María Terremoto | Crítica La eficacia de la sencillez

María Terremoto sobre las tablas del teatro Lope de Vega. María Terremoto sobre las tablas del teatro Lope de Vega.

María Terremoto sobre las tablas del teatro Lope de Vega. / Juan Carlos Vázquez

En su tercera comparecencia en este festival, la cantaora jerezana ha recurrido, como hizo José Valencia hace unos días en este mismo escenario, a los versos de Gustavo Adolfo Bécquer. Y lo ha hecho echando mano del mismo recurso que el cantaor de Lebrija: utilizar algunos fragmentos de las Rimas para cantarlos como textos de los estilos tradicionales por seguiriyas, martinetes, fandangos, etc.

Pero lo ha hecho, inteligentemente, combinándolo con la otra estrategia para adaptar la poesía académica al flamenco, el recurso que, en su momento, llevaron a cabo Manzanita, Morente o, recientemente, Raúl Rodríguez, esto es, el de componer músicas completamente nuevas, aunque, por supuesto, flamencas, para los poemas becquerianos. Y la cosa ha funcionado. Tanto en una fórmula como en la otra.

Y funciona, ante todo, porque la cantaora está pletórica. La propuesta, desde su título, es abiertamente naif en la intención de llevar al mundo de lo jondo algunos de los poemas más conocidos de Bécquer. Con melodías sencillas pero muy efectivas en las cantiñas, en los tangos y en la sobrecogedora nana. Pero también funciona a la hora de insertar los textos becquerianos en las melodías de Manuel Torre por seguiriyas o de Enrique el Mellizo por malagueñas. Es decir, los estilos tradicionales también resultaron pertinentes, y tanto, en esta obra porque los textos se sometieron a la métrica estricta de lo jondo. Con una labor de adaptación ingente donde se seleccionan, no ya fragmentos de poemas, incluso fragmentos de versos.

Esta segunda dimensión del espectáculo tuvo momentos notables en los fandangos de Huelva, en los abandolaos y en las mencionadas seguiriyas, que Terremoto cantó con una solemnidad litúrgica. Peteneras, bamberas o tientos se situaron a medio camino entre estas dos maneras de proceder porque, aunque la cantaora se acogió a melodías tradicionales, estas son lo suficientemente flexibles, en el caso de los estilos mencionados, como para conceder el espacio necesario a la creatividad del intérprete.

Lo que no entendí es lo que hacían en este espectáculo los Cuadros de una exposición. Se trataba de hacer un interludio instrumental, lo entiendo, para que la cantaora se cambiara de ropa y para que el espectáculo llegara a la hora de duración. Pero, ¿no encontraron algo que tuviera mayor relación con el contenido de la propuesta que la obra de Modest Músorgsky? Para colmo, durante buena parte de este número del cuarteto de cuerda se escuchaba a Nono Jero afinando la guitarra. También se escuchó en el recitado, cerca del final, de María Terremoto. Son cosas que hay que pulir en aras de un espectáculo muy válido.

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