Maribel Verdú, patrimonio nacional

La actriz, afianzada tras su larga trayectoria como una de las mejores intérpretes españolas, llega al Lope de Vega para representar la obra 'El tipo de al lado'

Maribel Verdú, patrimonio nacional
Maribel Verdú, patrimonio nacional
Braulio Ortiz Sevilla

19 de marzo 2013 - 05:00

Había debutado en el cine unos años antes, cuando no era más que una adolescente, con El crimen del capitán Sánchez, de Vicente Aranda (1985), pero fue de nuevo a las órdenes de Vicente Aranda y unos cuantos títulos después -tras películas que parecían anticipar la importancia que la intérprete iba a tener en el cine español, obras como 27 horas, de Montxo Armendáriz, El año de las luces, de Fernando Trueba (ambas de 1986) o La estanquera de Vallecas, de Eloy de la Iglesia (1987)- cuando Maribel Verdú se ganó su hueco en la memoria sentimental de los espectadores. Ocurrió con Amantes (1991), donde prestaba su rostro a la inocencia traicionada de Trini, inmersa en un triángulo que acabaría en tragedia. "Me romperé las piernas, me sacaré los ojos, me cortaré las manos y los pechos, hasta que no sea más que una ruina a tus pies, para que tengas lástima de Trini y eso no te deje vivir", decía a Jorge Sanz aquella muchachita descorazonada por el engaño. Como la sangre que impregnaba la nieve en aquella escena, aquel monólogo memorable manchaba el recuerdo: Verdú ya estaba en nuestros corazones. Y había llegado para quedarse.

La madrileña no estaba dispuesta a estancarse en el drama: la comercial Salsa rosa y especialmente Belle Epoque (1992), donde coqueteaba con Jorge Sanz desde el carácter de la hermana díscola y despreocupada, confirmaron la seguridad con la que se adentraba en la comedia. Más tarde varios directores verían en ella las hechuras de la seducción -en aventuras desiguales como Huevos de oro, de Bigas Luna, o Tres palabras, de Giménez Rico, las dos de 1993-, pero Verdú esquivó el encasillamiento refugiándose en la serena candidez de la Canción de cuna de Garci (1994) y en la maliciosa Areusa de La Celestina (1996). Entonces su amigo Ricardo Franco le brindaría uno de los papeles indiscutibles de su carrera: la Marina de La buena estrella (1997), otra criatura apaleada por la vida a la que Verdú se entregó con la emoción a flor de piel. Lástima que en su camino se cruzara la inmensa Cecilia Roth de Martín (Hache), porque el Goya, que se le escapaba por tercera vez, parecía llevar su nombre ese año.

Terminó la década de los 90 solicitada por los directores más dispares: Emilio Martínez Lázaro la hizo viajar por Carreteras secundarias (1997), Carlos Saura la transformó en la Duquesa de Alba en Goya en Burdeos (1999) y Gonzalo Suárez la implicaba en la fábula amable de El portero (2000). Pero las mejores noticias vinieron de México, ya iniciado el nuevo siglo: Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón (2001), junto a Gael García Bernal y Diego Luna, que como Amantes y La buena estrella le otorgaba un personaje partícipe de un triángulo y marcado por un destino aciago.

Aquel éxito no dio lugar a propuestas convincentes, y la actriz encadenó una serie de trabajos -Tuno negro (2001), Lisístrata (2002)y Tiempo de tormenta (2003)- que pasaron sin pena ni gloria. Pero otro cineasta mexicano llamaba a su puerta para enderezar una trayectoria que no merecía la deriva: Guillermo del Toro y El laberinto del fauno (2006)le proporcionaban un nuevo triunfo internacional. El Goya seguía sin reconocerla, pero su interpretación sí fue distinguida con el Ariel mexicano.

La argentina El niño de barro y la mexicana La zona (2007) consolidaban ese idilio con Hispanoamérica, que tendría una inesperada prolongación cuando Coppola la llamó para rodar en Buenos Aires Tetro (2009), una historia de personajes atormentadosa la que el director de El Padrino quería que ella aportara la luz. Antes, la Academia española saldaba al fin la deuda con la intérprete: le concedía el Goya por Siete mesas de billar francés (2007), unrodaje en el que encontró una profunda sintonía con la directora Gracia Querejeta y su compañera Blanca Portillo.

Trabajó con veteranos como José Luis Cuerda (Los girasoles ciegos, 2008) pero su olfato la empujó a apoyar a directores debutantes como Paula Ortiz (De tu ventana a la mía, 2011) y Jorge Torregrossa (Fin, 2012), y a confiar en proyectos de incierta viabilidad como Blancanieves, de Pablo Berger (2012), antes de que The Artist demostrara que era posible una ficción muda y en blanco y negro. En el retrato de su sofisticada y perversa madastra se percibe el dominio de recursos y la plenitud que ha alcanzado como actriz. Su segundo Goya -empañado por los dardos de quienes percibieron en su discurso de agradecimiento un mensaje contra el sistema- se une a un impresionante historial en el que la intérprete ya ha recibido los homenajes de los festivales de Valladolid y Huelva, el Premio Nacional de Cine o la Medalla de Oro de la Academia española.

Pero Verdú no es sólo un fenómeno cinematográfico y frecuenta los teatros desde que debutó en 1986 con la Julieta de Shakespeare. En sus manos han caído textos de algunos de los dramaturgos más celebrados del país (Sergi Belbel, del que hizo Después de la lluvia; oErnesto Caballero, con quien montó Te quiero, muñeca) o de los más respetados autores extranjeros (Christopher Hampton y su adaptación de Las amistades peligrosas; Neil LaBute, cuya Por amor al arte le ofreció un personaje antagónico a ella; y Yasmina Reza, de quien interpretó Un dios salvaje). También su vida privada la vincula a las tablas: su matrimonio con el productor Pedro Larrañaga la emparenta con una de las sagas de actores con más solera de España.

En El tipo de al lado, adaptación de una novela de la sueca Katarina Mazetti que se representa desde hoy hasta el sábado en el Lope de Vega, Verdú coincide de nuevo con uno de los actores de Un dios salvaje, Antonio Molero. Ambos dan vida a dos protagonistas radicalmente diferentes (ella, una mujer culta y tímida; él, un granjero elemental en su sinceridad) que se conocen en un cementerio cuando visitan la tumba de sus seres queridos. Para José María Pou, director de la obra, el espectáculo encierra "una historia sencilla en apariencia, tierna en apariencia, divertida en apariencia, pero que oculta cargas de profundidad de explosión incontrolada y alcance insospechado".

La estancia en Sevilla de Verdú estos días no será la última oportunidad para encontrarse con la actriz: estrena el mes próximo en el Festival de Málaga 15 años y un día, su nueva colaboración con Gracia Querejeta. A pesar de la inestabilidad de la profesión, no es difícil presagiar que queda Maribel para rato.

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