Sylvia Sleigh, los trabajos y los días
En un nuevo hito de calidad, el CAAC propone hasta enero una mirada al personal universo de una artista que se mantuvo fiel a la pintura figurativa en pleno vendaval neoexpresionista
El cuadro parece reiterar un tópico artístico, el estudio del pintor, pero aunque Sylvia Sleigh (1916, Llandudno, Reino Unido-2010, Nueva York) trabaja ante el caballete, la habitación tiene aires de casa propia, como reza el título, Working at Home (1969). Al fondo, ante una puerta acristalada, su marido, Lawrence Alloway, escribe en una mesa colocada bajo un cuadro pop. Sleigh, en primer plano, con una camisa de Alloway como bata de trabajo, pinta con aspecto relajado. Han pasado ocho años desde que el matrimonio llegó a Nueva York, un cambio laborioso para Sleigh sobre quien recaería la labor de acondicionar la vivienda, al ser Alloway profesor del Bennington College y después conservador del Guggenheim. Dos cuadros, Chelsea Garden y El aguacate, ambos de 1967, sugieren con leve orgullo los resultados del esfuerzo para conseguir un lugar habitable.
No sería éste el único esfuerzo de Sleigh. Mayor debió ser el de mantener su idea de arte cuando en Nueva York primaba el neoexpresionismo abstracto. Ya sabía qué era pintar contra corriente: mantuvo elementos del legado de las vanguardias históricas, cuando Gran Bretaña, con la exposición Hoy es mañana, hacía el ensayo general del pop art, etiqueta ideada justamente por su marido. Permaneció fiel a su concepción de la pintura y con ella elaboró un valiente retrato frontal de Betty Parsons, la galerista neoyorquina que apostó más a fondo por la abstracción neoexpresionista.
En los años 70, Sleigh aborda con decisión el desnudo. Destaca el retrato de la bailarina Elaine Shipman: el espacio volcado hacia fuera, al inclinar el plano base del cuadro, subraya la fuerza de la figura que, aun sentada, posee indudable ritmo. Pero muchos de estos desnudos son masculinos. En ellos confiere al retratado cierta fragilidad, privándolo de los gestos que nuestra cultura considera viriles. A Max Warsh lo retrata desnudo, sentado y algo rígido, incómodo, quizá, pese al acogedor sillón Eames Lounger en el que posa. Llega más lejos al llevar al lienzo a los varones en actitudes que la tradición pictórica sólo dio a las mujeres. El retrato yacente de Paul Rosano es buena muestra de ello. En estas figuras parece volver del revés la inversión que Rossetti hizo en algunas de sus obras: si en éstas su modelo, Jane Morris, adquiría rasgos masculinos, los retratos de Sleigh presentan a Philip Golub o Paul Rosano con dejadez femenina. Sleigh no desfigura al varón ni disimula el entusiasmo que su figura le produce, pero cuestiona la división de roles y actitudes que la sociedad practica entre los géneros. Es uno de los signos del feminismo de Sleigh, que fue con Nancy Spero una de las impulsoras de una galería-cooperativa, Artistas en Residencia (AIR), integrada sólo por mujeres. Reunidas aparecen en uno de los lienzos expuestos.
Señalé antes que Sleigh conserva y cultiva rasgos de las vanguardias históricas. Uno de ellos es la entereza que confiere a sus figuras. A pesar de su languidez, los varones de sus cuadros poseen el valor de la presencia, como se aprecia en Anunciación, un gran retrato de Paul Rosano. La fuerza de la figura coexiste sin embargo con una copiosa ornamentación que a veces recuerda a Gauguin (así, en un temprano retrato, Enid Irving en Hammersmith), y otras, a Matisse, como en Autorretrato interrumpido: el perfil de la artista, detenido encima de la boca, deja que los arabescos de su vestido llenen con amplitud la superficie del lienzo.
Esta pujanza de la ornamentación cobra en otras ocasiones mayor intensidad hasta despertar ecos del Aduanero Rousseau. Ocurre así en el ya citado Anunciación, donde la figura aparece rodeada por abundantes flores, de modo algo distinto en Los sauces, al recoger la piel de las dos jóvenes las sombras de los árboles, y de manera mucho más acusada en Felicity Rainnie reclinada: el cuerpo desnudo de la joven artista queda sumergido en un adorno floral que cubre lecho, pared y ventana. Puede que esta presencia de la ornamentación se relacione con otro rasgo de las vanguardias históricas: pensar el lienzo como un rectángulo en el que es más importante la superficie que la profundidad, por lo que se cuida especialmente su armonía y sus ritmos. Algún cuadro de la serie dedicada al deterioro del Chrystal Palace, abandonado tras la guerra, hace pensar en ese modo de tratar la superficie: las ramas de los árboles ahorman el lienzo como hace Cézanne en los paisajes dedicados a Jas de Bouffan.
La muestra, un nuevo hito de calidad en tiempos de crisis, se hace gracias a la cooperación de museos de Burdeos, Liverpool, San Gall (Suiza), Oslo y el propio Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Cooperación que no surge de la nada o del azar, sino del esfuerzo por integrar al CAAC en los circuitos internacionales del arte.
También te puede interesar