Orquesta Sinfónica Conjunta | Crítica Entre el virtuosismo y el taller

Francisco Cantó y la OSC en la Anunciación.

Francisco Cantó y la OSC en la Anunciación. / P.J.V.

Aunque Weber escribió tres conciertos para clarinete, el Quinteto Op.34 parece estar pidiendo también la orquesta, pues el instrumento de viento está claramente privilegiado sobre el cuarteto de cuerda. Este arreglo pues, que amplifica el cuarteto, no resulta en modo alguno inconveniente. Juan García Rodríguez lo dirigió como si de un concierto se tratase, reforzando el carácter solista del clarinete, que sólo ocasionalmente pareció jugar a integrarse en la textura orquestal.

A una dirección de notable limpieza, con fraseo fluido y un control exquisito de las dinámicas, que permitió lucir con claridad todas las voces de la composición, respondió el gaditano Francisco Cantó con un sonido robusto, pleno, bien matizado en el color y con la suficiente flexibilidad como para oscurecerse (junto a una estupenda cuerda grave) en la Fantasía y estallar vitalista y brillante, con acentos muy incisivos, en el Rondó final. Extraordinario.

Lo que siguió fue un taller de dirección, misión que sin duda debe cumplir también este conjunto. Tres jóvenes alumnos se fueron turnando sobre el podio: Juan Ignacio Perea dirigió las Dos melodías nórdicas de Grieg; Agustín Maestre, los dos primeros movimientos de la Sinfonía simple de Britten; y Amelia Marín, los dos últimos. La música estaba bien trabajada y, aunque el conjunto perdió algo del empaste y la precisión de la primera parte, Grieg y Britten fueron reconocibles y disfrutables. Doble objetivo cumplido.

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