Emilio Moreno & Aarón Zapico | Crítica Corales en el centro de la armonía

Emilio Moreno y Aarón Zapico en un momento de su concierto Emilio Moreno y Aarón Zapico en un momento de su concierto

Emilio Moreno y Aarón Zapico en un momento de su concierto / Actidea

Una de las primeras preocupaciones de Lutero, rotas sus relaciones con Roma, fue dotar a la liturgia de la iglesia reformada de su propia música. Toda una tropa de poetas y compositores se pondría al servicio de la causa. Aquellos escribiendo poemas sacros en alemán (en muchas ocasiones, paráfrasis de los latinos), estos, mediante la composición de melodías nuevas o el arreglo de melodías conocidas (himnos gregorianos, canciones...). De todo ello, surge el coral (melodía y texto), y en torno al coral se crea toda la tradición de la música luterana, de la que Bach es culmen y punto crucial de inflexión.

El pensamiento contrapuntístico de Bach lo llevó a dotar a toda su música de unas texturas especialmente densas, en las que las voces intermedias (alto, tenor, en las típicas composiciones a 4; segundos violines, violas en una orquesta o un cuarteto de cuerda) jugaban un papel mucho más destacado que en la mayoría de compositores de su tiempo. Este es el punto de partida conceptual del recital ofrecido en el Alcázar por Emilio Moreno, uno de los grandes pioneros de la cuerda historicista en España, y Aarón Zapico, clavecinista y miembro fundador de uno de nuestros conjuntos más internacionales, Forma Antiqva.

Aunque usaron también algunas de las sonatas y otras piezas en trío que Bach escribió para órgano, el grueso de su recital se movió entre corales, siguiendo el tratamiento que Bach hizo de ellos para el mismo instrumento, en algunos casos, creando fantasías de extrema complejidad contrapuntística, en otros limitándose a armonizaciones más simples, en las que por norma la melodía era sometida a diversos procedimientos de ornamentación. Obras con texturas a tres voces en las que la viola serpenteaba como voz intermedia entre las dos manos del piano.

Moreno y Zapico acaban de registrar este programa para el sello Glossa. Hay que lamentar que desde el año pasado el ciclo del Alcázar no esté en disposición de ofrecer un clave a los intérpretes, lo que limita mucho la presencia de música barroca y, en este caso, obligó a Zapico a usar un piano en lugar del clave con el que ha hecho la grabación. La naturaleza de la música de Bach la hace sobrevivir prácticamente en cualquier dispositivo, pero lo primero que se vio afectado en este caso fue el empaste entre la viola con cuerdas de tripa, que sufrió además una amplificación poco lucida, y el teclado.

Esa necesidad de entretejer la voz suave y apacible de la viola entre las dos voces, a priori más agresivas, soportadas por el clave se vio seriamente comprometida. Casi pareció invertirse la ecuación. El tono siempre un punto agreste que suele dar la tripa, acentuado por una amplificación deficiente, y un arranque con una afinación inestable provocaron que el concierto tardara en entrar en calor. Lo hizo apoyado por supuesto en el maravilloso tejido polifónico bachiano, que puede causar auténtico embeleso, y en los corales más lentos y melancólicos, alcanzando un punto de especial sensibilidad en aquellos momentos en que Moreno usó la sordina en su instrumento, con un  magnífico BWV 691 y un BWV 731 que rozó la sublimación más exquisita. Liebster Jesu, wir sind hier, dice el texto de ese coral. Querido Jesús, aquí estamos, y el tiempo pareció detenerse en la contemplación.

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