Vengadores de primera, de segunda y de tercera
Thriller, EE UU, 2010, 108 min. Director: F. Gary Gray. Guión: Kurt Wimmer. Intérpretes: Gerard Butler, Jamie Foxx, Colm Meaney, Bruce McGill, Leslie Bibb, Regina Hall. Fotografía: Jonathan Sela. Música: Brian Tyler. Montaje: Tariq Anwar. Cines: Ábaco, Al-Ándalus Bormujos, Arcos, Cineápolis, Cineápolis Montequinto, Cinesa Plaza de Armas 3D, Cinesur Nervión Plaza 3D, CineZona, Los Alcores, Metromar.
Suelen tener mala reputación crítica y ética las películas basadas en venganzas llevadas a cabo por policías y ciudadanos que, asqueados de leguleyeos, se toman la justicia por su mano. Sin embargo la venganza es uno de los grandes temas de la tragedia y el tomársela por propia mano es un tema esencial en el cine negro y el western. En mi opinión, y en lo que al cine se refiere, esta mala reputación se debe más a motivos estéticos que éticos. Un caso ejemplar sería el de Taxi Driver, obra maestra que en el momento de su estreno algunos críticos tacharon de fascista (la masacre del loco Travis libera y redime a la menor prostituida) pero que casi todos, con razón, aplaudieron. Enfrente estarían las películas de venganza protagonizadas por Charles Bronson, en principio condenadas éticamente por su defensa de la violencia extrema ilegal como solución al auge de la delincuencia y la blandura legal, pero en realidad condenadas estéticamente por su tosquedad. Caso distinto y más complejo sería el de Eastwood y su saga del detective Harry El Sucio, en principio condenadas por fascistoides pero después rescatadas -una vez se superaron los prejuicios críticos- gracias a las interpretaciones del actor/director y las hábiles realizaciones de Gordon Douglas, Ted Post o él mismo.
El caso de Un ciudadano ejemplar es distinto. Carece de la abismal y perversa hondura de la película de Scorsese, de la no engañosa elementalidad de las de Bronson y de la ironía macabra y el buen oficio de las de Eastwood. Se la podría definir como un Bronson con pretensiones de Eastwood malamente trufado de Fincher (Seven) o de Noyce (El coleccionista de huesos). Hasta su mitad todo es convencional en el peor sentido de la palabra. Asalto brutal a un hogar, asesinato de la esposa y la hija ante los ojos del marido, chapuza legal que condena a muerte a uno de los asesinos mientras castiga levemente al otro por delatar al cómplice y conversión final del padre, no sólo en un vengador, sino en un meticuloso, sádico y eficacísimo torturador y asesino que lleva a cabo un plan digno del Kevin Spacey de Seven. Mediado el metraje, sin embargo, hay un par de giros de los que no les voy a rebelar más que esto: no sólo los asesinos de su familia eran el objeto de la venganza del protagonista y éste tenía un trabajo digamos... rarito.
Lo peor es que este giro deriva rápidamente en un disparate aún mayor que acaba por convertir al vengador en un supervillano digno de los cómics Marvel. El problema moral es que se juega con peligrosos elementos que tejen dramáticamente la realidad: la proliferación de asesinatos de una brutalidad inhumana, la sensación de indefensión de los ciudadanos frente a sistemas legales tan excesivamente garantistas para con los asesinos que acaban agraviando a las víctimas y el consiguiente clamor contra un sistema judicial, si no corrompido, al menos sí muy alejado de la sensibilidad, preocupaciones y temores del ciudadano medio. Y con esto no se juega. Scorsese lo convertía en una fábula con forma de pesadilla, elevada además por un magistral estilo apocalíptico. Bronson lo esquematizaba tan rudamente que lo convertía en parodia. Eastwood lo ritualizaba como un western además de ironizar. Pero esta película, aún con todas sus torpezas y exageraciones, pretende presentarlo como un alegato hasta añadiéndole una dimensión de crítica política descabellada.
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