Solistas ROSS | Crítica Mentes jóvenes que calculan

Wrobel, Boiso, Kerner, Fuentes, Baraviera y Kucháeva con Mendelssohn en el Espacio Turina. Wrobel, Boiso, Kerner, Fuentes, Baraviera y Kucháeva con Mendelssohn en el Espacio Turina.

Wrobel, Boiso, Kerner, Fuentes, Baraviera y Kucháeva con Mendelssohn en el Espacio Turina. / Guillermo Mendo

Existen algunas actividades propicias al prodigio infantil. Por alguna razón que desconocemos suelen tener que ver con el número y el cálculo (las matemáticas, el ajedrez, la música). Tampoco sabemos exactamente por qué razón, pero lo cierto es que con los estímulos adecuados hay cerebros aún inmaduros capaces de concebir obras que por su profundidad y armazón estructural están vedadas a la mayoría de las personas de cualquier edad. Así, las tres piezas que se reunieron en la matinal del domingo dentro del ciclo de Cámara de la ROSS. Mozart acababa de cumplir 16 años cuando escribió sus tres Divertimentos KV 136-138; Rossini tenía 12 al componer sus sonatas a cuatro; Mendelssohn, 15 cuando la emprendió con este Quinteto con piano, violín, dos violas, violonchelo y contrabajo. Tres adolescentes mostrando ya por qué fueron artistas que han sobrepasado la prueba del tiempo, que se cuenta ya por siglos.

Todo es brillo y precisión en el Divertimento en fa mayor de Mozart. Recién vuelto de uno de sus viajes italianos, el joven salzburgués escribe una música que fluye como un torrente. Y así empezó la interpretación de este quinteto de cuerda de instrumentistas de la ROSS, con un impulso inicial vivísimo, que marcó ya toda la obra (y, en realidad, el recital completo). Esa joie de vivre tan típicamente mozartiana, esa gracilidad que es luminosa y delicada al tiempo, persistió en un Andante que sonó límpido, transparente. Algo más embarullado el Presto final, que se quiso acaso demasiado rápido, y es bueno que el torrente se remanse un poco en su desembocadura.

Rossini demuestra tener bien aprendida la lección mozartiana en la música fresca y ágil de esta Sonata a 4 hecha un poco a la antigua, que juega en el Andante central a ponerse grave, pero es una gravedad un poco impostada (y no funciona igual de bien). El jovencísimo maestro está enunciando las reglas básicas del belcanto: lo que importa es la melodía. Por eso, esta burbujea pasando de uno a otro instrumento, mientras los tres restantes se limitan a acompañarlo, y fue justo en esa dialéctica entre la línea y su sombra, entre la forma y el fondo, donde los intérpretes mostraron la exquisitez de su trabajo.

Más hondura tiene este Mendelssohn de un Sexteto muy singular, con un piano virtuosístico (espectacular Kucháeva, sobre todo en un tiempo final por completo vibrante) a menudo erigido en voz principal, casi como si fuera solista de un concierto, mientras las cuerdas rugen, musitan (bellamente melancólico el Adagio, casi impropio de un adolescente) o bullen a su alrededor. Interpretación clara, bien contrastada y culminada con deslumbrante vigor. Bendita, divina juventud.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios