Pastora Soler | Crítica Poderío y fragilidad

Pastora Soler, en el escenario del Teatro de la Maestranza.

Pastora Soler, en el escenario del Teatro de la Maestranza. / Antonio Pizarro

El poderío viene de su capacidad vocal, naturalmente. También de la fuerza requerida para abrir el corazón de esa manera. Como dice Antonio Machado, los artistas trabajan con su intimidad. Pisar el escena del Maestranza, por vez primera en su larga trayectoria artística. Con un disco nuevo. Después del nacimiento de su hija. Y también tras una enorme pérdida personal, este año. De todo eso habló la intérprete entre pieza y pieza, asumiendo que todos sabíamos a qué se refería. Lo que muestra la familiaridad con la que trata Soler a su público. Y viceversa. Un público entregado desde el primer momento que no sólo la aplaudió. La ovacionó, la piropeó, la jaleó. Un público, que abarrotaba el teatro, con los condicionantes motivados por la crisis. Pastora Soler son dos. La cantaora poderosa y que no teme mostrarse. O qué si lo teme, hace de tripas corazón porque sabe que la trasparencia es la única regla del arte. Y el ser humano frágil que habita en cada uno. La cantante de pop ligero y la cantaora de copla. Esta última ofreció los momentos más emotivos de la noche. Por ejemplo, cuando cantó Ojos verdes con el sólo acompañamiento del piano. Donde el poderío vocal se adorna con la asunción del rol, de la primera persona que protagoniza la composición de Valverde, León y Quiroga. Como las divas del pasado, desde Amalia Molina a Rocío Jurado, en cuyo repertorio hizo también una cala a ritmo de reggae con Se nos rompió el amor. Todo ello con un traje de cola rojo, brillante, abierto en su parte delantera. Para el repertorio más pop, y los nuevos, temas, había elegido un traje de chaqueta y pantalón negro trufado de lentejuelas. Luego vendría otro cambio de vestuario más, en los bises.

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