Muere Antonio Smash a los 73 años
ANTONIO SMASH | OBITUARIO
Miembro fundador de Smash y referente de varias generaciones de músicos sevillanos, Antonio Samuel Rodríguez deja una trayectoria clave en la historia del rock hecho en Andalucía. Su muerte sacude a varias generaciones de músicos y seguidores
La noticia de la muerte de Antonio Smash a los 73 años llega con el filo especial que solo tienen las pérdidas inesperadas, las que aún no han dejado enfriar los recuerdos. Apenas dos días antes, el viernes por la noche, había estado compartiendo escenario y canciones en el homenaje a Pedro G. Mauricio, compañero inseparable en tantas aventuras musicales. Yo también participaba y todavía cuesta asumir que aquellas imágenes recientes —tan vivas, tan presentes— ya pertenecen al territorio de la memoria.
Antonio fue una figura fundamental en la historia del rock sevillano y andaluz. Como batería fundador de Smash, ayudó a construir un sonido nuevo cuando todo estaba aún por inventar, cuando Sevilla comenzaba a dialogar con la psicodelia, el blues y el rock sin perder su identidad. Su forma de tocar no era solo rítmica, tenía algo de exploración, de riesgo, de búsqueda constante. Smash no fue únicamente un grupo pionero, fue una grieta por la que entró aire fresco en la música española, y Antonio estuvo allí, marcando el pulso desde el inicio.
Tras Smash, su trayectoria continuó ligada a proyectos esenciales para entender varias décadas de música popular. Silvio y Luzbel fue uno de ellos. En Al Este del Edén, uno de los discos más emblemáticos del rock sevillano, su presencia resulta inseparable del espíritu del grupo, aunque un accidente le impidiera tocar la batería en la grabación. En la mítica portada de aquel álbum sí aparece, y tras la reciente muerte de Pedro, se comentaba con nostalgia que de todos los que posaban en aquella fotografía ya solo quedaba él con vida. Ahora, esa imagen adquiere una dimensión casi simbólica, la de una generación que se va apagando.
Antonio colaboró con numerosos músicos que encontraron en él no solo a un instrumentista solvente, sino a un creador sensible, abierto, generoso. Batería, guitarrista, compositor, su música nunca fue ostentosa, siempre estuvo al servicio de la canción, del grupo, del momento. Quizá por eso fue tan querido y respetado, dentro y fuera de los escenarios.
El homenaje a Pedro tuvo algo de celebración y de despedida colectiva sin que nadie lo supiera todavía. Antonio subió al escenario, tocó la guitarra, puso su voz y también se sentó a la batería, ese lugar desde el que se le reconoce y se le recuerda, para revivir momentos increíbles tocando de nuevo canciones de Silvio y Luzbel. En un momento casi trivial, escuché a uno de los organizadores advertir a otro: Ten cuidado con Antoñito cuando baje del escenario, que está mayor. La respuesta fue inmediata y luminosa: ¿Qué dices? Yo lo veo estupendo. Aquella frase resuena hoy con una mezcla de ternura y desgarro.
La última conversación que mantuve con Antonio fue tan sencilla como profundamente humana. Nada solemne, nada trascendental. Tras terminar la prueba de sonido, se acercó y me dijo, con total naturalidad: Oye, en esta sala dónde están los servicios, que me estoy meando. Esa fue la despedida, sin saberlo. La vida, incluso la de quienes han hecho historia, a veces se resume en gestos mínimos, en frases prosaicas que hoy adquieren una extraña belleza.
Con la muerte de Antonio Smash se pierde una manera de estar en la música y en la vida. Quedan sus canciones, su ritmo, su huella silenciosa en generaciones de artistas y oyentes. Y queda también el eco cercano, reciente, casi intacto, que duele precisamente porque aún no ha tenido tiempo de convertirse en pasado.
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