el sirviente | crítica de teatro

Versión anticuada de la dominación

Eusebio Poncela y Pablo Rivero, mayordomo y señor en 'El sirviente' Eusebio Poncela y Pablo Rivero, mayordomo y señor en 'El sirviente'

Eusebio Poncela y Pablo Rivero, mayordomo y señor en 'El sirviente' / Sergio Parra

Se despejaron las dudas. La Gran Vía de Madrid, sus teatros, ya están en Sevilla y su sucursal se llama Teatro Lope de Vega. A tenor del cartel de ‘Agotadas las localidades’ para los tres días de función de El sirviente la fórmula adoptada es un éxito y pone de manifiesto que Sevilla necesita una sala que programe a los grandes nombres que le han dado fama al teatro español.

Que sea el Lope de Vega, prácticamente el único teatro de titularidad del Ayuntamiento, es una cuestión que debe llevarnos a una reflexión sosegada.

Pero vayamos con El sirviente, en principio una novela que Robin Maugham escribió en 1948 con posterior versión teatral y que fue llevada al cine por Joseph Losey con guion del, entonces, futuro Nobel Harold Pinter.

La versión de la directora vasca Mireia Gabilondo, confundadora de Tanttaka, cuenta con la traducción de Álvaro del Amo y, sinceramente, no acabo de comprender qué ha querido contarnos. Con una concepción totalmente anticuada, una música de película de suspense que no combina con lo que está pasando en escena y una escenografía aburrida, la directora cuenta con buenos actores que difícilmente pueden sacar adelante un planteamiento generosamente machista en el que la relación amo-sirviente, dominio y sumisión se quedan en un chiste sobre un niñato rico, vago y sin interés al que se domina por la entrepierna.

Eusebio Poncela vuela libre y no defrauda. Sin embargo, dota a su personaje de una mímica que provoca risas en lugar de morbo. 

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