Salvador Sobral | crítica Salvador sobrado

  • Salvador Sobral y su grupo Alma Nuestra interpretaron en la Plaza de España, dentro del Singular Fest, los boleros que forman parte de su reciente trabajo discográfico

Salvador Sobral y su banda en la Plaza de España. Salvador Sobral y su banda en la Plaza de España.

Salvador Sobral y su banda en la Plaza de España. / Singular Fest

Asistir a un concierto en la Plaza de España es un espectáculo doble. Si además el concierto está encuadrado en la programación de Singular Fest, con una organización perfecta en el cumplimiento de las normas sanitarias y en el modo de facilitar la comodidad de acceso, todo estaba de cara para haber sido una noche redonda. Sin embargo faltó la guinda del pastel, porque Salvador Sobral no ofreció su mejor versión como intérprete ni de lejos.

No negaré que hubo momentos divertidos, ni que Sobral fuese generoso en su actuación; sin embargo esta noche el histrión se comió al cantante y cuando en otras ocasiones el uso de la fonética, la cadencia, los movimientos de su cuerpo, sus gestos y expresiones, han sido un arma para explorar la creatividad, en esta ocasión el abuso de todo ello las emponzoñaba; incluso dentro de unas canciones que entonaba llenas de sensualidad y lírica, las salidas de tono y los innecesarios cuchicheos, hacían que aunque la música que interpretaban los tres grandes maestros que tenía tras él fuese jazz genuino, lo que esta envolvía fueron boleros de marca blanca.

El caso es que él mismo nos lo advirtió después de la segunda canción, una recreación del Oh! Vida de Benny Moré beneficiada por un núcleo de armonías jazzísticas de la banda que fue uno de los mejores momentos del concierto: "Desde febrero no tocábamos fuera de Portugal y hace tiempo que no estaba tan feliz y tan histérico; si ustedes ven que me paso de histérico, avísenme". Y debimos haberle hecho caso porque hizo del clásico bolero Delirio precisamente eso que indica su título, un delirio de pasión atormentada echada a perder por frases mantenidas más de lo necesario, un ininteligible rap sobre fondo de batería, arranques de falso quejío flamenco; no funcionó, en suma, y de nuevo la altura volvió a ponerla el trío de instrumentistas con su rato de acordes de jazz cabal.

Lógicamente, no faltó el Salvador Sobral que irradió calidez y pasión, y brilló de forma excelsa con La felicidad de Pablo Milanés, el primero de los tres bises obsequiados; ni dejó de emocionarnos con su interpretación del tango de Nostalgias, aunque le sobraron los balbuceos del final. La medida de artificiosidad nunca debió ser superior a la que introdujo en Si me pudieras querer, un bolero en salsa que le estaba quedando bordado hasta que lo estropeó poniendo a cantar al público algo que ya de por sí hubiese sido ridículo aún sin tener las mascarillas.

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