UN BALLO IN MASCHERA | CRÍTICA

Un soberbio baile de mascarillas

Escena de esta redonda producción ofrecida por el Maestranza.

Escena de esta redonda producción ofrecida por el Maestranza. / Antonio Pizarro

Hasta donde recuerdo, es la primera función de ópera en horario matinal de estos treinta años de historia del Teatro de la Maestranza. Es algo habitual en muchos teatros europeos, aunque algo inédito por estas tierras, pero a la vista de la respuesta del público bien que podría ser una costumbre que hubiese llegado para instalarse. Porque no se me ocurre nada más placentero para un fin de semana que asistir a las doce de la mañana a un buen concierto o a una ópera. Y, sobre todo, cuando el nivel de calidad global es tan alto como el que este mediodía ha ofrecido el Maestranza.

Nuestro aplauso a la dirección del teatro por luchar para mantener viva la llama de la excelencia artística en las actuales circunstancias. Y por haber conseguido cerrar un espectáculo de tan altísima calidad global como éste, digno sucesor de aquel otro Un ballo in maschera de 1992.

El concepto escénico de Aliverta, que traslada la acción a los Estados Unidos inmediatamente posteriores a la Guerra de Secesión, funciona con coherencia y no ofrece ningún detalle chirriante, lo que ya es un mérito en estos tiempos de puestas en escena disparatadas y caprichosas. Así, el clima de tensión que lleva al asesinato de Riccardo se deriva de los odios provocados por los confederados derrotados contra el gobernador de Massachussets, con el nacimiento de Ku-Klux-Klan de por medio. Escenografía, vestuario e iluminación funcionan a la perfección para dar sentido a la acción teatral, incluso cuando de forma anacrónica aparece en la escena final la gran cabeza de la Estatua de la Libertad, como icono de esa “amada América” de la que Riccardo se despide antes de expirar.

Puntal fundamental del éxito de esta producción, que nos devuelve a los mejores tiempos del Maestranza, fue la dirección musical de Ciampa. Heredero de la mejor tradición de dirección de ópera italiana que viene desde Toscanini, su pulso fue siempre intenso, tenso, dramático, atento a cada inflexión de la partitura, con un magnífico sentido de la teatralidad de la escritura verdiana. Fraseó con los cantantes, sin taparlos nunca incluso en los momentos más tensos, en los que supo acentuar de manera muy intensa, como en la introducción de la escena del antro de Ulrica o en la del sorteo de quién habría de asesinar a Riccardo.

Sobresaliente plantel de voces, sin fisuras, encabezado por un Ramón Vargas de voz plenamente lírica, de bello y seductor timbre y de fraseo muy intencional. Soberbia Haroutounian, voz plenamente verdiana, de una maravillosa capacidad de transmisión de emociones merced a su dominio de las regulaciones y a la intensidad de su fraseo, especialmente conmovedor en Morrò ma prima in grazia. Contundente la voz de Viviani, más expresiva en los momentos dramáticos que en los líricos. Petrova fue una Ulrica de impresionante presencia vocal y Monzó un rutilante y espectacular Óscar. Enhorabuena al Silvano de Merino y al brillante coro, de soberbio empaste.

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