Rocío Molina | Crítica Bailar sin coartada

Rocío Molina presentó 'Impulso' en Sevilla. Rocío Molina presentó 'Impulso' en Sevilla.

Rocío Molina presentó 'Impulso' en Sevilla. / Marta Pérez/Efe

Sin previo aviso, sin pretextos, como el que no quiere la cosa, por nuestra cara bonita, Rocío Molina nos regaló dos joyas. Nos regaló el silencio. El arte de demorarse. De dar marcha atrás a los relojes. De congelarse sin morirse de frío. En la malagueña de los derviches, una mano hacia el cielo, la otra hacia el suelo. Suave, serena. Lenta y ágil, mostrando que también es una maestra de la inmovilidad. O, por mejor decir, del movimiento que apenas puede percibir el ojo humano. Pero que va en pos de su destino. También en la soleá del círculo que persigue una sombra, la de Manuela Vargas, dramática y aritmética, porque es un rito ancestral. El de los doce tiempos, el de pararse a escuchar cada nota. El de pararse a cantar cada nota. El de pararse a tocar cada nota. La luz se confunde con la oscuridad y la música con el silencio. La guitarra no es un artefacto sino una cosa más del mundo, de la naturaleza, que emana de la roca, de la tierra. Los dedos, en los que vemos cada nota, son ramas que agita el viento. O, mejor dicho, que agitaba el viento. Nos regaló el silencio. El vacío. Si contemplaciones. Sin coartada.

En el ínterin demostró que sigue siendo la más veloz, la más frenética, la que mejor conoce las leyes del contratiempo y derivados. Pero también probó nuevos lugares para el eje corporal, nuevas posibilidades para la cabeza, las manos ... ay, las manos de la soleá. No basta con admirar a Manuela Vargas. Hay que saber sostenerse en el aire. Ser aire. Ser tierra asentada por bulerías. También movió las caderas en la taranta, otro homenaje, en este caso a Fernanda Romero, en la deliciosa guajira, apenas un apunte.

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