, mostrado ya en ese Xenakis joven de Dhipli Zyia, una obrita anterior a su etapa vanguardista, marcada por una subyugante potencia rítmica que apunta directamente a la influencia folclórica bartokiana, que marcó todo el concierto, aunque las famosas Danzas rumanas del húngaro se escucharan al final, interpretadas de forma excepcional, con una sugerente variedad de recursos en los ataques y la producción del sonido en los dos instrumentos, más original si se piensa que se trata de arreglos de los propios intérpretes a partir del original de Bartók (para piano, primero, y orquestal, después).
Muy contrastante esa visión de Santa Teresa de Jesús del lituano Peteris Vasks, cuyo Castillo interior resulta de un intimismo minimalista, lleno de recogimiento y calma, con periódicos arrebatos expresionistas (los demonios interiores de la mística de Ávila). La complicidad entre los solistas alcanzó aquí un punto álgido, por la forma de concebir el fraseo, de igualar ataques y vibrato y de equilibrar el peso de las notas en una obra de extrema sutileza. Después de un movimiento del Dúo de Schulhoff, de naturaleza igualmente folk y ritmos zíngaros, la complicidad fue más necesaria que nunca en la Sonata de Ravel, obra de extrema desnudez, de arquitectura soberbia, que se hace especialmente concentrada y densa en el movimiento lento y termina con un tiempo de carácter rítmico, convenientemente enfatizado en la interpretación de estos dos granadinos adoptivos que cerraron su actuación con una delicada versión en pizzicato de una invención a 2 de Bach.
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